Editorial 

Los niños leen y… no entienden lo que leen

Por P. Fernando Gioia, EP | Colaborador Editorial.

Tiempos hubo, en que los padres de familia remaban, al lado de los maestros, por la formación de los niños y las niñas; bien se decía que la escuela era un «segundo hogar». Los pequeños quedaban en manos de maestras –pues generalmente así lo era antiguamente–, que los cuidaban como si fueran sus mamás. Había un entregar la autoridad a las maestras por un período del día, en amistosa comunicación, una verdadera alianza en pro de ayudarlos a que se eduquen en la escuela.

Hoy, pena decirlo, duro a los oídos de no pocas madres, esta coalición se ha roto, y los pobres educadores, en vez de tener el apoyo de los padres, pues… son como que intrusos en el ámbito familiar; no son más aliados que complementan el desarrollo de los niños.

Cualquier observación que hagan a los padres, de comportamiento o de fallas en el aprendizaje de sus hijos, es un incidente insoportable, porque, mi niño o mi niña –dicen sus progenitores– son únicos, muy inteligentes, no tienen defectos o debilidades, no son mal comportados. Solidarios de los chicos contra los maestros, el papel educador, en aspectos que la familia no tiene condiciones de llevar adelante, queda desautorizado.

Esto ha llevado a muchos maestros a un desaliento en su entrega abnegada, llena de esfuerzos y sacrificios que no reditúan, ni los hace ricos, pero que es la esencia de la vocación de educador.

Si fuera solo esto lo que enfrentan, uno les diría: pongan la confianza en Dios, ofrezcan los sinsabores del trabajo, así, pacientemente, podrían continuar con su labor, a pesar de las adversidades, y saldrían adelante en su importante misión.

Otros son los obstáculos que presenta la educación en los días de hoy. No solamente la falta de elementos o de infraestructura adecuada, sino que, como decía el destacado educador don Jaim Etcheverry, presidente de la Academia Nacional de Educación en la Argentina –autor de libro con singular título: «La tragedia educativa»–, en entrevista: «Es un escándalo que los chicos salgan después de 12 años de la escuela sin entender lo que leen o sin poder hacer simples operaciones de abstracción matemática» (La Nación de Bs. Aires, 9-6-2018). Es decir: los niños leen y no entienden lo que leen.

El Salvador no está exento de esta problemática, es un fenómeno que se está generalizando por el mundo. La mayoría de los fracasos escolares, según el Instituto Nacional de Formación Docente (INFOD), se dan en nivel de educación básica. «El área de lecto-escritura en los programas de formación inicial docente es prácticamente inexistente, sin embargo, es un área fundamental», afirmaba Carlos Rodríguez, coordinador de este instituto, «no estamos logrando desarrollar las competencias en la lectura, escritura, en las matemáticas» (LA PRENSA GRÁFICA, 19-7-2019).

Profundas son las razones. Primeramente, es de considerar que en la educación juega su papel el esfuerzo y, dentro de él, la repetición, que da lugar a la memoria. El conversar y el leer son fundamentales en el desarrollo de la capacidad de comprensión. Pero, no es solo cantidad lo que se precisa leer, sino qué se lee, dado que vivimos en tiempos de lecturas segmentadas.

Se piensa que, por el hecho de manejar una tableta, un computador o un celular, ya es un gran logro. Pero, en el decir de Jaim Etcheverry, eso «no es señal de inteligencia», «esas herramientas son inteligentes porque es inteligente el que las hizo, no el que las usa. El que las usa puede ser inteligente o torpe, el aparato no transmite inteligencia».

«Yo por ahora me conformaría –continúa el experimentado académico– con que enseñen a escribir, leer y entender lo que se lee, a hablar, a poder expresarse oralmente con frases que tengan comienzo, desarrollo y final, cosa que se ve cada vez menos. Estamos retrocediendo a un lenguaje cada vez más primario, cada vez se usan menos palabras».

El impacto del mundo «on line» ha producido una transformación de nuestra cultura que, atropellada por los avances tecnológicos, dificulta el aprendizaje caracterizado como analógico, razonando a través de la capacidad de asociación o comparación con otro elemento similar más familiar, para llegar a una conclusión.

«Los contenidos aprendidos con los medios digitales no se quedan en la memoria como los tradicionales. Son más rápidos y visuales, pero perduran menos en la memoria», apunta el profesor Antón Álvarez, de la Universidad Complutense, «todo llega al mismo tiempo, sin estructura, favoreciendo la superficialidad» (El País. Madrid. Rosario Gómez, 9-8-2012).

Quien escribió el libro «Educar en el asombro. ¿Cómo educar en un mundo frenético e hiperexigente?», Catherine L’Ecuyer, especialista en primera infancia y aprendizajes, afirma que «la educación no es tecnológica sino humana», «el maestro actúa como facilitador, como intermediario entre el niño y la realidad». Explica que muchos niños están aburridos y embotados, debido a «la sobre estimulación que sufren a raíz de la sobreexposición a las pantallas», y que estos dispositivos «no añaden sino restan», «un niño no necesita la educación digital» (Reportaje de Luciana Vázquez, La Nación de Bs. As., 21-9-2015).

La escuela, por lo tanto, tiene que ser un ambiente en donde se desarrolle el conocimiento, se estructure lo que está escrito y se lee, para comprenderlo.

Ante la desmotivación y los problemas de aprendizaje, educar en el asombro es lo que propone la especialista L’Ecuyer; lo que conmueve es la realidad, suscitando el deseo de conocer desde dentro hacia fuera. Si no hay realidad no hay asombro. El mundo moderno deja poco espacio para esos momentos de sorprenderse, por ejemplo, con las maravillas de la creación que Dios hizo para los hombres. Los niños tienen un instinto para lo bello que los lleva a una actitud de admiración, pero, con la incursión del mundo tecnológico sobre ellos, no les damos ocasión para asombrarse. Pierden el contacto con la naturaleza, de impresionarse con una hormiga que lleva una hojita enorme, un picaflor, una mariposa sobre una flor, un lago, una puesta del sol. Sobreexpuestos a la pantalla, no desenvuelven su imaginación, no llegan al asombro.

No son pocos los psiquiatras que ponen en duda que la tecnología sea el instrumento adecuado para el desarrollo intelectual de los niños. Como ven, el tema es sumamente polémico, de alta importancia para el futuro de los niños y de tomar en consideración por los educadores.

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