Opinión 

Reconstruyamos nuestra Catedral, monseñor Escobar Alas

Por Rolando Simán.

Era el 8 de agosto de 1951. Yo, un niño de siete años, salía del Liceo Salvadoreño, ubicado frente a la Policía de aquel entonces, a cruzar el centro de San Salvador para tomar el bus hacia mi casa. Fue una odisea: el centro estaba colapsado y la Catedral ardía en llamas. Aún conservo en mi recuerdo las gigantescas llamas que devoraban el edificio de madera construido en 1888.

Años después, en 1956, comenzó la nueva construcción que duró hasta 1995. El proceso sufrió muchas alteraciones por diversos factores. La guerra y el terremoto de 1986, que dañó severamente lo construido, son los traspiés que más destacan.

Para 1995, nuestro arzobispo en ese momento, Monseñor Fernando Sáenz Lacalle, crea la Fundación Catedral de San Salvador para impulsar el desarrollo de las obras que hacían falta.

Dos años después de esta iniciativa, la Comisión de Reconstrucción contrata a los arquitectos españoles Joaquín Lorda y Joaquín González, quienes atinadamente seleccionaron a Fernando Llort para agregarle elementos de color e identificación a la nueva Catedral.

Para describir a Fernando Llort es imposible hacerlo en unas líneas; siempre hay más. Pero él es el artista salvadoreño más conocido, cuyas obras se encuentran en galerías famosas y colecciones privadas de Europa, Japón, Estados Unidos y Latinoamérica.

En su deseo de ayudar a nuestra gente fundó un pequeño taller en La Palma, “La Semilla de Dios”, del que surge una revolución artesanal generadora de muchos artesanos, trabajo y arte que nos identifica como salvadoreños en cualquier parte del mundo. La idea le nació al ver a un niño frotando una semilla de copinol.

Por eso su obra está impregnada de religiosidad e idealismo, expresando en ella nuestra identidad.

Fernando nos dice: “El objetivo principal que persigo a través de mis pinturas y artesanías es reencontrarme con mis raíces como latinoamericano y así contribuir a definir nuestra gente en su dimensión tanto humana como espiritual”.

Fue así como Fernando crea su obra maestra “La armonía de mi pueblo” para embellecer la nueva Catedral. En la obra representa alegóricamente el Pueblo de Dios, el nuevo hombre y la nueva mujer. En la parte baja vemos dos ángeles, guardianes del templo. La pieza representa nuestra cultura ancestral, vemos al hombre salvadoreño con sus herramientas de trabajo y a una mujer con su canasto lleno de frutas. Arriba, la Santa Cena con Jesús y sus 12 Apóstoles y encima, el sol con 12 rayos representando las 12 tribus de Israel.

El diseño es aprobado por la Fundación y Monseñor Sáenz Lacalle. La obra se concluye en 1998 y es destruida en diciembre de 2011. Durante esos 13 años, “La armonía de mi pueblo” engalanó el santo templo.

Por eso, Monseñor José Luis Escobar Alas, respetuosamente le pido reconstruir nuestra Catedral, devolvámosle su alma, nuestra alma, el alma de nuestro pueblo, del pueblo que tanto amó nuestro santo Romero.

Porque esta no es una catedral “x”, es la Catedral de nuestro pueblo para Jesús. Hagamos una fundación, los fondos no serán problema, desde el óbolo del más humilde hasta el patrocinio de empresas. Démosle esa alegría a nuestro pueblo.

Sé que nuestro Romero desde arriba le dará su bendición.

Concluyo con unas palabras de Fernando: “Siempre he creído que Dios nos dio las manos para construir, no para destruir. Siempre he creído que las manos son herramientas de paz y de expresión artística. Pero sobre todas las cosas, las manos nos ayudan a pedirle inspiración y guía a Dios”.

Rolando Simán.
rsiman2017@gmail.com

POST RELACIONADOS

Leave a Comment