Editorial 

¡Detente! El Corazón de Jesús está conmigo

Por P. Fernando Gioia, EP | Colaborador Editorial

Nos encontramos en una circunstancia toda especial, inesperada, que se viene expandiendo, vertiginosamente, por el mundo todo. De repente, de una relativa calma de vida, de salir normalmente de nuestras casas, asistir a cualquier tipo de actividad social, religiosa o deportiva, de hacer un viaje a visitar un familiar o lugar turístico; en fin, de estar despreocupados, pasamos a una situación de sobresalto, a raíz de lo que, la Organización Mundial de la Salud, caracterizó como pandemia. Es decir, de una enfermedad de carácter mundial, que está afectando aproximadamente 114 países: el corona virus que da lugar a la enfermedad infecciosa llamada COVID-19.

Este virus, con gran capacidad de propagación, que deja seriamente preocupados a los gobiernos – algunos actuando más rápida y efectivamente que otros -, a las entidades internacionales y nacionales de salud y, principalmente, a las personas, no dejando de producir en algunos un verdadero sobresalto, que puede llevar a un cierto pánico.

Partiendo de China se fue expandiendo para otros países como Corea del Sur, penetrando en la vieja Europa, especialmente en Italia, y en estos momentos aumentando en España, Francia y Alemania. Perplejo queda uno de ver una Roma, u otros lugares, llenos normalmente de turistas, completamente desiertos. Se suspendieron todo tipo de actividades. Llegó un momento en que se decretó el cierre de las iglesias en la Diócesis de Roma; lo que fuera revocado a los pocos días y se mantendrán abiertas para la oración.

Los Estados Unidos comienzan a inquietarse, y acaban de declarar la situación, de emergencia nacional.  En otros países se van tomando, uno diría con cierta lentitud, medidas. Entramos en una alerta máxima sanitaria mundial. Y casi todos los países, como medida preventiva ante la penetración del virus, han entrado en cuarentena y emergencia nacional.

Unámonos seriamente a las medidas ya conocidas por todos, y otras que podrán venir según el correr de los acontecimientos. Será para detener la expansión de tan perjudicial virus. Mal no estará repetir algunas de las precauciones: lavarse las manos a fondo con agua y jabón o desinfectante a base de alcohol; mantener distancia entre las personas; cuando tosa o estornude cúbrase con un pañuelo (descartándolo) o hágalo con el brazo; no tocarse ojos, nariz y boca; quedarse en casa; entre otras.

Considero que es muy importante que reflexionemos juntos, ante esta sorpresiva situación que estamos presenciando, recordando algunos hechos ocurridos en tiempos de otras epidemias. Nos podrán ayudar de protección ante esta perniciosa, y mortal para algunos, enfermedad que se aproxima.

No es la primera vez que el mundo sufre una pandemia. Hacia 1854 se expandía el cólera en Europa. Terrible y letal peste que atacó mucho la ciudad italiana de Turín, años antes de que San Juan Bosco fundara la Congregación Salesiana. Apenas iniciaba sus efectos mortíferos, comenzó a generarse sobresalto entre las gentes.

Don Bosco, lleno de confianza en la Divina Providencia y en la Santísima Virgen, apaciguó los ánimos de sus jóvenes diciéndoles: “si cumplís lo que yo os digo, os libraréis del peligro. Ante todo, debéis vivir en gracia de Dios, llevar al cuello una medalla de la Santísima Virgen, que yo bendeciré y regalaré a cada uno, y rezarán todos los días un Padrenuestro, un Ave María y un Gloria, diciendo la jaculatoria: Líbranos Señor de todo mal”.

La epidemia crecía y crecía, más del 60 % de los afectados eran llevados a la muerte. El Oratorio tenía cien jóvenes en esos momentos. Además de aconsejarles que siguieran las precauciones preventivas pertinentes, los llamaba, sobre todo, a mantenerse en estado de gracia ante Dios, que hagan una buena confesión y comunión. “Os aseguro – decía para ellos San Juan Bosco, que si hacían esto – ninguno será atacado por el cólera”.

Varios de sus colaboradores, incentivados por él, se ofrecieron como voluntarios para socorrer a los enfermos. Ninguno se enfermó de cólera. Cuatro meses después, cercados por el flagelo como estuvieron, no faltaba ninguno. El Santo agradeció en una misa a Dios por haberles “conservado la vida en medio de los peligros de la muerte”.

En tiempos más lejanos, 1686, Santa Margarita María de Alacoque, religiosa francesa de las Hermanas de la Visitación, que tenía apariciones del Sagrado Corazón de Jesús, revela a su superiora: “Nuestro Señor desea que mande a hacer unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas pequeñas para llevarlas puestas”. Nacía así la costumbre de estos pequeños “escudos”.

Hacia el 1720, una gran epidemia ataca a la ciudad francesa de Marsella. Fue a la Venerable Ana Magdalena Rémuzat, religiosa también de la Visitación, que Nuestro Señor le anticipara el daño que causaría una grave enfermedad. Le indicó el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían de su Sagrado Corazón. Es así que la Madre Rémuzat hizo, con ayuda de sus hermanas de hábito, millares de “escudos” de tejido – tenían bordada la leyenda: “Oh Corazón de Jesús, abismo de amor y misericordia, en ti confío”- y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste. La historia relata que, poco después, la epidemia cesó, el azote de la plaga se detenía como por milagro ante esta imagen protectora. Aquellos que llevaban el “escudo”, no fueron contagiados.

¡Detente!

A partir de esta circunstancia la costumbre se extendió a otras ciudades y países, pasando a llamarse Detente, teniendo a su alrededor, como vemos en el diseño una nueva frase: “Detente, el Corazón de Jesús está conmigo”.  Este muro que nos defiende, este pararrayos que aparta de nosotros los peligros, es un arma de protección para los momentos que estamos viviendo.

El Detente se puede usar en la ropa (en el corazón o el bolsillo), en la cartera, en el carro, en la casa. No precisa de imposición especial como en el caso de los escapularios, pero sí, es recomendable, que tenga la bendición de un sacerdote. El Beato Pío IX, concedió en el año 1870, aprobación definitiva a esta devoción. Bendijo el primero diciendo: “quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo el Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”.

¡Detente! Que el Corazón de Jesús, esté con todos nosotros, nos proteja, contra los peligros que corre el mundo ante la pandemia del corona virus, y que la Santísima Virgen María nos cubra con su manto.

P. Fernando Gioia, EP | Heraldos del Evangelio
www.reflexionando.org

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