Editorial 

La luz que nunca se Apaga

Por Brenda Figueroa |  Colaboradora Editorial.

 

Me encanta cuando al amanecer me coloco sentada en el suelo y, frente a una imagen de la Virgen de Guadalupe y del Sagrado Corazón de Jesús, enciendo una pequeña vela para acompañarme en la lectura de Palabra de Dios seguido del rezo del Santo Rosario. Precisamente esta mañana me dirigí a hacer lo mismo, sin embargo, me percaté de algo que me inspiró una reflexión. De ello, se desprende este escrito que comparto contigo.

Al haber concluido la lectura de la Biblia y el rezo del Rosario, me dispuse a apagar la vela que suelo prender para evitar accidentes en caso de que me ausente. Éstas suelen ser velas pequeñas, de forma redonda, que se venden en un recipiente de aluminio finalmente desechable. Pero para que no se manche la mesa o se quede alguna marca, las coloco en un recipiente de vidrio un poco grueso. Y a raíz de esto, hace unas semanas me di cuenta que si me movía de pronto o al abrir alguna puerta, el aire generado no apagaba tan fácilmente su luz.

Hoy, al levantarme tras haber terminado la lectura y el rezo me incliné para soplar y apagar la flama. Parecía apagarse, pero de nuevo se prendía. Nuevamente soplé pero aunque casi parecía extinguirse, poco a poco surgía de nuevo en ella el destello. Me preguntaba por qué era tan difícil apagarla, hasta que tuve que inclinarme muy cerca para que definitivamente se disipara. Entonces, tan veloz como un rayo me vino un pensamiento: así es nuestra vida interior cuando tenemos a Dios.

Al vivir en gracia –acudir a la Santa Misa y confesión-, leer su Palabra y rezar el Rosario creamos una efectiva protección a nuestro alrededor. De manera que el fuego que enciende en nosotros el Espíritu Santo al vivir cerca de Dios, es difícilmente extinguido por cualquier viento en nuestra contra.

Las tentaciones, los malos pensamientos, los pecados capitales soplan a una distancia en que nuestra luz no presenta ninguna alteración. A pesar de que en ocasiones podría parecer desvanecerse, de nuevo crece hasta observarse una flama bella e iluminadora. La clave reside en la constante vigilancia de nuestros corazones, manteniéndolos fijos y centrados en nuestro Señor.

Cuando he conocido jóvenes entregados a Cristo, algunos misioneros o aquellos enamorados de Dios en su sacerdocio o vida matrimonial, es casi imposible no ver el destello en sus ojos. La forma en la que viven: cómo sonríen y tratan a los demás, su servicio, la devoción al inclinarse ante el tabernáculo, el recogimiento con el que comulgan, el honor con el que parecen portar una cruz sobre sus pecho; eso no puede surgir sino de una llama que se alimenta de una cercanía del que es la Luz.

La “cera en sus recipientes” nunca se extingue, pues se rellena en cada comunión, las frecuentes visitas al Santísimo, oración en la soledad de una habitación, obras de misericordia…

No obstante, cuando observamos a las celebridades que hoy se exaltan como “felices y exitosas”, observamos a seres humanos que viven en la oscuridad; a la sombra de la Luz. Pasan de una relación a otra, buscando algo que parecen no encontrar en nada ni nadie; tienen algún tipo de adicción, aceptan en ocasiones su soledad y depresión; se refugian en fiestas, y al final se percatan de que sus trofeos no son más que objetos inanimados. De manera que, esa protección que pudieron haber construido en algún momento de su vida, se va debilitando…

Y es así que el grosor de aquella armadura se vuelve delgado y poco resistente; frágil y quebradizo. Entonces, un soplo casi sin esfuerzo, destruye su defensa y los deja vulnerables ante los ataques el demonio. Por ello, no es sorprendente enterarse de que algunos han hecho pactos con el diablo; han puesto su fe en el tarot, los astros o chamanes; han vendido sus almas a cambio de poder, dinero y fama. Aunque como bien lo han dicho bastantes exorcistas, nada es gratis con nuestro enemigo…nada.

Sin embargo, ¡Dios es tan grande y misericordioso que nada está perdido para nadie mientras vivan! Todos somos pecadores, la única diferencia es que algunos lo reconocen, y al ver su pequeñez y su nada, se acercan al que es Todo. Mientras que los demás se desalientan al sentirse indignos, perdiéndose en caminos equivocados. Pero la oveja perdida siempre será de gran importancia para nuestro Señor. De eso no cabe duda.

Dios nos llama a construir nuestros proyectos de vida en bases sólidas, con una protección fuerte y continua en nuestras almas. De hecho, Jesús nos aconsejó: “Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41).

Velemos y oremos para ser como la flama que brilla en la oscuridad alumbrando a quienes viven en ella. Alimentemos nuestro interior de Dios; de la Luz que nunca se apaga.

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