A María 

Vida de la Madre de Dios

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

La Palabra de Dios se hizo carne,

en el silencio de una humilde habitación.

Cuando una joven, siendo virgen, respondió que al ángel,

dando cabida a la acción de Dios.

 

Sí quiero, sin duda alguna, encarnar a mi Señor.

Aunque eso duela y lastime con una espada,

A mi pobre corazón”. 

 

El que es la Luz del mundo nació en una noche estrellada

al interior de un establo en Belén.

Pues no hubo lugar para ellos en el mesón,

ni habría palacios tan finos que se igualaran a tal Ser. 

 

El Pan de vida fue colocado en un pesebre,

instrumento del cual comen los animales,

revelando que su misión era alimentarnos

con su Carne y su Sangre a todos los humanos.

 

En la quietud y calma, al costado de su Hijo amado,

en la dura prueba y en toda circunstancia,

se mantuvo firme esta bella Virgen y Madre,

con amor inmenso, llena de perseverancia.

 

El momento cumbre: en la Cruz ver a su hijo clavado,

un dolor tan grande que no podríamos compararlo.

Lágrimas en sus mejillas empaparon el rostro más bello,

corazón tan puro, criatura llena de virtud y destello.

 

Recibe a su Hijo entre sus brazos, descendido de la Cruz

una unión tan fuerte, más brillante que la luz.

Pero la esperanza nunca muere, ni siquiera al final,

En la Resurrección confiaba María, Jesús venciendo a todo mal.

 

Hoy en el cielo con Dios ya estás,

En cuerpo y alma, rogando por nosotros.

Oh Madre buena, que no olvidas a tus hijos,

permíteme un día admirar tu rostro.

 

Hace tiempo, la Palabra de Dios se hizo carne,

en el silencio de una humilde habitación.

Hoy el Verbo nos habla de ti, haciéndonos una petición:

“Amen a mi Madre, tal como yo la amo,

si a Mí quieren llegar, caminen a su lado”.

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