Evangelio 

Evangelio del día Domingo 17 de Diciembre

 

Tercer Domingo de Adviento.

Santo del día: San Josep Manyanet.

† Lectura del santo Evangelio según San Juan 1, 6-8.19-28. 

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. 
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 
Él no era la luz, sino el testigo de la luz. 
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: “¿Quién eres tú?”. 
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”. 
“¿Quién eres, entonces?”, le preguntaron: “¿Eres Elías?”. Juan dijo: “No”. “¿Eres el Profeta?”. “Tampoco”, respondió. 
Ellos insistieron: “¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?”. 
Y él les dijo: “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”. 
Algunos de los enviados eran fariseos, 
y volvieron a preguntarle: “¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?”. 
Juan respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: 
él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. 
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. 

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión del Papa Francisco

Hoy es el tercer domingo de Adviento, denominado también “domingo de Gaudete”, domingo de la alegría. En la liturgia resuena en repetidas ocasiones la invitación a la alegría, a alegrarse, porque el Señor está cerca. La Navidad está cerca.

El mensaje cristiano se llama “evangelio”, es decir “buena noticia”, un anuncio de alegría para todo el pueblo; ¡la Iglesia no es un refugio para personas tristes, la Iglesia es la casa de la alegría! Y aquellos que están tristes, encuentran en ella la alegría. Encuentran en ella la verdadera alegría.

Pero la del Evangelio no es una alegría cualquiera. Encuentra su razón en el saberse acogidos y amados por Dios. Como nos recuerda el profeta Isaías (cf. 35,1-6ª. 8a.10), Dios es el que viene a salvarnos y presta socorro especialmente a los descorazonados.

Su venida entre nosotros nos fortalece, nos da firmeza, nos dona coraje, hace exultar y florecer el desierto y la estepa, es decir, nuestra vida cuando se vuelve árida. ¿Y cuándo se hace árida nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor.

Por grandes que puedan ser nuestros límites y nuestra confusión y desaliento, no se nos permite ser débiles y vacilantes ante las dificultades y ante nuestras propias debilidades.

Por el contrario, se nos invita a fortalecer nuestras manos, a hacer firmes nuestras rodillas, a tener coraje y a no temer, porque nuestro Dios muestra siempre la grandeza de su misericordia. Él nos da la fuerza para ir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a ir adelante.

Es un Dios que nos quiere tanto, nos ama, y por eso está con nosotros, para ayudarnos, para fortalecernos, e ir adelante. Coraje, siempre adelante.

Gracias a su ayuda, siempre podemos empezar de nuevo. ¿Cómo comenzar de nuevo? Alguno me puede decir: “No padre, soy un gran pecador, soy una gran pecadora, yo no puedo recomenzar de nuevo”.

Te equivocas. Tú puedes recomenzar de nuevo ¿Por qué? Porque Él te espera. Él está cerca de ti. Él te ama. Él es misericordioso. Él te perdona. Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo. A todos. Podemos volver a abrir los ojos, superar la tristeza y el llanto, y cantar un canto nuevo.

Y esta alegría verdadera permanece siempre también en la prueba, incluso en el sufrimiento, porque no es superficial, sino que llega a lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en Él.

[…] ¡Nuestra alegría es Cristo, su amor fiel e inagotable! Por lo tanto, cuando un cristiano se vuelve triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús. Pero entonces no hay que dejarlo solo. Tenemos que rezar por él y hacerle sentir la calidez de la comunidad. (Reflexión antes del rezo del Ángelus, 12 de diciembre de 2014)

Oración de sanación

Señor Dios, te encomiendo hoy todas mis acciones e ideas. Habita en mi corazón para que desde allí siempre me des la fuerza para avanzar.

Acudo a Ti con humildad para que me capacites la mente, cuerpo y espíritu, y así poder comprender cada una de tus palabras y ponerlas en práctica.

Te pido perdón por todas mis faltas y ofensas, por todas las veces en las antepuse mi humana comprensión a tu Sabiduría divina. Perdón Señor.

Mientras más me acerco a Ti, más salen a luz todas mis oscuridades y al mismo tiempo me vas sanando de todas ellas llenándome de tu amor.

Seguirte implica muchas renuncias, dejar atrás miedos y apegos y enfrentar al mundo confiado en que es tu poder el que ahora me sostiene y me guía.

Ven Señor, quiero que obres en mi vida de manera tal que me llenes de tu entendimiento para así saber separar las cosas terrenas de las de tu Reino.

Ven y conviértete en el dueño de mi vida, en el dueño de mis actos. Sé que nunca me fallarás ni me dejarás solo en la prueba. Confío en Ti y en ti poder.

Ayuda a que mi corazón se abra a tus bendiciones y pueda caminar seguro sabiendo que me consuelas y me animas a dar lo mejor cada día. Amén

Propósito para hoy

Hoy, tomaré un tiempo a solas y lo dedicaré a conocer más a fondo la vida de María, reflexionando algún pasaje bíblico que hable de ella.

Frase de reflexión

“Quien ayuda a los enfermos y a los necesitados toca la carne de Cristo, vivo y presente entre nosotros”. Papa Francisco.

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