Editorial 

Un tema muy delicado para el sacerdocio católico

Por Sherman Calvo | Director.

 

Hay un tema muy delicado, pero de vital importancia, y, aunque doloroso, es necesario tratar,  a fin de que redoblemos los esfuerzos para que no se repita un abuso infantil más. Es cierto que es un problema que lamentablemente va creciendo, pero también es verdad, que hay un porcentaje de personas que cometen esas terribles atrocidades.

Por pura estadística, tienen que haber depredadores infantiles entre los miembros de cualquier colectivo; y por simple lógica, cualquier Iglesia, agrupación deportiva, educativa o cultural, etc., tendrá pederastas en su seno. Eso es algo inevitable, y no es el problema en sí mismo, el problema es cómo se trata este tema y qué medios se utilizan para evitarlo y combatirlo.

Es triste que algunas Iglesias, hayan ocultado o amparado a sus depredadores por encima del bienestar de las víctimas. Especialmente, todos conocemos muchos abominables casos, y es precisamente por ese encubrimiento, que nos alienta a trabajar por erradicar esos aberrantes comportamientos.

Para empezar a combatir este flagelo a nuestros niños, ningún colectivo puede continuar encubriendo casos de pedofilia, no pueden seguir siendo, con su silencio, cómplices de estas crueldades contra menores. En una carta reciente, el Papa Francisco tilda de “crimen” los abusos a niños por parte de los curas. El pontífice reconoce que medidas correctivas deben ser aceleradas para que no se repita.

La otra verdad atrás de este delicado tema, lo aborda el Padre Martín Lasarte, quien escribió una carta al New York Times, en la que decía: “… veo a muchos medios de información  investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así  aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… Ciertamente ¡todo condenable! Se ven algunas presentaciones periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas  de preconceptos y hasta odio. Me da un gran dolor por el profundo mal que personas, que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique  tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del  lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto, todas las  medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la  dignidad de los niños será siempre una prioridad absoluta”. Pero es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen, por  millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en  los cuatro ángulos del mundo.

Relata también sobre sacerdotes que han  tenido que transportar, por caminos minados a muchos niños desnutridos. No es noticia que un sacerdote recorra una ciudad por las  noches y lleve a albergues a cientos de niños que son golpeados, maltratados y hasta violentados que buscan un  refugio.  No es noticia que  más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos, hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería,  en hospitales, en campos de refugiados, en orfanatos, en  escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención o sobretodo, en parroquias  y misiones, dando motivaciones a la gente para vivir y amar. No es noticia que decenas de misioneros en Angola, hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una malaria.  No es noticia que en muchos cementerios estén las tumbas de los sacerdotes perseguidos y asesinados en diferentes regiones del  mundo. Un buen sacerdote se va consumiendo en silencio.

Sin embargo, hace más ruido un árbol que cae, que  un bosque que crece. No se trata de  hacer una apología de la  Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote es un simple hombre, que busca seguir a  Jesús y servir a sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también, belleza y bondad como en cada  criatura. Gracias a Dios existen muchos sacerdotes santos, llenos de amor a Dios y a los demás, que desgastan su vida sin hacer ruido, que necesitan de nuestra oración y apoyo, para que el Señor les dé a todos el don de la santidad y de la perseverancia en su vocación. Oremos por las víctimas de estos abusos y también por la Iglesia.  Los pecados de una minoría del clero no harán que pierda mi honor de pertenecer a la Iglesia que Cristo fundó. Si la Iglesia está enferma, como católico, tengo que ayudar a curarla, porque formo parte de ella. 

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