Editorial 

¿Qué me aporta el tener Fe?


Por Brenda Figueroa | Colaborador Editorial.

 

Me parece bastante interesante observar que hoy, muchos creyentes perciben las cosas desde el lado opuesto: más que un don y gran regalo de la parte de Dios, tener fe es algo desafortunado. Porque recordemos cuando San Pablo les dijo a los Efesios: “Ustedes han sido salvados por la fe, y lo han sido por gracia. Esto no vino de ustedes, sino que es un don de Dios; tampoco lo merecieron por sus obras, de manera que nadie tiene por qué sentirse orgulloso. Lo que somos es obra de Dios…” (Ef 2, 8-10).

Y la pregunta es ¿Por qué este don sería algo malo? Bueno, no hace falta indagar profundamente para notar que en la sociedad actual, quien tiene fe, ha llegado a ser visto y tratado como un “bicho raro” merecedor de toda marginación por su estrechez mental; como si éste valiera menos a los ojos del mundo.

El que cree es un necio, dicen, pues ése ser Supremo simplemente no existe. De forma que la conclusión no es difícil: el ateo está en lo cierto; él no cree en nada. Aunque… ¿acaso los ateos no creen en la –no- existencia de Dios? ¡Qué ironía!

Con todo respeto hacia aquellas personas que no viven con la certeza de que Dios los ama más allá de todo límite, al considerar este tema, no pude evitar pensar lo siguiente. Los ateos tienen fe, pero ésta radica en la base de la “no existencia de Dios”, por ponerlo así. Es decir, se perciben a sí mismos como extraídos del mundo de la fe, pero no por ello dejan de ser creyentes. Y es que como decía el célebre novelista y poeta inglés G.K. Chesterton: “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”. 

¿No es eso lo que encontramos en la actualidad? El tarot, la Nueva Era, colocarnos listones de cierto color, la buena suerte, creer que se tuvo una vida pasada, creer en fuerzas del universo, etc. ¡Qué cierta es la frase de Chesterton! Quienes nos acusan de tener fe en Alguien que no vemos – o que según no existe- suelen ser personas que ponen su “creencia” en las estrellas, la buena suerte o cosas materiales que creen les ayudarán a obtener fama y dinero. Desde este punto de vista suena más descabellado y loco creer que no existe Dios y que por tanto unas cartas o cierto ritual lleva sellado mi destino. Y es que por más que el ser humano se empeñe en negar su origen y su imagen y semejanza a Dios, las cosas no cambiarán. O ¿dejaría de ser el gato un gato en su ADN y características internas porque yo prefiera considerarlo un pescado? Por supuesto que no.

De tal manera que, a pesar de que el hombre niegue que proviene de Dios y su fin es estar con Él, lo único que hace es vivir su vida peleando contra su propia verdad. Entonces pienso que quizás la perspectiva del asunto debiera ser ¿Qué me aporta tener fe? Y ¿qué me aporta No tener fe?

Inicialmente, éste don otorgado por Dios enriquece nuestra existencia; pues la vida sin sentido culmina en el suicidio y la desesperanza. El ser humano no puede comprender el por qué de su presencia en el mundo, si no reconoce en su interior que Alguien posee un Plan Divino dirigido por el amor hacia él. ¿Cómo puede un ateo juntar las piezas del rompecabezas cuando todo a su alrededor se derrumba por la guerra, el hambre o la muerte de sus seres queridos? O simplemente en su día a día al enfrentarse a retos que parecen ser más grandes que él mismo. Me pregunto, ¿cuál es la pieza que colocará en el vacío que todos llevamos del tamaño de Dios?

