Fe 

Breves historias sobre la Adoración del Santísimo

Anécdotas conmovedoras de la Adoración Eucarística

Hermann Cohen (1820-1871) nació en una poderosa familia judía de Hamburgo, Alemania. Fue educado en el desprecio de todo lo cristiano: sacerdotes, cruz, sacramentos, etc. A los cuatro años inició su formación musical y desarrolló en toda Europa una carrera muy brillante como pianista, profesor de piano y compositor. Fue amigo de los personajes más famosos y anticatólicos de su tiempo y gran admirador de Voltaire y de Rousseau. Conoció todos los vicios y asímalvivió hasta los veintiséis años. Un viernes de mayo de 1847, en París, el Príncipe de Moscú le pidió a Hermann que lo reemplace en la dirección de un coro en la iglesia de Santa Valeria; Hermann fue con gusto. Durante la Bendición final con el Santísimo, experimentó… «una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la Bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido». Hermann regresó a Santa Valeria los viernes siguientes, y volvió a experimentar la misma commoción espiritual durante la Bendición. En la casa del amigo donde vive, encontró un viejo devocionario e inició su instrucción cristiana. Recibió ayuda de dos sacerdotes, pero pronto tuvo que partir a Ems, Alemania, para dar un concierto. Apenas llegó, Hermann visitó al párroco de la pequeña iglesia católica, y al día siguiente, domingo, fue a Misa. Escribió luego:

«Allí… la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar… En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas… ¡Oh momento por siempre memorable para la salud de mi alma! Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto… Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de Tu Belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme…»

Al salir de esa iglesia, Hermann era cristiano. Se bautizó en París aquel mismo año e hizo voto, ante el altar de la Santísima Virgen María, de hacerse sacerdote. Sus antiguos amigos lo abandonaron, creyéndolo trastornado, y se quedó sin casa. Alquiló un modesto cuarto y, el 22 de noviembre de 1848, con el permiso y la presencia de Monseñor de la Bouillerie, Hermann adoró toda la noche al Santísimo Sacramento, junto a un grupo de diecinueve hombres reunidos por él. 

En 1849 Hermann se ordenó sacerdote en la Orden del Carmelo y trabajó incansablemente para la difusión de la Adoración Nocturna en Francia y fuera de ella; por eso es considerado el padre de la Adoración Nocturna, que pronto se extendió por casi todos los países católicos. 

Su amor abrasador a Jesús Eucaristía fue premiado con la conversión de diez miembros de su familia judía, a quienes él mismo bautizó. Como músico, compuso una preciosa colección deCánticos al Santísimo Sacramento. Transcribimos un extracto de su introducción:

«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana… Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento…»

«¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!… Que vengan, Jesús mío, y sabrán si tú puedes cambiar los corazones…»

«Pobres riquezas, tristes placeres, humillantes honores eran los que perseguía con vosotros… Pero ahora que mis ojos han visto, que mis manos han tocado, que sobre mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco, en vuestra ceguera, por perseguir y lograr placeres incapaces de llenar el corazón!»

«¡Oh Jesús, amor mío, cómo quisiera demostrarles la felicidad que me das! Me atrevo a decir que, si la fe no me enseñase que contemplarte en el cielo es mayor gozo aún, no creería jamás posible que existiera mayor felicidad que la que experimento al amarte en la Eucaristía y al recibirte en mi pobre corazón, que tan rico es gracias a ti!»

A los cincuenta años, el padre Hermann fue a reunirse con Su amado Jesús. Los detalles de su conversión los sabemos por el padre Alfonso María de Ratisbona (1814-1884), otro judío converso como él, a quien se los relató.

Dina Belanger (1897-1929) fue una mujer canadiense muy devota del Santísimo Sacramento, a quien el Papa Juan Pablo II beatificó. Cuando ella iba a su hora de adoración, Jesús le mostraba multitudes de almas al borde del infierno; después de su hora santa, ella veía a esas mismas almas en las manos de Dios. 

El Obispo san Juan Neumann (1811-1860) propuso a los sacerdotes de Filadelfia, Estados Unidos, exponer al Santísimo durante cuarenta horas turnándose por parroquias, pero ellos pensaron que era demasiado peligroso, pues había mucha delincuencia en la ciudad. Una semana después de presentar la propuesta, se incendió su casa y todo quedó reducido a cenizas menos dos papeles, en los que había escrito sus planes para la devoción de las cuarenta horas. Jesús le dijo: “Si yo puedo salvar un par de papeles del fuego, ¿cómo no voy a poder proteger a la gente que venga a adorarme al Santísimo Sacramento?” Tan pronto como la devoción de las cuarenta horas comenzó a extenderse, empezó a disminuir sensiblemente la delincuencia en la ciudad.

A 5.000 kilómetros de distancia de la playa de una isla del Pacífico norte, se encontraba Jesús Eucaristía, expuesto en Iglesias de la isla de Tahití. Pues en esa playa se reunía un grupo de católicos fervorosos cada domingo, para adorar a Nuestro Señor desde la distancia. 

San Damián de Veuster, el sacerdote apóstol de los leprosos de la isla Molokai, decía: «Sin mi hora santa diaria en presencia de Jesús Sacramentado, no hubiera sido capaz de quedarme en este lugar ni un solo día».

San Pedro Julián Eymard insistía: «Hay que considerar la hora de adoración como una hora de paraíso. Vayan a ella como si fuesen al cielo, como a un banquete divino».

San Juan María Vianney vio en una ocasión con sus propios ojos cómo Jesús tomaba con cariño en Sus Manos la cara de cada persona que lo visitaba en el Santísimo Sacramento y le daba un tierno beso de amor y agradecimiento.

El padre Brian Ahern, párroco de la iglesia de san Gerardo en Geraldton, Australia, estableció en su parroquia una capilla de adoración perpetua, cediendo su habitación personal, dado que no había otro lugar adecuado en la parroquia. El padre Ahern cuenta que un día de Jueves Santo fue a visitarlo Eileen Forth, una ex-católica de su parroquia, que se había hecho metodista. Ese día de Jueves Santo fue a visitarlo para agradecerle por cuanto la había ayudado, cuando era católica. Como el padre estaba celebrando la Misa del Jueves Santo, ella asistió a la Santa Misa. Al terminarla, el padre Ahern llevó a Jesús Sacramentado al Monumento, pasando delante de ella. Al verla, la bendijo con el Santísimo, y ella escuchó la voz de Jesús que le dijo: «Eileen, Yo estoy en Mi Iglesia. Estoy realmente presente en el Santísimo Sacramento, pero la gente no me conoce y me deja solo y abandonado. Ayúdame a renovar mi Iglesia por medio de la Adoración Perpetua».

El padre Tomás no había meditado a fondo lo que significa la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Monseñor Ramírez lo exhortó así:

«Si supieras ver a Jesús en el Santísimo sacramento, Tomás, ¿no reservarías una hora todos los días para estar con Él? Si pudieras verlo como realmente Él es, ¿no tendrías adoración perpetua en tu parroquia? … Imagínate lo que sucedería si Jesús se hiciera visible en el Santísimo Sacramento. Todo el mundo querría tomar el primer vuelo hacia Filipinas para ir a tu parroquia. Y, ¿no le diría Jesús a cada uno lo que le dijo al apóstol Tomás: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”(San Juan 20,29)?

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