Editorial 

Dios en el banquillo

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

C.S. Lewis se ha convertido en uno de mis escritores favoritos. La forma en la que construye sus ideas y argumentos de diversos aspectos de la doctrina católica me han cautivado. En especial el primer libro que leí de él – y bastante célebre- el llamado “Mero cristianismo”. Fue por ello que me aventuré a comprar otra de sus obras que lleva por título “Dios en el banquillo”. A decir verdad el título me pareció intrigante. ¿Cómo que Dios está en el banquillo? Me interrogaba cuando hojeaba las primeras páginas.

¡Vaya sorpresa! Cada capítulo era interesante y distinto uno del otro. Sin embargo, al llegar casi al final di con la frase del título del libro: Dios en el banquillo. Y en éste, Lewis explicaba lo que quería decir con ello. Tan cierto y reflexivo me pareció que no pude evitar hacer un escrito para compartirlo contigo. ¿Listo?

C.S. Lewis dice la frase siguiente: “El hombre antiguo se acercaba a Dios (o a los dioses) como el acusado se acerca al Juez”. A simple vista puede parecer una frase bastante corta y efímera en nuestras mentes. Como algo que lees, lo piensas unos segundos y te dices: contiene verdad. Cuando la leí la primera vez proseguí sin más hacia el resto del párrafo. No obstante, al releer ese capítulo porque me había gustado mucho, me detuve. Y uno a uno, los pensamientos venían como fotografías en mi mente. Por ejemplo, consideré el tiempo de anticipación con el que se llegaba a la celebración de la Misa; el recato de los asistentes, sobre todo las mujeres. El respeto hacia la homilía y consejos del sacerdote.

Asimismo, imaginaba aquella frase que comúnmente escucharon nuestros abuelos: “si no haces X, Dios te va a castigar/ no te va a querer”. ¿Suena familiar? Y es que no solamente era una relación de amar a Dios, sino de temerle – en ocasiones desproporcionadamente-. El temor era una variante común en agradar a Dios. Lo cual, si es un temor de no lastimarlo y de no agradar a un Dios tan bueno, como se haría con un gran amigo, ¡es muy favorable! Pero si es un temor de ser castigado y que lleva a sentirse esclavo de un Dios enojón, entonces no conocemos realmente al Dios verdadero, sino un concepto erróneo de Él.

Y tú, ¿qué piensas de lo anterior? Tal vez creciste con esta idea o la has inculcado, de manera consciente, en tus hijos. O posiblemente seas un adulto con nietos o un joven mayor de edad y tu idea de quién es Dios no “haya madurado”. No lo digo de forma peyorativa, sino que muchas veces crecemos con un concepto que en lugar de desarrollarse se mantiene rígido y poco sostenible para nuestra vida de fe. Me explico. Si yo considero que Dios es un castigador, que sigue cada uno de mis pasos solamente para encontrar mis faltas y entonces darme mi merecido es sumamente predecible que en la edad adolescente o adulta prefiera alejarme de Él porque prefiero quedar bien con mis amigos, por lo que aquel temor de niño se transforma en indiferencia que puede perdurar toda la vida. ¿El veredicto? Un católico tibio, frío o ateo. No digo que este camino sea siempre así, aunque es bastante frecuente.

Pero ¿sabes qué ha ocurrido hoy? En lo personal considero que hemos llegado a un extremo contrario que tampoco es cierto en su totalidad. Piensa en esto: “el infierno no existe; el diablo es un invento de la Iglesia para impedir que lo pases bien”. ¿Te suena? Probablemente sea, pues como expone Lewis: “para el hombre moderno se han invertido los papeles…Él (el hombre) es el juez y Dios está en el banquillo (de los acusados)”. Y prosigue con la idea de que el hombre moderno “defiende a Dios si éste permite la guerra, la pobreza y la enfermedad”. ¡Y no se digan tantos pecados relacionados con el sexto (no actos impuros), octavo (no mentirás), noveno (no deseos impuros) y décimo (no codiciar bienes ajenos) mandamiento!

Fue precisamente esa línea “Él es el juez y Dios está en el banquillo” la frase que, de todo el libro, para mí fue como un electroshock.  Sin poder evitarlo, al cerrar un momento aquella obra, como gotas insistentes se formaba una lluvia de recuerdos que me empapaban de introspección. Como si yo misma me hablara diciendo: “Brenda, ¿te acuerdas cuando te creíste juez cuando algo salió mal y tú dabas por hecho de que saldría perfectamente? ¿cuando al ver el mundo y sus noticias te preguntabas por qué Dios no hacía nada? ¿O aquel día en que creías saber lo que necesitabas y Dios no te lo mandaba? La lista seguía. ¿Te has sentido así? Acusando a Dios con el dedo índice como si el veredicto final siempre fuera ¡culpable!

Llevando las cosas más lejos, meditaba que nuestro rol de jueces depende de dónde estemos parados. Por ejemplo si me he olvidado de Él, si se ha vuelto un recuerdo de infancia –o soy indiferente a su existencia- el banquillo me parecerá el lugar pequeño e insignificante ¿quién querría colocarse ahí por iniciativa propia? Imagina la escena: tú, sentado en el estrado (lugar elevado destinado al juez) mirando hacia abajo al sencillo asiento del acusado. Ahora te invito a pasar a esta otra escena: Jesús es llevado al pretorio con las manos atadas, y con el veredicto de “culpable” le es colocada sobre su cabeza una corona de espinas y una caña en su mano derecha a modo de cetro. Dios también estaba en el banquillo de los acusados. Calumniado por simples mortales. ¡Qué fácil era burlarse de su mismo Creador, quien los había amado antes de que existieran, pero igualmente quien tenía el poder de con un pensamiento devolverlos a la nada! En el silencio entre gemidos de dolor no cambió su postura de acusado, pues así salvaría lo más preciado para Él: al hombre que hoy lo condenaba.

¿Qué pasaría si volteamos los papeles? Recuerdas la vez en que estuviste en el banquillo de los acusados… porque yo sí. Aquella mujer adúltera de la que nos habla Juan 8, 3-11. De cierta manera, todos estamos representados en ella. El evangelista dice: “Entonces los escribas y fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio” (Jn 8, 3). Dios todo lo ve, entonces ¡cuántas veces debemos haber sido sorprendidos en pecado por Él! El banquillo de los acusados era el lugar perfecto para ti y para mí.

Sin embargo ¿qué pasó? Ellos le dijeron: “Tú, pues, ¿qué dices?” (Jn 8, 5). El hombre-Dios, santo e irreprochable tenía en su poder nuestro destino. ¡Con qué justicia pudo decir apedréenla! Y aún así Juan comenta lo siguiente: “Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: ‘Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra” (Jn 8, 6). ¡El juez se inclinó para venir en su defensa! Y finalmente le interrogó: “‘Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?’. Ella le contestó: ‘Ninguno, señor’. Y Jesús le dijo: ‘Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar’” (Jn 8, 10-11). Simplemente es de sorprenderse.

Quisiera terminar con esto: no nos damos cuenta de que perdemos más obrando de jueces porque no sabemos serlo. Somos imperfectos, parciales y bastante volubles. Él es el Juez, y aún, se acompaña de infinita misericordia.

Y es que al colocar a Dios en el banquillo ¡nos estamos juzgando a nosotros mismos! Pues al dictar que el inocente es culpable manifestamos soberbia e injusticia. Y eso ya es una prueba contundente de que… somos culpables.

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