Editorial 

Tiempo de Cuaresma

Por P. Fernando Gioia, EP | Colaborador Editorial.

Ha comenzado el tiempo de Cuaresma. Este itinerario de cuarenta días – que se inició el Miércoles de Cenizas – será un camino rumbo a una conversión interior, preparándonos para la celebración de las solemnidades pascuales. 

La ceniza que recibieron los fieles, en la frente o sobre su cabeza, es un signo de penitencia que viene de tiempos antiguos, cuando el pueblo elegido del Señor, el pueblo israelita, se consideraba en pecado o quería ser purificado para algún evento o fiesta de destaque. Vestirse de saco, cubrirse de cenizas, era el singular gesto penitencial.

De los ramos de olivo o palmas, que en el año anterior fueron levantadas por los fieles, recordando el grito de júbilo en la entrada de Jesús Nuestro Señor, en Jerusalén: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”, a través de una antigua tradición, se obtienen estas cenizas. Los ramos de la gloria pasan a ser cenizas.

“Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris”: “Acuérdate que eres polvo y al polvo has de volver” (Génesis 3, 19), será una de las fórmulas utilizadas por el sacerdote que, al imponer las cenizas en la frente de fieles, pronunciará, resaltando un aspecto triste, diríamos fúnebre, para hacer presente que, de una hora para otra, podemos ser llevados para la muerte, retornando a ser polvo. Pensamiento de mucho provecho para compenetrarnos de la necesidad de evitar el pecado. Es lo que nos recuerda la Sagrada Biblia, en el libro del Eclesiástico, al decirnos: “Acuérdate de tu fin y no pecarás jamás” (Eclo 7, 40), haciendo presente nuestras postrimerías, por medio de las cenizas.

El sacerdote puede, igualmente, usar la expresión: “Conviértete y cree en el Evangelio” (de Mc 1, 15), invitándolos firmemente a una reforma de vida, siguiendo seriamente las enseñanzas del Evangelio. 

Estos cuarenta días tienen su inicio en el Siglo II, si bien que recién en el Siglo IV toman estructura recibiendo el nombre de Cuadragésima o Cuaresma.  Recorrido que comienza con la lectura del Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, como que indicándonos que entraremos en un ciclo de experiencia igual al de Nuestro Señor, que duró cuarenta días. Asimismo, fueron los días en que Jesús Nuestro Señor Resucitado, instruye a los apóstoles antes de su Ascensión al Cielo y posterior envío del Espíritu Santo, según nos relatan los Hechos de los Apóstoles (1,3).

Nos recordará los cuarenta años de peregrinación del pueblo elegido rumbo a la tierra prometida, evocará los cuarenta días de Moisés previos al encuentro con Yahveh y otros grandes acontecimientos relatados, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, representando lo más destacado de la experiencia de fe del Pueblo de Dios. La Cuaresma será un camino que se extenderá hasta la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, exclusive.

Manifiesta una trayectoria de expectativa y de purificación, un acrisolar de los corazones en perseverante espera, de resoluciones rumbo a nuevas responsabilidades. Tiempo de serias decisiones ante el mundo descristianizado que nos rodea, con su pobreza de palabras de vida y de valores. En una sociedad, en que “el laicismo y la cultura materialista, encierran a la persona en el horizonte mundano del existir, sustrayéndolo a toda referencia a la trascendencia. Este es también el ambiente en el que el cielo, que está sobre nosotros, se oscurece, porque lo cubren las nubes del egoísmo, de la incomprensión y del engaño” (Benedicto XVI, 22-2-2012).

Practicaremos en este período el ayuno, que lo podemos considerar como un signo de nuestro compromiso de abstenernos del mal y vivir el Evangelio. Haremos una oración más fervorosa e intensa, y una meditación más asidua de la Palabra de Dios. Será a través de la limosna que efectuaremos el bien a los demás, compartiendo los dones recibidos, prestando atención a las necesidades de los más pobres, de los enfermos, de los abandonados; considerando – y esto es muy importante -, además, la necesidad de ayudar ante la pobreza de verdad y espiritual, que nos rodea.  

Momentos de mayor compromiso espiritual, oponiéndonos al mal de los días de hoy, no solo en cada uno de nosotros sino del ambiente que nos cerca. Las extravagancias de los tiempos que vivimos nos traen a la memoria la parábola del hijo pródigo, que después de haber dilapidado su herencia en una vida llena de fiestas y delirios del pecado, quedando reducido a comer las bellotas de los cerdos que cuidaba, irrumpe en el fondo de su corazón el recuerdo, iluminado por una suave nostalgia de aquel lugar ordenado que dejó, porque le parecía inexpresivo y aburrido. Ocurrió en el alma de este joven, arrastrado por los gozos de la vida, un toque de la gracia de Dios, que lo llevó rumbo a la conversión, volviendo a la casa de su padre. 

Caminemos rumbo a una “metanoia”, a un cambio de mentalidad, hacia a una conversión espiritual. “A menudo nos falta la compenetración de la necesidad de ser santos”, comentaba Monseñor João Clá, Fundador de los Heraldos del Evangelio, en uno de sus escritos, “con frecuencia, procuramos ser sencillamente correctos y nos olvidamos de la exhortación, tantas veces repetida, que el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 40) hace: ‘El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’” (Mt 5, 48).

Que la celebración de esta Cuaresma -nos dice la Oración Colecta de la Misa del Primer Domingo de Cuaresma – “nos conceda progresar en el conocimiento del misterio de Cristo y que traduzcamos su efecto en una conducta irreprochable”.

P. Fernando Gioia, EP | Heraldos del Evangelio
www.reflexionando.org

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