Editorial 

¿Cuál es la solución eficaz para todas las crisis actuales?

Por P. Fernando Gioia, EP | Colaborador Editorial.

Nos ha tocado vivir un mundo convulsionado. Nuevas costumbres, mentalidades y culturas marcan los tiempos contemporáneos. “¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!”, exclamaba el Papa Emérito Benedicto XVI (18-4-2005), poco antes de haber sido elegido Pontífice.

Estamos en presencia de un proceso incesante de descristianización. El mal entra hasta en los dominios de la vida privada, se pierden los valores humanos. Es más extenso y penetrante de lo que se pueda pensar. La misma institución de la familia atraviesa una crisis profunda que amenaza destruir el viejo edificio social de las naciones.

Esta gran crisis, bien antes de los albores del siglo XX, era advertida por el Papa León XIII, cuando acentuaba que los Estados –en épocas pasadas– engendraron bienes superiores a toda esperanza, influenciando todas las clases y relaciones de la sociedad, pues, “la sabiduría cristiana y la virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos” (Imortale Dei, 9).

Ya por 1925, el Papa Pío XI –el mismo mencionado por la Virgen en Fátima a los pastorcitos en las apariciones, al decirles: “durante el reinado de Pío XI vendrá otra guerra peor”– mostraba su preocupación al analizar las causas de supremas calamidades que veía abrumaban y afligían al género humano, produciendo inestabilidad.

Era el alejarse –¡ya en esos tiempos!– los hombres de Dios, saliendo de ese feliz estado, para caer en un torbellino de males, pues, decía: “Arrojados Dios y Jesucristo de las leyes y del gobierno, haciendo derivar la autoridad no de Dios, sino de los hombres”, prescindiendo de ellos “en la educación de la juventud”, al ser excluida la religión de las escuelas y más grave aún que en ellas “fuese de una manera oculta o patente combatida, y que los niños se llegasen a persuadir que para bien vivir son de ninguna o de poca importancia las verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio” (Ubi arcano, 10).

Quedaba patente que, procediendo así, nunca se irían formando en la familia y en la sociedad, hombres austeros, amantes del orden, aptos y útiles para la prosperidad de las comunidades, llevando una vida honesta y virtuosa.

Por eso, para que reine la paz en los corazones, manifestaba sabiamente Pío XI: “de poco valdría una exterior apariencia de paz, que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu, los tranquilice e incline y los disponga a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo” (Ubi arcano, 12). Pues, es desde el corazón del hombre, de esa raíz más profunda, de donde surgen las discordias y los desentendimientos. “Todas las maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”, nos dice Nuestro Señor en el Evangelio (Mc 7, 23).

Si reina Jesucristo en la familia –constituida por el sacramento del matrimonio cristiano– los padres reflejarán la paternidad divina y los hijos la obediencia del Niño Jesús. Todo recordará la santidad de la Familia de Nazaret. Si reina Jesucristo en la mente de los individuos, en los corazones, en toda la vida humana, por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos, encontrarán la tan deseada paz, “en medio del desorden del mundo, o en los desiertos de la indiferencia y del materialismo” (Benedicto XVI, 2-12-2012).

Pidamos a Jesús Nuestro Señor, por medio de María Santísima, Madre del “Príncipe de la Paz”, que nos compenetremos de que, al reconocerlo como “luz para alumbrar a las naciones” (Lc 2, 32), tanto en la vida privada como en la vida pública, provendrán incomparables beneficios: “la justa libertad, la tranquilidad y disciplina, la concordia y la paz” (Pío XI. Quas Primas, 17). Sentiremos, como nos enseña San Juan Evangelista, que “la Verdad nos hará libres” (Jn 8, 32).

Aunque no lo creamos, en el ambiente de violencia que vivimos –no solo en nuestro país sino en el mundo entero– en que las naciones alejadas de Dios, impregnadas de odio y de contiendas fratricidas, caminan a la ruina y a la muerte; pues, volvería la paz, con todos sus encantos, “las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos”; pero, esto solo ocurrirá, cuando “todos los hombres acepten de buen grado el imperio de Cristo, se sometan con alegría, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (León XIII. Annum Sacrum).

Sin embargo, hay una condición previa para que surja la paz: “el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre”, decía Benedicto XVI (8-12-2012).

Es necesario huir de la falsa paz prometida por los ídolos de este mundo, que torna las conciencias insensibles, en que las personas se encierran en su egoísmo y caen en la indiferencia. Es imperioso que los hombres coloquen a Dios en el centro, dando sus espaldas a los desvaríos del mundo. La solución eficaz es, por lo tanto, reconocer a Jesucristo Nuestro Señor, que dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn 8, 12), y encontraremos la paz.

Dejémonos iluminar por el resplandor de Aquel que es: “el Camino, la Verdad y la Vida”. Entraremos por el sendero de la paz, que San Agustín definía como “la tranquilidad del orden”. Solo así habrá paz en todas las cosas, cuando ellas estén en la recta disposición para la cual fueron creadas, según estableció el divino Creador para la sociedad humana, siempre anhelando una más perfecta justicia.

En pocas palabras podremos decir que los Romanos Pontífices fueron categóricos afirmando que nunca habrá paz duradera, ni verdadera, sin la existencia de la práctica de las virtudes cristianas, del cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios.

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