Editorial 

Dios no se encuentra en la agitación

Por P. Fernando Gioia, EP | Colaborador Editorial.

En el libro Primero de los Reyes (19,11) del Antiguo Testamento, encontramos a San Elías, en la entrada de la caverna donde pasó la noche, en el monte Horeb. Estaba esperando que pasase el Señor como le había sido prometido; que no ocurre cuando pasa el viento huracanado ni cuando el terremoto, ni cuando el fuego, sino cuando vino un ligero y blando susurro. Es de aquí que surge la singular frase: “Non in commotione Dominus”. Palabras que nos harán comprender el ambiente que envuelve a cada uno de los hombres, en todos los tiempos, pero, destacadamente, en los días conturbados que nos ha tocado vivir: “Dios no se encuentra en la agitación”.

Días convulsionados, revueltos, confusos, que nos alejan de las cosas celestiales abajándonos a las cosas de la tierra, al “corre-corre” cotidiano, al bullicio, al ruido, adentrándonos en lo que podríamos llamar de agitación. Nos alejan de la soledad y del silencio, de lo que el gran monje San Bernardo llamaba: “O beata solitudo, o sola beatitudo!”, “Oh bienaventurada soledad, única felicidad”.

Es una de las grandes dificultades del hombre moderno, estar quieto, estar solo, estar en silencio. “Silentium”, abstención de hablar, falta de ruido, en la simple definición de la Real Academia Española. Qué difícil es describir algo que es inefable, en cierta forma inexpresable.

El explorador de los dos polos, Erling Kagge, relata en su libro “El silencio en la era del ruido”, como, en su caminar solitario en la blanca nieve de la Antártida durante cincuenta días, experimentó cuán enriquecedor puede ser el silencio, y que ese silencio interior fue su mejor amigo durante la travesía.

La considerada revista Science relata un experimento realizado en la Universidad de Virginia por el psicólogo Timothy Wilson. Con un equipo de colaboradores desarrollaron variadas pruebas con estudiantes universitarios; después otro con personas de variedad etaria hasta los 77 años. A los primeros los encerraron en una pequeña sala con paredes blancas, sentados con una mesa frente a ellos, y que “se entretuvieran con sus propios pensamientos”. Esto por un período cercano a los 15 minutos, para ver si disfrutaban, si podían concentrarse. Con la singularidad que los dejaron sin material de lectura, sin aparatos electrónicos, sin música.  Los voluntarios tenían la posibilidad de interrumpir el ensayo, pero para ello debían apretar un botón que les daba una descarga eléctrica (El País, 3-7-2014). Precisaban quedar solitos, en silencio. Interrogados posteriormente mostraron desagrado y dijeron que les era difícil concentrarse. Lo mismo resultó con el otro conjunto, si bien que, colocados en situación diferente. “Nuestra investigación – dicen Wilson y sus colegas de universidad – muestra que la mayor parte de la gente prefiere estar haciendo algo que no hacer nada o sentarse en soledad con sus pensamientos”.

Ante los ritmos de la vida moderna se hacen indispensables espacios de tranquilidad en silencio pues, todo lo que nos rodea es una cacofonía de antivalores, de hedonismo, de materialismo, de diversión. San Juan Pablo II afirmaba que: “en una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social el silencio se hace cada vez más difícil” (Rosarium Virginis Mariae, 31). Y más aún, el hombre moderno, no sabe callar “por miedo a encontrarse con sí mismo, de descubrirse, de sentir el vacío que se convierte en demanda de significado” (Orientale Lumen, 16).

Esta situación sociocultural, fruto de un proceso de grandes y rápidas transformaciones, se fue extendiendo progresivamente de tal forma, que nos deja impresionados. El progreso técnico ocasionó, en el decir del Papa Emérito Benedicto XVI, que la vida del hombre, no solo se hizo más cómoda sino “más agitada, a veces convulsa”, y con el desarrollo de los medios de comunicación se corre el riesgo de que lo virtual domine sobre lo real: “cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual, a causa de los mensajes audiovisuales que acompañan su vida desde la mañana hasta la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por miedo a sentir, precisamente, este vacío. Algunas personas ya no son capaces de permanecer largo tiempo en silencio y soledad” (9-10-2011).

Antiguamente se llenaban los momentos de soledad y silencio leyendo un libro o las señoras tejiendo; hoy, de inmediato, la persona llena su “espacio solitario” con las redes sociales…como fueron anunciando los citados pontífices.

Ocurre entonces que el silencio, al ser ahuyentado, produce un efecto negativo en la consolidación de las almas hacia la religiosidad. Y no son pocos los que, arrastrados por una pseudo religiosidad – para dar un ejemplo característico – siguen alocadamente los conjuntos de música moderna, en sus “ceremonias- conciertos” (pues no son más que eso) multitudinarios, con sus luces, humos, gritos, lúdicos movimientos y cánticos.

Por el contrario, es en el silencio en que Dios más se manifiesta, nos habla más profundamente, es un espacio que, si se lo concedemos a Dios, sentiremos su presencia “sonora”, “hablando” a nuestros corazones; llegando a nuestros oídos, se “oye”, penetra; no lo podemos tocar, pero se “siente”. Pues, Dios no se encuentra en la agitación, sino en la quietud, en el sosiego, allí es donde se hace presente.

Ante una sociedad cada vez más agitada, “aturdida por ruidos y dispersa en lo efímero”, es vital “redescubrir el valor del silencio” (San Juan Pablo II. Spíritus Sponsa, 13).

Concluyo con las bellas palabras que comienza un libro que recomiendo, “Libro de la Confianza”, del padre Thomas de Saint-Lourent: “voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, vos murmuráis en lo profundo de nuestras consciencias palabra de dulzura y de paz”.

 

P. Fernando Gioia, EP |Heraldos del Evangelio
www.reflexionando.org

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