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Tarde del Jueves Santo, celebración de la Cena del Señor

Al llegar a esta tarde del Jueves Santo, celebramos la Cena del Señor como sacramento de su Pascua redentora, su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre. El Señor recordó a sus discípulos, de los que se despidió en esta cena pascual, cuál era el sentido salvador de su muerte en la cruz: su cuerpo sacrificado y entregado por nosotros, su sangre derramada para dar vida al mundo. Una muerte que culminó con el triunfo de la vida. Por lo tanto, en la última cena, Jesús instituyó la Eucaristía, este sacramento y comida fraternal, con la que Él ha querido quedarse entre nosotros como memorial de su Pascua.

En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, escuchamos la narración de la Pascua y su celebración. La fiesta de Pascua era una fiesta muy importante del pueblo de Israel, en la cual se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto. Fue el paso de Dios por la vida del pueblo.

Se celebraba comiendo un cordero, acompañado de panes sin levadura y lechugas amargas, también del vino, en especial, la copa de la acción de gracias, en un ambiente de regocijo y agradecimiento a Dios. Jesús quiso celebrarla por última vez, con sus discípulos, como cena de despedida, al final de su vida entregada por los suyos.

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Antes de celebrar la última Pascua con los discípulos, Jesús les lavó los pies. Con un gesto que correspondía a un siervo, quiso imprimir en las mentes y en los corazones de sus apóstoles el sentido de lo que sucedería poco después. De hecho, la pasión y la muerte constituyen el servicio de amor fundamental con el que el Hijo de Dios liberó a la humanidad del pecado. Al mismo tiempo, la pasión y muerte de Cristo revelan el sentido profundo del nuevo mandamiento que confió a los apóstoles: “como yo los he amado, ámense también los unos a los otros” (Jn 13, 34).

“Hagan esto en conmemoración mía” (1 Cor 11, 24. 25). Dijo Jesús en dos ocasiones al entregar el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre: “Les he dado ejemplo para que también ustedes hagan lo mismo, como yo lo he hecho con ustedes” (Jn 13, 15), había recomendado poco antes, tras haber lavado los pies a los apóstoles.

Los cristianos saben, por lo tanto, que tienen que “conmemorar” a su Maestro, al ofrecerse recíprocamente el servicio de la caridad: “lavarse mutuamente los pies”. En particular, saben que tienen que recordar a Jesús repitiendo el “memorial” de la Cena con el pan y el vino consagrados por el sacerdote celebrante, que repite sobre ellos las palabras pronunciadas entonces por Cristo. Esto es lo que comenzó a hacer la comunidad cristiana desde los inicios, como atestiguó Pablo en el texto que acabamos de escuchar: “Cada vez que comen de este pan y beben este cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Cor 11, 26).

Para permanecer fieles a esta consigna, para permanecer unidos a Él como los sarmientos a la vid, para amar como Él ha amado, es necesario alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre, de la Eucaristía. Al decirles a los apóstoles, “hagan esto en conmemoración mía”, el Señor unió la Iglesia al memorial viviente de su Pascua. A pesar de ser el único sacerdote de la Nueva Alianza, quiso tener necesidad de hombres que, consagrados por el Espíritu Santo, actuaran en íntima unión con su Persona, distribuyendo el alimento de la vida.

Pidamos al Señor que no le falte nunca al Pueblo de Dios el Pan que le sostenga a través de la peregrinación terrena. Que nunca dejemos de maravillarnos ante el misterio de la Eucaristía, al descubrir que toda la vida cristiana está ligada al misterio de la fe que en esta tarde (o noche) celebramos solemnemente.

En esta Eucaristía del Jueves Santo, en el rito de la comunión y en la prolongación de éste, que es la adoración ante Jesús Sacramentado en el “Lugar de la Reserva”, agradezcamos el don de la Eucaristía y el don de la caridad, tratando de responder con nuestro amor al amor “hasta el extremo” del Señor. Que así sea.

Laus Deo
Alabado sea Dios.

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