Opinión 

Llega una nueva navidad, tiempo de disfrutar en familia

 

Todo es más sensible ahora, el corazón está más dispuesto al amor porque el ambiente nos invita al encuentro, a la alegría, a la reflexión, a acercarnos a Dios. El tiempo corre cada día más rápido; hemos pasado distintas pruebas de salud, económicas, y quizás las que más marcan son las que afectan nuestro corazón, las que tocan la dignidad de cada uno. Vivimos en medio de los agites del tiempo, especialmente, entre las pasiones que despiertan la política, el fútbol y los placeres. Así como también el miedo y la incertidumbre que genera la situación de nuestro País, el acontecer mundial, la amenaza constante de una guerra, las persecuciones por la fe y la decadencia del sentido de respeto por la vida y la defensa de la familia constituida entre un hombre, una mujer y sus hijos. La tierra que gime con dolores de parto por todos los abusos de estos tiempos, los deshielos, la fauna y la flora que también se han visto en desequilibrio.

Pasa el tiempo y nos encontramos cada día con un sinnúmero de dificultades que no sabemos cómo afrontar y es la fe la que aparece ahí para sostenernos. Son muchas necesidades las que nos hemos creado y diversos intereses los que nos motivan y en ellos pocas veces, y cada vez menos, está la lealtad, la gratitud, la generosidad, la verdad, el amor, la humildad, la mansedumbre, la caridad, la bondad, la amabilidad, la valentía, la firmeza en los criterios, el respeto a la libertad, la justicia, la amistad fiel y sincera, en fin, la sabiduría. Asusta un poco este panorama y ver tanta incertidumbre, sentirse amarrado de pies y manos, descubrir que son muy pocos amigos los que se tienen y que el peligro asecha todo el tiempo. ¡Estad alertas! ¡Velad! nos dice el Señor porque no sabemos el tiempo ni la hora.
A mis años, por fin pude entender algo novedoso. Para mí la navidad era tiempo de luces y sonrisas, de mucha alegría, de recibir regalos, de compras, de vacaciones, y sí, lo más importante recibir al Niño Jesús en el corazón, sin embargo ahora entendí algo más, porque pueda que lo haya escuchado antes, pero hasta ahora lo interioricé: la navidad realmente es la antesala de la experiencia de la vida que se traduce en el tiempo necesario para caminar hacia el reencuentro con Dios. Ese camino estará lleno de luces y de sombras y puedo elegir caminar con Cristo o sin Él; y si decido caminar con Cristo debo compartir con Él, paso a paso, la cruz y la muerte para resucitar con Él. Claro, yo que me iba a imaginar que esto fuera así, entre más me acerco al Señor, Él me permite comprender un poco, tan solo un poquito más.

La vida trae muchas enseñanzas, da muchas vueltas, gira tanto que nos sorprende con su justicia. Con los años ya miro con más detenimiento a mi alrededor y descubro la responsabilidad que tengo sobre mí, los míos, los que me rodean y todo mi entorno. Es una cadena, porque todos somos seres interrelacionados y nos necesitamos unos de otros. Yo, por ejemplo, cuánto agradezco las muestras de amistad y fidelidad de mi esposo, de mis hijos, de mis amigos, cuánto incluso las manifestaciones del amor de Dios que a través de muchas personas que no conozco, Él se me presenta y me tiende su mano. Toda nuestra vida es un tejido en el cual yo aporto, pero en él también aportan muchas personas y la fe que tengo es la que pone todos los colores sobre él. Al final de mi camino ese tejido habrá crecido según mi disponibilidad, mi generosidad y se habrá extendido hacia otros que también seguirán tejiendo sobre él y poniendo los colores según su fe. De ahí saldrá un entramado hermoso que quizás sirva de señal para muchos otros. El Señor nos llama incansablemente porque nos ama y nosotros con nuestra libertad, inteligencia, voluntad y libertad podremos escuchar su voz y abrirle para que Él reine en nuestro corazón, pero también nos podremos dejar tentar y equivocarnos y escoger otro camino. Aún así su misericordia es tan infinita que con el menor guiño nuestro, Él estará para levantarnos.

He aprendido que a pesar que las pruebas por épocas arrecian, la alegría no se pierde; el corazón podrá tener huecos de dolor, pero siempre, aunque permanezcan las cicatrices, ellas solo harán evidente que cuando las sombras atacan hay una luz que se enciende y guía hasta la salida; se cerrará una puerta pero se abrirán muchas ventanas. Ellas te hacen más fuerte, más humano, más comprensivo. Si nos quedáramos en sentir rabia y deseo de venganza seguro no avanzaríamos y también no habría oportunidades de aprender a levantarnos, no descubriríamos la belleza de cada amanecer y de saber que cada día que nos despertamos es un don de Dios; no podríamos descubrir que solo gracias a Él la vida continúa y llegan nuevos amigos y muchos ángeles alrededor que te aman y te sostienen, y que hay más ángeles en este mundo que depredadores, y solo en esos momentos empiezas a notarlos y a descubrirlos porque ellos aparecen como estrellas fulgurantes en el firmamento. Eso es navidad, aprender a descubrir a Dios en todo y en todos, y en cada uno de nosotros, principalmente. Leía ayer en la novena una bella reflexión del padre Rafael de Brigard:

“En gran medida, la historia de nuestras tristezas y dolencias, tiene su origen en que quien nos guía no es el Espíritu de Dios. Los obstáculos que la humanidad pone al Espíritu divino impiden que la felicidad y la paz sean una realidad para todas las personas, en especial para las más débiles.  Si con frecuencia nos da la sensación que el mundo se ha convertido en un lugar difícil de habitar y la gente difícil de tratar, esto se debe, en parte, a que el sentido fraternal que produce el Espíritu de Dios ha sido desplazado por ilimitados sentidos de poder y de tener que oprimen a las personas. Dejar que el Espíritu Santo actúe en cada persona y en cada momento es una forma de volver a abrirle a Dios las puertas de nuestro corazón para vivir como hermanos, hijos de un mismo Padre.”
Eso le pido al Niño Jesús, nos conceda a cada uno en esta navidad, que sea el Espíritu Santo el que habite y reine en nuestro corazón para que podamos gozar de la fraternidad entre nosotros, donde podamos vivir en medio de la diversidad, pero unidos bajo un mismo Sol, “aquel que se levanta de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de La Paz.” -Lc 1, 79.

¡Feliz Navidad y venturoso año 2018 bajo el amparo maternal de María Santísima y San José!

Redacción Laus Deo.

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