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Fe 

La oración es el cordón umbilical que nos une más a Dios

¿La oración se reduce nada más que a una conversación casual con Jesús o es mejor rezar las oraciones que aprendimos desde niños? ¿Es algo que podemos expresar libremente, con nuestras propias palabras y sentimientos o hay que dejárselo todo a Dios, contemplando un crucifijo en silencio y tratando de aquietar los pensamientos que vienen y van como el viento?

¿Basta con rezar rápidamente los Ave Marías del rosario, o hay que hacer una larga pausa después de cada década a ver si nos llega alguna revelación del misterio que estamos contemplando?

Dado que el mes de octubre se dedica tradicionalmente al rezo del rosario y por ende a la oración, hemos querido dedicar un poco de atención a la manera en que rezamos.

Empezaremos buscando lo que nos dice la Escritura acerca de la oración en general, con atención particular a las palabras de San Pablo. Después, veremos cómo oraba Jesús y luego cómo oraba la Virgen María. Deseamos entender cómo oraban ellos y ver qué podemos aprender del ejemplo de cada uno.

La oración: Fuente de sabiduría y entendimiento

San Pablo era hombre de oración, por eso recomendaba a sus seguidores:

«Manténganse constantes en la oración». (Colosenses 4,2)

«Oren en todo momento». (1 Tesalonicenses 5,17)

«Rueguen y pidan a Dios siempre, guiados por el Espíritu». (Efesios 6,18).

En estos pasajes podemos ver cuánta importancia atribuía Pablo a la oración, no sólo para sí mismo, sino para todos. Para él este era uno de los mejores medios para entender los misterios de Dios, y no sólo eso, sino también los misterios que solemos afrontar en la propia vida humana.

Por ejemplo, San Pablo oraba por los colosenses para que Dios les hiciera «conocer plenamente su voluntad» y les diera «toda clase de sabiduría y entendimiento espiritual» (Colosenses 1,9), es decir, deseaba sinceramente que el conocimiento y la sabiduría que se pueden recibir en la oración diaria se volcaran en el diario vivir y convertirse en una fuerza motivadora que actuara en el alma de los fieles.

Es un poder que nos lleva a «vivir de una manera digna del Señor» (1,10). Para el apóstol esta era la única manera de dar fruto para Dios y recibir su fortaleza y su poder.

¿Por qué lo veía así? Porque la persona natural (todo el que no se mantiene en contacto con el Espíritu Santo) no puede captar ni entender las mociones del Espíritu.

Incluso San Pablo dice que para la persona «natural», las cosas de Dios no son más que «tonterías» (1 Corintios 2,14).

La revelación lleva a la fuerza espiritual.

La oración, como San Pablo la entendía, actúa de dos maneras muy relacionadas entre sí. Por una parte, nos hace receptivos a la gracia de Dios, que nos ayuda a entender la vida con una perspectiva divina.

Por eso San Pablo pedía en su oración que Dios les diera a los efesios «el don espiritual de la sabiduría y se manifieste a ustedes, para que puedan conocerlo verdaderamente» y «les ilumine la mente» (Efesios 1,17-18).

San Pablo sabía que esta iluminación de la razón era vital para que llegaran a entender cuál era la manera correcta de vivir.

Por otra parte, San Pablo sabía que esta revelación no era suficiente; sabía que la gracia que recibimos en la oración tiene un poder espiritual que nos ayuda a poner en práctica aquello que sabemos que el Señor nos pide.

«No se aflijan por nada» les decía San Pablo, «preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también» (Filipenses 4,6).

Incluso, San Pablo les aseguraba que «Dios, que comenzó a hacer su buena obra en ustedes, la irá llevando a buen fin hasta el día en que Jesucristo regrese» (1,6).

Todo lo que tenían que hacer los fieles era mantenerse en comunión con el Señor y recibir la gracia necesaria para llevar una vida conforme a la voluntad de Dios.

La oración: cordón umbilical

Pero la oración no es una solución de último recurso, no es aquello a lo que recurrimos después de leer los libros de «autoayuda», después de consultar a los especialistas o incluso después de buscar información en la Internet.

La oración es el cordón umbilical que nos une a Dios, y por eso Jesús dijo:

«Pongan toda su atención en el reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios, y recibirán también todas estas cosas». (Mateo 6,33).

Luego añadió:

«Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar». (Mateo 11,28).

¿Por qué nos cuesta tanto orar?

Los cristianos creemos que Jesús es una persona real, que está presente en la Sagrada Eucaristía. También creemos que todo el que es bautizado viene a ser templo de Dios y que el Espíritu de Dios vive en él (1 Corintios 3,16).

Así también, creemos que la oración es una parte vital de nuestra vida cristiana. Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto rezar? ¿Por qué nos distraemos tanto cuando queremos orar?

A continuación tratamos de dar respuesta a algunas de estas preguntas.

¿He perdido mi primer amor?

En el Libro del Apocalipsis, Jesús advierte a los creyentes de Éfeso:

«Yo sé todo lo que haces; conozco tu duro trabajo y tu constancia… has sufrido mucho por mi causa, sin cansarte. Pero tengo una cosa contra ti: que ya no tienes el mismo amor que al principio». (Apocalipsis 2,2-4).

