Editorial 

También te vistes de pobre Señor

Por Brenda Figueroa | Colaborador Editorial.

Los pobres son la manera en que Dios nos recuerda que no sólo se viste de Rey, sino que también lleva el ropaje de un necesitado. Esta frase me vino a la mente cuando, paseando por una bella ciudad, me percaté de un hombre anciano, arrodillado con su pecho completamente firme en el suelo; su frente acariciaba la tierra y sus manos yacían extendidas sobre la calle pidiendo monedas. Tal vez tenía los ojos cerrados, o tal vez los tenía abiertos, mirando el frío suelo en aquel nublado día.

Éramos tantos, que me atrevo a decir que de no haber mirado por dónde caminábamos, lo hubiéramos pisoteado sin quererlo. Al pasar a su lado, percibí una sombra en el suelo y bajé la cabeza; entonces lo vi. Sentí un dolor en el corazón, pues su postura demostraba completa sumisión para tender su cuerpo de tal manera. Seguramente no pensaba en qué dirían los demás. Era como si dejar su dignidad humana de lado, fuera la única manera de poder obtener algunos centavos para comer. Algunos lo miramos, algunos otros ni se dieron cuenta de que estaba una persona echada en el empedrado suelo. De pronto, un hombre metió la mano a su bolsillo y encontrando una moneda, la aventó ligeramente hacia sus manos extendidas, mientras él seguía completamente inclinado. El hombre no se movió, solamente se le escuchó decir gracias en su idioma natal. Y así continuó.

Reflexionaba que muchos nos avergonzamos de arrodillarnos ante el Santísimo Sacramento o de persignarnos en público, pero este hombre no temía humillarse por hambre. Por cierto, aquel puente en que se situaba, se encontraban bellas estatuas de algunos santos de la Iglesia. Todos los turistas nos deteníamos a tomar fotos y ver el paisaje, mientras que en el silencio, estaba Jesús mismo a nuestros pies.

Seguí caminando pero no sabía qué hacer. Sí que hacía frío, y el pobre hombre solamente llevaba alguna camisa ligera, ¿cómo sería su rostro? ¿Cómo puede llegar a humillarse ante extraños que ni siquiera lo volteen a ver? Los pensamientos me daban vueltas. Poco a poco iba recordando las ocasiones en que había sido egoísta, en que había despreciado alguna comida, cuando me había quejado de algo que otros no tenían.

El santo Padre Pío había dicho: “En todo pobre está Jesús agonizante; en todo enfermo está Jesús sufriente; en todo enfermo pobre está Jesús dos veces presente”. Algo en mi interior me hacía sentir la necesidad de regresar, y así lo hice. Con las pocas monedas que tenía quise poder ayudarlo. De manera que me dirigí hacia él y me agaché lo más que me era posible entre tanta gente, y le dije en inglés: “Hola señor, que Dios lo bendiga”. Al instante, comenzó a decir palabras de manera alegre en su idioma, pero nunca elevó su mirada. La gente transitaba y no pude quedarme a su lado por tanto tiempo como hubiera querido.

Caminé, siendo cada paso un pensamiento que me decía ¿por qué no le toqué el brazo para hacerle saber que quería conocerle? ¿No hubiera sido mejor haberle llevado comida? ¿cómo puede ser que lo miramos como una sombra en la calle? Sí, yo sé que en todas partes hay personas que sufren de pobreza pero siempre podemos hacer algo. Son seres humanos, no cifras en un tablero. Tengo muy presente una imagen en que se ve al Papa Francisco abrazando a un hombre pobre y sonriéndole como si fuera su mejor amigo. Eso es reconocer a Cristo en el prójimo. Me maravillo de su forma de actuar; tan espontánea y sincera. Ciertamente Jesús nos dijo: “Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt 7,14). Y ¿cómo podemos entrar por una puerta estrecha? Siendo como niños. Encorvando nuestra espalda, haciéndonos pequeños y humildes, como lo hizo nuestro Dios al encarnarse y nacer en un pesebre.

Para el mundo y las finanzas; el consumismo y la rentabilidad de las cosas, los pobres son una carga; una boca más qué alimentar que no produce ni mueve la economía. Sin embargo, lo que no descubren es que, a través de ellos, recordamos a nuestro Señor que a todos nos ha hecho únicos y nos ha amado hasta la muerte; y muerte de Cruz. Qué bellas palabras de Jesús cuando les respondía a los fariseos: “Me gusta la misericordia, más que las ofrendas” (Mt 9,13).

Señor mío, también te vistes de los más pobres y necesitados. Por ello, concédeme un corazón humilde para reconocerte, y la sencillez para abrazarte con todo mi ser. ¡Abre los ojos de mi alma Jesús! Para no solamente verte pasar, sino caminar a tu lado.

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