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Editorial 

Que esta semana, sea Santa

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

¿Qué harías si te fuera posible vivir en carne propia la última semana que Jesús pasó aquí en la Tierra? ¿Aceptarías tal oportunidad? Imaginemos que así es. Entonces, de pronto te encuentras en el Domingo de Ramos, junto a tantas personas que claman “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”. Las palmas en el suelo le dan la bienvenida a nuestro Señor que viene sentado sobre un burro, mientras que los ramos en las manos de la gente se ondean con el viento. La muchedumbre conformada de hombres, mujeres y niños canta y lo alaba. ¡Qué celebración! Jesús sonríe al entrar a Jerusalén, pero al mismo tiempo reconoce que aquellos corazones pronto se tornarán duros; contra Él. Y a pesar de aquello, se mantiene firme a la voluntad del Padre.

La semana transcurre y al llegar el Jueves Santo, a la luz de la luna, te unes al grupo de los Doce. Todos se han reunido en el Cenáculo, sentados en la mesa junto al Señor, quien se encuentra en el centro. Esta reunión los preparará para despedirse de quien tanto les ha enseñado, al igual que anunciar que alguien de entre ellos lo traicionaría; Judas Iscariote.

Aquí presencias la Última Cena; el inicio de lo que celebramos hoy en cada Santa Misa. Observas que con gran seriedad, por la trascendencia de aquella acción, Jesús toma el pan, lo parte con sus santas manos que habrían de ser traspasadas, y lo reparte entre los reunidos mientras decía: “Tomen y coman todos de él, porque este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes” (Lc 22, 19). Después, coloca entre sus manos un cáliz con vino y prosigue: “Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los pecados” (Lc 22, 20). Finalmente sus labios pronunciaron: “Hagan esto en conmemoración mía”. Tú estás ahí presente y admiras la escena. Aquel mismo acto se convertirá en la Eucaristía que recibimos ¡en cada Misa! Por más de dos mil años, nuestro Señor se ha vuelto nuestro alimento para saciar el hambre del alma.

Los Doce se alejan lentamente de la mesa en que han partido el pan y observan que su Maestro “se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos, y luego se los secaba con la toalla que se había atado” (Jn 13,4-5). ¡Vaya escena! El Hijo de Dios, el Rey de reyes colocándose en el lugar del siervo. Tan grande es el Señor que al hacer aquello, no disminuyó en lo más mínimo su poder. Lentamente, te acercas y observas los rostros de cada uno de los apóstoles mientras el rostro de su Maestro les dirige una sonrisa. Aquellas manos que han sanado a ciegos, paralíticos y que han librado hasta de la muerte como con Lázaro, hoy lavan los pies de unos humildes pecadores. En aquel momento, es el turno de Pedro pero se obstina mientras dice: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?…Jamás me lavarás los pies” (Jn 13,6-8). Claramente no es digno de Jesús realizar aquella acción, pero la enseñanza es profunda: Su ejemplo debe permanecer para que ellos lo imitaran.

Tras unos instantes la tristeza y confusión invaden a los presentes por las palabras que viene de pronunciar el Maestro: uno de ustedes me va a entregar (Jn 13, 21). ¿Quién podría ser tan malvado para entregar a tan noble Señor? ¿Acaso seré yo? Sí. Tus pecados lo entregarán y lo clavarán, así como el de todos en el mundo. Ahí estás, en silencio y asombro presenciando cómo la historia se desenvuelve mientras que Judas se levanta de la mesa y sale al encuentro de aquellos que le pagarán 30 monedas de plata, a cambio de conocer el paradero de Jesús. Instantes después, el Hijo de Dios aún en aquella habitación les dejó un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 13, 34). ¡Y cuánto lo demostró, no sólo al predicar y sanar sin distinción alguna, sino al manifestar su amor en la Cruz!

Pedro, turbado por las palabras le pregunta lo que muchos, con temor, le hubiéramos cuestionado, “Señor, ¿a dónde vas?….Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti” (Jn 14, 36-37). Tu corazón late con rapidez; no quieres que Jesús se aleje, pues en momentos de incertidumbre nos da miedo el abandono. Por ello, le dices que quieres estar a su lado, que darías todo por Él. Sin embargo, nuestro Señor conoce nuestra flaqueza, por lo que responde con claridad: “En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces” (Jn 14, 38). Entonces tu voz interior se eleva clamando: Yo jamás te negaría, eres todo para mí, aunque camine por cañadas oscuras, no temeré… pero a la hora de la prueba, débil es nuestra fe. No obstante, nada importa pues aún a Pedro, a quien le había confiado su rebaño, le perdona tal fragilidad.

Posteriormente, todos salen de aquel lugar una vez terminada la Última Cena. En el transcurso de alguna media hora, nuestro Señor experimenta una aflicción que se incrementa; necesita hablar con el Padre. Por lo que una vez que llegaron al huerto de Getsemaní, pide a sus apóstoles que lo esperen mientras se iba a orar un poco más allá. Tú lo notas como de costumbre, en su rostro pocos rasgos de tristeza. Sin embargo, su alma vive momentos de tensión. Te das cuenta de que ocho de los que acompañaban a Jesús se han quedado en una cueva, mientras que Él lleva consigo solamente a Pedro, Santiago y Juan. Precisamente recuerdas bien; ellos son los tres discípulos que presenciaron la gloria de su Señor tras la transfiguración en el Monte Tabor. No obstante, esta noche contemplarán algo que los afligirá profundamente: su Maestro parecerá derrotado por la agonía.

