Editorial 

La familia sufre la acometida de las transformaciones de la sociedad


Por Sherman Calvo | Director.

 

La familia, en estos tiempos modernos, ha sufrido como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones de la sociedad y de la cultura. Algunas han permanecido fieles a los valores que la fundamentan; otras se han dejado ganar por la incertidumbre y el desánimo; otras caminan en la duda y en la ignorancia de su naturaleza y misión.

La misión de la Iglesia, madre no sólo de los individuos sino de las familias cristianas, a unos debe sostener, a otros iluminar y a los demás ayudar en su camino a tientas por este mundo. Ante nuestros ojos, ya anestesiados por el acostumbramiento, se pretende destruir todo lo correspondiente al orden natural, con la malsana esperanza de que, una vez quitados los cimientos en los que se apoya el orden sobrenatural, éste también se haga trizas.

En los últimos tiempos, se ha podido notar un particular empeño en destruir la FAMILIA, con la loca pretensión de arrastrar en su caída a la sociedad y a la Iglesia, ya que, ciertamente, es en el santuario familiar donde se aprende a amar a Dios, a la Patria y al prójimo. Solo en las familias sanas -y fuera de ellas, por excepción- se forman hombres virtuosos y fuertes, o sea, los héroes y los santos, que son los únicos capaces de forjar la Patria y de plantar la Iglesia hasta con su sangre, si fuera necesario.

Son múltiples los ATAQUES que soporta actualmente la familia: desde los que pretenden liquidar, lisa y llanamente la institución familiar, hasta los que la insidian con miles de sofismas para disolverla y ablandarla. En una apretada síntesis, los principales frentes en los que se bombardea sistemáticamente a la familia católica, son cinco: 1) la esencia, 2) los fines, 3) la autoridad, 4) la natalidad y 5) el amor. En cada uno de estos aspectos de la familia, pueden citarse numerosos ejemplos -incluso dentro del campo denominado “católico”- de la obra disolvente y subvertidora del orden natural y sobrenatural, llevada a cabo por los modernos émulos de Voltaire, Rousseau, Freud, Marx, Marcuse y compañía. Dios es el Autor de la familia y Él mismo es su Restaurador, ya que la elevó a la categoría y dignidad de sacramento. Esto quiere decir que la familia no es de institución humana, sino de institución divina, no pudiendo, por lo tanto, estar sujeta al capricho subjetivo y cambiante de los hombres, en razón de participar, en su medida, de la misma inmutabilidad de Dios, con respecto a su naturaleza, fines y leyes, que no pueden ser otros que los dados por el mismo Dios.

Podemos decir, que el matrimonio católico es, en su esencia, la sociedad formada por el mutuo consentimiento ante Dios, de “UNO CON UNA Y PARA SIEMPRE”. Los fines esenciales y complementarios del matrimonio son la procreación y educación de los hijos, y la manifestación del amor mutuo. Merece señalarse, que Satanás, a través de los siglos, ha suscitado numerosas herejías, gnósticos, laicistas, marxistas, etc. que, en sus diversas variantes, atentaron y atentan contra la naturaleza del matrimonio. 

Cuando el amor es verdadero viene de Dios, y todo lo que viene de Dios “es ordenado”. La falta de este amor a Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, es la primera y principal causa de los fracasos matrimoniales. Cuando Dios es el “convidado de piedra” en el hogar, poco a poco se volverán “de piedra” también los corazones de sus miembros. En cambio, cuando todos los integrantes de la familia cumplen ese “primer y mayor mandamiento”, no hay problema sin solución, no hay día sin alegría, no hay obra sin mérito, no hay cruz sin consuelo, no hay trabajo sin satisfacción.

Nos ha tocado vivir en un mundo especialmente corrupto y corruptor de la familia, y puede ser que, al paso que vamos, aún aumente más su poder destructor de la misma. Debemos luchar a brazo partido para que la degeneración y la inmoralidad dejen de tener carta de ciudadanía en nuestra Patria. No sabemos si, a corto plazo, triunfaremos en el nivel nacional, pero sí sabemos que podemos y debemos comprometer todas nuestras energías para que los enemigos tradicionales de la familia católica -célula de la sociedad e Iglesia doméstica,- no destruyan la nuestra. Y esto está en nuestro poder, con la gracia de Dios, que no nos ha de faltar.

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