Se nos dice que es posible que estemos trabajando con mucha dedicación por el reino de Dios, pero que al mismo tiempo tal vez hayamos perdido el amor y la devoción a Aquel a quien dedicamos el esfuerzo que hacemos.

Aquellos a quienes el Señor les dirige este mensaje eran miembros activos de su Iglesia, pero habían perdido de vista la motivación y la esencia misma de su fe: el amor a Jesús.

Es muy fácil caer en una práctica rutinaria de la fe motivada por el sentido de deber y no necesariamente por el amor. Qué fácil es dejar que se desvanezca aquel amor apasionado y devoto que una vez sentimos por el Señor…

Es lo que sucede cuando una pareja de esposos que han estado casados por muchos años dejan que sus responsabilidades de trabajo, crianza de hijos y participación comunitaria proyecten una sombra sobre el amor y el romance que una vez sintieron y del que disfrutaron al principio. Lo que tienen que hacer es reavivar el amor y cultivarlo, dándole atención, dedicación y decisión.

¿He ordenado mal mis prioridades?

Hay un proverbio antiguo pero que no pierde validez: «Lo importante para ti es aquello a lo que le dedicas tiempo».

Jesús contó una parábola acerca de unas personas que fueron invitadas a un banquete pero que no asistieron (Lucas 14,16-24). Uno dijo que tenía que ver una propiedad en la que había invertido, otro quería revisar una yunta de bueyes que había comprado, y otro que se acababa de casar y que no podía ir a la fiesta. ¡Qué lástima! Estas tres personas no llegaron a reconocer la importancia de la invitaciónque habían recibido y dejaron que sus compromisos personales, sin duda buenos y válidos, adquirieran mayor prioridad.

¿Qué importancia le damos a esta invitación de Dios? Jesús no quiere recibir lo que nos sobra, ni las oraciones hechas nada más por el hecho de cumplir y ni siquiera nuestra atención cuando no tenemos otra cosa mejor que hacer.

Lo que desea el Señor es que aceptemos con amor y alegría su invitación y le demos a Él el primer lugar.

Las exigencias y responsabilidades de esta vida son muy reales, pero eso no significa que podamos darnos el lujo de pasar por alto la invitación que nos hace Jesús.

El Señor anhela comunicarse con cada uno de sus fieles especialmente cuando le damos tiempo de calidad.

Si consideramos que estamos demasiado ocupados para ir a su encuentro, lo que estamos diciendo en realidad es que queremos hacer otras cosas que consideramos más importantes.

¿Experimento sequedad en la oración?

Cuando la oración nos parece inútil, aburrida o ineficaz, lo que llamamos «sequedad», pronto empezamos a dudar de que nuestra oración sea válida, de que Dios quiera escucharnos o incluso de que Dios realmente exista.

Pareciera que los israelitas, en algún punto de su historia, tuvieron la misma experiencia y Dios, reprendiéndolos por boca del profeta, les dijo:

«Diariamente me buscan y están felices de conocer mis caminos, como si fueran un pueblo que hace el bien y que no descuida mis leyes; me piden leyes justas y se muestran felices de acercarse a mí y, sin embargo, dicen: ‘¿Para qué ayunar, si Dios no lo ve? ¿Para qué sacrificarnos, si él no se da cuenta?». (Isaías 58,2-3)

Del mismo modo, uno puede decirle al Señor lo mismo que los israelitas:

«Trato de evitar el pecado, trato de hacer el bien. He sido fiel contigo, Señor, pero sigues sin responderme».

Lo que sucedía con estos israelitas, y bien puede ser que suceda también con nosotros, era que, a pesar de que participaban en los rituales de su religión, no ponían su corazón en manos del Señor ni dejaban de hacer su propia voluntad (Isaías 58,3).

Es posible que la sequedad en la oración se deba a que no estamos tan entregados a Dios como creemos ni como lo estuvimos al principio. Tal vez confiemos demasiado en nuestros propios planes y por consiguiente no nos interesa tanto saber qué es lo que nos pide el Señor.

El apóstol Santiago dice:

«Lo que piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres». (Santiago 4,3).

El Señor quiere que nos presentemos en su presencia con humildad y pureza de corazón como diciéndole:

«Señor, quiero hacer lo que Tú quieras; quiero hacer lo que Tú digas. No quiero hacer mi voluntad, sino la tuya».

Por otro lado, las épocas en que la oración nos parece seca e inútil pueden deberse a que Dios nos está probando. Es posible que el Señor nos esté pidiendo confiar más en Él. La razón de esta forma de prueba es ver si nos desanimamos o nos desilusionamos de Dios.

Sara, la esposa de Abraham, dudó del Señor. Zacarías también dudó y otro tanto hizo Tomás. Es muy frecuente que la duda lleve a la sequedad en la oración. Pero la respuesta no es dejar de rezar. Por el contrario, lo mejor que podemos hacer es insistir y perseverar,sabiendo que si nos aferramos a la esperanza sin desfallecer, lograremos los resultados que esperamos.

Confía en Jesús.

El Señor nos enseñó:

«Por eso les digo que todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán».(Marcos 11,24).

Jesús quiere que sepamos que Él nos va a responder porque quiere guiar todos nuestros pasos. Cuánto se demore no importa, porque sabemos que nos responderá, como lo demuestra su propia vida.

Publicado originalmente en: La Palabra entre nosotros, autor: La Palabra entre nosotros

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