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A María 

Un parto divino

La Iglesia afirma que María «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre» (Catecismo, nº 510) Cuando afirmamos que María fue «Virgen en el parto» significa que no sufrió menoscabo de su integridad corporal al dar a luz a Jesús, por lo que no padeció dolor alguno durante el alumbramiento.

La virginidad perpetua de María es un dogma de fe. Pero, antes de que los Concilios declarasen solemnemente esta verdad (como el de Éfeso, Constantinopla o Letrán), los Padres de la Iglesia ya la defendían. Éste es el caso de san Ambrosio, san Agustín, san Jerónimo… Ellos trataban de iluminar este misterio comparándolo con los rayos de luz, que entran en una estancia a través del cristal, pero sin romperlo ni mancharlo.

Mención especial, por su lenguaje claro y directo, merece Haymo de Halberstadt (+853), quien, preguntado acerca de esta cuestión, explicó escuetamente: «Como ella concibió sin placer, del mismo modo dio a luz sin dolor».

Pero, este dogma, ¿tiene algún fundamento bíblico?

Debemos admitir que en las Sagradas Escrituras no se menciona de forma explícita la virginidad perpetua de María. Sin embargo, podemos encontrar una alusión en el libro del Génesis. En él aparece el anuncio de una mujer, cuya descendencia aplastará la cabeza de la serpiente, mientras que a Eva, Dios le dice: «Multiplicaré los dolores de tus embarazos, con dolor darás a luz a tus hijos» (Gn 3, 16).

María, «nueva Eva», preservada del pecado original, fue eximida también de esta ley, consecuencia de la desobediencia de nuestros primeros padres.

Por otro lado, los Padres de la Iglesia ven en María la perfecta imagen del Cantar de los Cantares: «Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa, huerto cerrado, fuente sellada» (Ct 4, 12)

«La profundización (…) en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo ‘lejos de disminuir, consagró la integridad virginal’ de su madre.» (Catecismo, nº 499)

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