Escondido entre los árboles miras lo que sucede. Jesús arrodillado sobre una roca ora al Padre, mientras los tres discípulos no pueden cumplir con lo que les ha pedido; quedarse despiertos. La acción se repite hasta que el rostro de nuestro Señor cambia mientras se aproxima a ellos; Judas Iscariote se acerca. Le besa la mejilla y aunque pareciera ser algo sin importancia, la muerte en Cruz del Hijo de Dios se ha puesto en marcha. Los soldados lo llevan como si fuera un malhechor, pero sus ojos no ven más allá; no se dan cuenta que es Dios mismo.

Los sigues, pues sabes que se acerca el gran momento del dolor insoportable, no sólo para Cristo sino para quien lo ha amado más que a su propia vida; su Madre. Lo que experimentas en aquel lugar y tiempo te rompe el corazón. Jesús es juzgado y condenado a muerte por decir la verdad: es el Hijo de Dios. Tus lágrimas caen a ríos mientras observas por las aberturas de entre los dedos de tus manos pegados al rostro, la flagelación del Señor. No hay piedad para el Amor mismo, ni alivio para Aquel nos da la paz. Te alejas hacia un lugar para sentarte, pues tus rodillas flaquean; ya no puedes soportar tal tormento. Cierras los ojos, sollozando sin parar y de pronto te encuentras entre la muchedumbre.

 Jesús, herido en cada parte de su santo cuerpo, camina con la Cruz a cuestas. Observas que su hombro sangra y muestra una lesión profunda. Elevas la mirada y te das cuenta de que sus ojos, invadidos por la sangre que le chorrea de la cabeza que ha sido coronada con una cruz de espinas largas y punzantes, muestran rastros de inflamación debido a los golpes que le han sido propagados por toda su figura; y se entrecierran al no conseguir ver claramente. La gente grita, algunos lloran, pero María permanece ahí. Tu alma sufre por aquel dolor, pero sabes que nada se compara con el de la Santísima Virgen, quien sigue cada paso de su Hijo, mientras experimenta también la dolorosa Pasión. Con ello, se cumple la profecía del viejo Simeón a las afueras del Templo: y a ti, una espada te atravesará el alma (Lc 2, 35).

Transitas próxima a María, su madre, a la magdalena y a Juan. El camino te parece extenuante y largo, hasta que te encuentras en el Calvario, en donde la cruz ha sido extendida en el suelo y Jesús es acomodado para ser traspasado en sus manos y pies. La muchedumbre si ríe, blasfema contra el Señor, pero tú lloras y caes de rodillas frente a su Cruz cuando ésta ha sido levantada. Tu rostro toca el suelo, no crees que sea posible sobrevivir tras contemplar tal atrocidad. Sientes que el corazón late con fuerza pero al mismo tiempo se rompe en pedazos. No hay consuelo. Pero te incorporas cuando sientes una mano sobre la espalda. Es María, que se ha acercado a ti para calmarte en la agonía del alma. Te pones de pie junto a ella y te sumerges en sus brazos mientras ella continúa con la mirada fija en su Hijo. Qué dolor sufren ambos, por ti y por mí y por todos los que han sido y seremos.

Escuchas los ultrajes y las blasfemias de los presentes; el desprecio es palpable. Después de unas horas, los labios de Jesús se mueven para pronunciar sus últimas, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). María te acaricia el cabello con delicadeza mientras las lágrimas caen por sus suaves mejillas, pues sabe que estar frente a Cristo fallecido puede matar tu esperanza. Ella quiere que la conserves, pues éste ha sido el inicio de una Alianza eterna. Ahora lo bajan de la Cruz y lentamente te colocas a un lado; dejas que María acuda para rodear con sus delicados brazos a la razón de su vivir. Ella besa las heridas en su rostro divino y lo estrecha con inigualable devoción, recordándote aquel día del nacimiento de Jesús en Belén. Su amor y su dolor se unen y le causan gran sufrimiento; ella vive el dolor más fuerte que jamás se haya experimentado; pero tiene fe en las palabras de su Hijo: al tercer día, resucitaré (Mt 17, 23).

Aquella noche de viernes dio paso al sábado, que también transcurrió con sobriedad. María oraba, esperando aquel dichoso momento de volver a ver a su amadísimo Hijo. Y entonces, el domingo por la mañana las mujeres fueron al sepulcro. Tú quisiste acompañarlas en el camino para cambiar la tristeza en tu corazón. Al llegar, algo extraordinario, ¡la piedra estaba puesta a un lado! Al entrar no vieron el cuerpo de Jesús, pero a su lado se percataron de dos hombres con ropas resplandecientes, quienes dijeron: ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Resucitó” (Lc 24, 5-6).

En aquel lugar, tus ojos se abren mientras los latidos en tu interior se aceleran. Tu sonrisa se dibuja, al borde de las lágrimas, al mismo tiempo en que miras al cielo sonriendo. La muerte ha sido vencida. Este ha sido el principio de nuestra Salvación. Ciertamente esta semana fue la última semana de nuestro Señor en la tierra, pero hoy, su Resurrección te recuerda que hemos sido creados para vivir eternamente junto a Dios.

Nuevamente regresas a la realidad y los sentimientos se desbordan en tu ser. Una mezcla de alegría y de tristeza te invaden. Quisiera volver a verte de cerca Dios mío, y estar junto a ti siempre, le dices mirando al suelo. De pronto, Cristo te responde a través de un sonido que viaja por los aires: es la campana de la Iglesia que suena. La Santa Misa es el más grande milagro en la Tierra que permanecerá hasta el final de los tiempos. En ella, se nos recuerda la Pasión y la alegría de que Jesús vive; que hemos sido salvados por su Preciosísima Sangre. Tu corazón se alegra mientras las campanas suenan una y otra vez. Es el Señor que te llama: Ven, que aquí estoy, y te espero.

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