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Sábado Santo, Vigilia Pascual

Esta noche es una noche en la que aclamamos a Cristo Luz, vencedor de las tinieblas del mal y del pecado, con el canto del Pregón Pascual y llevando en nuestras manos los cirios, signos de nuestra nueva vida bautismal y de que, por el bautismo, hemos sido iluminados por Cristo, Luz del mundo.

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En el pregón pascual, la Iglesia anuncia las maravillas de Dios, hechas con su Hijo al rescatarlo de la muerte. Con su muerte y resurrección, Jesús nos ha abierto el camino de la vida que nos lleva al cielo. La muerte es vencida para siempre por el amor de Cristo, desde que compartió nuestra propia muerte.

La proclamación del Evangelio de esta noche, nos llena de alegría, pues escuchamos que la piedra del sepulcro del Señor estaba quitada y que la tumba estaba abierta. Es decir, que la tumba abierta y vacía es signo de la resurrección del Señor y que a Jesús no hay que buscarlo en el mundo de los muertos, si no en el de los vivos. Que somos llamados a anunciar al mundo que Jesús ha resucitado.

San Pablo nos recuerda que, por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en su muerte…para que llevemos una vida nueva. Por medio del Bautismo, Dios pasa por nuestra vida y nos permite vivir ahora la eternidad de Dios: considérense muertos al pecado y vivos para Dios, en Cristo Jesús, reafirma el apóstol de los gentiles.

Nosotros estamos vigilantes y para despertarnos en la fe, en la esperanza, en la resurrección de Cristo, hemos recorrido las etapas fundamentales de esa Historia de la Salvación. Hemos seguido los pasos del pueblo de Israel, su liberación de la esclavitud, la noche del exterminio para los primogénitos de Egipto y de la liberación para los hijos de Israel.

Y el paso por el Mar Rojo, donde las aguas hundían a los soldados de Faraón y hacían de muralla para el paso libre del pueblo de Israel. Y la alianza de Dios con Abraham. Y las promesas de los profetas. Y el llamado de los profetas a la fidelidad, a la alianza.

¡Noche santa y feliz! Hemos escuchado las maravillas de Dios. Por eso a esta liturgia del Sábado Santo-Vigilia Pascual- se le llama la madre de todas las vigilias. Es la madre de todas las liturgias porque es el centro, el núcleo de nuestra fe: Que Cristo ha muerto y ha resucitado, y que Cristo vive por la fe en sus creyentes, en la Iglesia.

Pero todo esto, hermanos, tiene que ser historia personal de cada uno. Es en el rito del bautismo donde entramos a celebrar la Pascua de Jesús. «Nosotros estamos bautizados –nos ha dicho San Pablo- en la muerte de Jesús, y hemos resucitado con Cristo glorioso». Incorporados a su muerte, nacimos como hijos de Dios, como hijos del Espíritu, como hijos de la libertad.

Y para eso nos han precedido unos signos: el signo del fuego nuevo, el signo de la luz, el cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, Señor del tiempo y de la historia, Cristo el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Cristo crucificado y resucitado. Los otros signos vendrán luego: el agua del bautismo y el Espíritu, a quien no vemos, pero es Quien hace que esta vigilia sea otra vez la Pascua para nosotros.

El agua bendecida será la fuente bautismal donde serán engendrados los nuevos hijos de Dios. La fuente bautismal es como el seno materno donde hemos nacido y hemos sido engendrados. Y el Espíritu Santo ha hecho que esta agua se convierta en fuente de vida y nos ha hecho imagen de Dios, de Jesucristo el Señor, y templos del propio Espíritu. Nos ha hecho entrar en la Iglesia madre que es también el seno en el cual hemos nacido.

Hoy se nos pide a todos los bautizados a volver al seno materno de la Iglesia, al seno de la fuente bautismal para volver a nacer como hijos de Dios. Y por eso tenemos, además de la penitencia cuaresmal, el sacramento de la reconciliación, si hemos perdido la gracia bautismal. Nuestra Pascua es eso: revivir nuestro propio bautismo, la gracia del sacramento de la primera consagración.

«Vamos al sepulcro» –decían las mujeres. Y se fueron al sepulcro. Y nosotros también venimos al encuentro del Señor, al que ayer hemos dejado muerto y que hoy vive. Su cuerpo, su cadáver, no está aquí. El Señor está vivo y no sólo en el cielo. El Señor está vivo en nuestra fe y en nuestro corazón de creyentes. Está vivo en el corazón de esta comunidad, en el corazón de los niños, de los jóvenes y de los adultos y personas mayores.

Todos estamos llamados a proclamar esta Buena Noticia: ¡que Cristo ha resucitado! En la Iglesia Oriental, los cristianos acostumbran a salir después de la celebración de la Vigilia Pascual, a tocar todas las puertas de los vecinos y decirles: «hermano, el Señor ha resucitado, la paz sea contigo». Ojalá que nosotros hagamos otro tanto: que también vayamos y anunciemos que el Señor ha resucitado para todos los hombres y mujeres de este mundo.
Amén.

Laus Deo
Alabado sea Dios.

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