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Editorial 

La Eucaristía, buena nueva para la Amazonía

P. Rafael Ibarguren EP | Colaborador Editorial.

Como es sabido, en este mes de octubre tiene lugar en Roma un Sínodo sobre la Amazonía. El interés de la Iglesia, especialmente de la que peregrina en los nueve países de la cuenca Amazónica, se vuelca para la evangelización de esos pueblos, y para sensibilizar al mundo sobre la necesidad de salvaguardar la naturaleza, herida por la irresponsabilidad de los hombres.

Esos son, básicamente, los dos grandes ejes del temario propuesto para los debates. El tiempo dirá lo que ha de resultar de este evento eclesial tan sonado.

Pero, algún lector se preguntará: ¿y la Eucaristía en todo esto? Vamos a ello.

Buscad el reino de Dios y su Justicia y lo demás os será dado por añadidura”, ha dicho el Señor. Antes que el cuidado de la tierra, la protección de las especies, la sanidad de las aguas o la pureza del aire, se debe buscar el bien de las personas y la salvación de sus almas. Ese es el primer eje del temario. No es que interese poco el cuidado de la naturaleza. Importa, sí, y mucho. Pero vamos por partes.

Ese bien supremo de las almas, solo puede lograrse dentro del ideal de unidad al que apuntó Jesús en su oración dirigida al Padre en la Última Cena: “Que todos sean uno como Tu y Yo, Padre, somos uno”. Ahora, la Eucaristía es exactamente Sacramento de unidad. Enseña el Vaticano II: “En el Sacramento del Pan Eucarístico está representada y realizada la unidad de los fieles que constituyen un solo cuerpo en Cristo que es la luz del mundo de la cual procedemos, para la cual vivimos y para la cual tendemos” (LG, 3).

Así siendo, se impone una catequesis bien elaborada y adaptada a las circunstancias sobre la Eucaristía en aquel enmarañado complejo pluri-étnico: 34 millones de habitantes, 390 etnias y más de 200 lenguas. Se trata de seguir haciendo lo que los misioneros han hecho desde siempre, con luces y sombras, poniendo en el centro de su prédica a la Eucaristía. Con nuevos métodos y nuevos bríos. La Misa dominical, la adoración al Santísimo, las manifestaciones de piedad popular, la devoción a María, a los Ángeles, a los Santos, las obras de Misericordia: he ahí la hoja de ruta permanente.

Para la labor pastoral in situ, hay que saber que en torno del 80 % de los habitantes de la cuenca Amazónica viven en ciudades o centros urbanos. El otro 20% está disperso, y muy pocos en aislamiento voluntario. A todos ellos los tientan ídolos: el dinero, el consumismo y el materialismo a los que viven en zonas urbanas; y el paganismo bárbaro que lleva a adorar a la naturaleza o a tótems fabricados por el capricho humano, a los de regiones alejadas. Se trata de cambiar los falsos “dioses” por el Dios verdadero que se esconde en el pan Eucarístico.  Claro, esto pide organización, dedicación, ingenio y, sobretodo, fervor en los clérigos y laicos que se lanzan a la misión con la ayuda de la gracia de Dios. ¿Lo que siempre ha valido en todo tiempo y lugar, no se aplicaría a la Amazonía? Debemos rezar para contar con misioneros santos que proyecten las luces de la fe católica en la Amazonía… y en todas partes ¡Y que se manifiesten esos misioneros! Porque parece que no llevan la voz cantante en esto…

La Hostia santa tiene una fuerza de atraer y de santificar poderosa. Al contrario, los ídolos, sean modernos o ancestrales, poseen un carácter centrífugo que lleva a que las personas se ignoren, se desentiendan y se enfrenten. La Eucaristía, tiene además mucho de inefable, de encantador, casi diríamos de seductor.

Ahora, un paréntesis. Pocos santos tuvieron tanta sed por la salvación de las almas como San Francisco de Asís. A él se lo suele presentar apenas como amigo de las creaturas, sus “hermanas”. Bien. Pero no olvidemos su dedicación total por los pobres, los leprosos, los infieles (hoy diríamos por todo tipo de personas en estado de vulnerabilidad). Francisco fue un caballero andante de la misericordia.

Hay otra cosa que poco se dice del Poverello; él era un enamorado de la Eucaristía. Veamos: 1) En una regla primitiva -no hecha por él; él no era muy amigo de las reglas…- agregó: “Si en sus viajes a través del mundo, los hermanos notan que se conserva el Santísimo Sacramento en ámbulas o en sagrarios inconvenientes, deben motivar a los sacerdotes a remediar esa situación”. 2) Entre las normas para la Tercera Orden laica naciente, impuso que deberían confesarse y recibir la Comunión con regularidad. 3) Redactó una exhortación “De reverentia Corpus Christi”. 4) Envió una carta a un Capítulo de la Orden (al que no pudo asistir) diciendo de “dar todo el respeto y el honor posibles al Cuerpo y a la Sangre preciosa de Nuestro Señor Jesucristo”. 5) Y en su testamento escribió “Te adoro Oh Señor Nuestro Jesucristo, aquí y en todas las iglesias esparcidas por la faz de la tierra”. (Datos tomados de “Vie de St-Francios d´Assise”, P. Cuthbert OFSC, Ed. J. Duclot, Gembloux, 1927).

Es parcial, por lo tanto, presentar al santo tan solo como amante del “hermano sol” y dejar de ver su adoración por la Eucaristía, sol del mundo; o como amigo de la “hermana luna” ignorando su inmensa devoción a la Reina de los Ángeles…

Volvamos a la Amazonía. Sobre ella, en nuestros días, al lado de voces respetables y veraces, opinan otros con aires de profetas de desgracias, “teóricos de escritorio”, amigos de preconceptos…no muy creíbles. Sepamos distinguir.

Por su fabulosa biodiversidad, la región Amazónica es llamada con razón el pulmón del mundo. Pero no olvidemos que Jesús en la Eucaristía es el centro del cosmos, matriz de toda vida. Entretanto ¡Cuánto se lo ignora o se lo subestima!

Esos pueblos tienen sed de Dios aunque quizás no lo hayan explicitado del todo. Hay que decírselos y saciarlos poniendo la Eucaristía en el centro de sus vidas con la debida reverencia. Y la “hermana madre tierra” se beneficiará.

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