Editorial 

Dios con nosotros, Dios en nosotros

Por H. Héctor Sánchez Moreno, M.Sp.S.

México llora a sus hijos, y una pregunta clave ante el dolor, podría ser: ¿Dónde está Dios en estos momentos? Aunque parecería difícil de responder y aún más difícil de fundamentar, la respuesta en sí no intentará expresar un dogmatismo fastidioso o una frase predeterminada, sino ir directamente a los hechos, a la situación y la respuesta inmediata que ha dado la sociedad. No puedo creer en un Dios al que no le importemos o que omita nuestras oraciones, Facebook está plagado de la frase en inglés “pray for México” y yo me pregunto ¿será que Dios no nos está escuchando?, a donde se van las miles de oraciones, ¿será que tendrán un destino incierto como los víveres que juntamos en los centros de acopio?

El momento es desolador por un lado, pero lleno de esperanza por el otro, pues ha surgido el rostro que la indiferencia nos había ocultado, el velo se rompió, las lágrimas limpiaron nuestros ojos, ahora somos capaces de ver, la necesidad de otros, ya no estamos encerrados en nosotros mismos, pues con las casas de muchos de nuestros hermanos, se rompió nuestra prisión.

Muchos muertos, muchos heridos, pero también muchos rescatistas, más voluntarios, que se cansan quitando escombros con la esperanza de sacar de entre ellos la gran posibilidad que representa una persona para el mundo, muchos centros de acopio, muchos donantes y uno que otro político que no merece la atención en este momento. Pues, amigos míos Dios no sólo está con nosotros, está en nosotros, ¿en qué otro momento seremos testigos de la presencia de Dios en todo su esplendor? Está ahí y ahí también, en aquella señora agotada de ayudar, en el joven que parece que omite la fatiga para seguir ayudando, en los voluntarios de los centros de acopio, en los que hablan con las víctimas, en lo que prestan sus vehículos, en los que vacían sus alacenas para alimentar extraños, ahora hermanos. O que abren las puertas de sus casas, que antes eran santuarios de la individualidad, ahora son santuarios de fraternidad, un lugar donde rendirle culto a la vida de Dios en nosotros.

Tomemos un pequeño respiro y sintamos a Dios en nosotros y mantengámonos en movimiento, porque él no se queda pasivo, pues es unión y su contrario es la división, ahora más que nunca permanezcamos juntos.

 

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