Editorial 

Caminando contigo

 

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Poema a mi Amado Jesús, cuando iba camino a la cruz.

 

 

El sufrimiento no es dolor,
si con amor éste se vive.
Caminando tras de ti hacia el Gólgota,
anduve por altos y declives. 

La desesperanza no derrota,
si aún confiamos en el Señor.
Cargando tu cruz ibas, te vi,
junto al Cireneo que te ayudó.

La humillación no reduce,
cuando se es libre de verdad.
Al tropezar por primera vez,
oí a los soldados venirte a azotar.

El cansancio no pesa,
cuando tu meta conoces.
Te levantaste de nuevo, sin queja,
ante sus voces feroces.

El odio de la gente no aflige,
si lleno de amor estás.
Nuevamente caíste, Jesús mío,
y te volviste a levantar.

La enemistad no influye,
cuando reconoces que el otro es tu hermano.
La tercera vez que tropezaste, Dios mío,
me recordaste para siempre, que también fuiste humano.

Finalmente llegamos al Calvario,
el lugar del gran tormento.
Pocos eran tus seguidores,
y tantos quienes gritaban con ardor violento.

Ahí estabas desangrando sobre la cruz,
en el polvo de la tierra.
Cuando vinieron los soldados para clavarte,
como si su vida de ello dependiera.

De innombrable dolor gritaste,
pues tus pies y manos traspasaron.
Saber que yo fui responsable de aquello,
de cada gota de sangre que de ti sacaron.

Te elevaron a la vista de todos,
como si de un malhechor se tratara.
Mis ojos de lágrimas se llenaron,
 y al ver a María a mi lado, le pedí que me abrazara.

Observando hacia lo alto,
sentí Tu mirada sobre mí.
¡Cuánto amor emanaba de aquel cuerpo destrozado!
Cómo explicar lo que aquel día viví.

Expiraste feliz y exhausto,
obedeciendo hasta el final el mandato del Padre.
Fue increíble lo que sucedió aquellos momentos,
¡ahora y para siempre yo tendría a tu Madre!

Ahora, que aquí estás resucitado,
reflexiono en la amargura de aquel castigo.
Pero lo más bello, lo más precioso es,
que me diste el gran regalo, de ir caminando contigo.

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