En segundo lugar, tener fe es ver en el otro a un hermano, a alguien amado por mi mismo Padre. No obstante sin la fe, el otro es mi competencia; un ser externo a mí que busca arrebatarme lo que yo he conseguido. De hecho, la frase que se le adjudica al pensador inglés Thomas Hobbes lo explica perfectamente: “el hombre es un lobo para el hombre”. Y sí, la Iglesia en siglos pasados ha cometido errores y ¡ha pedido perdón por ellos! Como lo hiciera San Juan Pablo II cerca del año 2000. Sin embargo, el comunismo y el ateísmo que mató a más de 100 millones, y que según el Dr. Paul Kengor profesor de Ciencia Política en Estados Unidos, podría ascender hasta 140 millones ¿ha pedido alguna vez perdón? Ciertamente no imagino a Lenin, Pol Pot, Stalin o Mao Tse Tung abriendo sus labios para hablar de misericordia.

En tercer lugar, la fe es la raíz que nos mantiene con vida y esperanza cuando no la hay a nuestro alrededor. Pues la ciencia jamás podrá contestar las preguntas tales como ¿por qué estamos aquí? ¿qué sentido tiene la vida? ¿por qué sufrimos? Y es que el creyente en Dios nunca está solo: sabe que hay Alguien y sabe que ése Alguien es poderoso y se interesa por él. Arraiga en su corazón una moral que será el puente para la vida eterna en el cielo. Además, reside en él una felicidad profunda e inexplicable cuando se entrega plenamente hacia el prójimo.

Sino ¿cómo explicar que quienes tienen títulos, gran comodidad económica, un puesto envidiable en una empresa prestigiosa y fama lo dejan todo por volverse misioneros de la Palabra de Dios? La única respuesta, que sí existe, es una necesidad del encuentro. Pero ¿con quién? Con un ser Perfecto, mientras que yo reconozco mi incapacidad de captar absolutamente -en mi herida naturaleza debido al pecado- su grandeza. Pero soy amado, y lo soy, infinitamente.

El creyente ha recibido un don de Dios que no se consigue por obras ni por esfuerzos propios, como lo decía San Pablo. Éste es el don de la fe. Y hoy quiero decirte esto: quien cree es más rico que quien no cree en nada. Ganamos más si cuidamos nuestra moral, nuestros pensamientos y procuramos la pureza del corazón; si amamos a nuestros amigos y enemigos. Pues si Dios existe, conquistaremos una vida eterna a su lado, que se traduce a una felicidad mil veces mayor que la que ya se experimenta al recibir su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía. Pero quien cree que nada de esto existe, posee precisamente esto: nada. No anhela una vida después de la muerte, sus heridas no serán un motivo de ofrecimiento por los demás y tampoco ve el valor que reside en la sencilla luz del amanecer, que es un presente día a día de quien más lo ama.

Por eso yo quiero tener fe. Quiero cultivarla, hacerla crecer y si es posible, contagiarla a quienes me rodean. Cuántos no se habrán dicho en su interior “quisiera experimentar ése brillo que ella o él llevan”. Esto no se consigue en las tiendas, no se vende por internet ni tampoco se obtiene en el mercado negro. Algo tan grande, capaz de radicalmente transformar una vida es gratuito: ciertamente un don de Dios.

Quisiera concluir este escrito con la siguiente reflexión. El ser humano es imperfecto, está herido por el pecado. De forma que constantemente está volcado hacia sí mismo; busca ser el mejor, el que gane los honores, el que sobresalga, en fin, es egoísta. Por ello un buen cristiano se distingue al luchar contra ello el resto de su vida y cosechar virtudes con la ayuda de Dios. Ahora bien, cuando leas el siguiente pasaje de la Escritura toma lo anterior en cuenta.

Dice así: “Difícilmente aceptaríamos de morir por una persona ‘justa’; tratándose de una buena persona, tal vez alguien se atrevería a sacrificar su vida. Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5, 7-8).  De hecho, el Papa emérito Benedicto XVI dijo en una ocasión: “Cuando niegas a Dios, niegas la dignidad humana. Quien defiende a Dios, está defendiendo al hombre”.

Y es que quien tiene fe ¡posee más que todas las riquezas del mundo porque tiene a Dios! Creador de todo, sin principio ni fin. En cambio, el creyente en la “no existencia de Dios” posee únicamente su propia sabiduría de lo que considera que es la vida, y espera con incertidumbre su final.

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