Editorial 

¿Puedo ser santo? ¡Claro!

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Hay un llamado que Dios te hace todos los días de tu vida: busca la santidad; sé santo. En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) explica que: “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad” (CIC #825).

Seguramente estás pensando sobre el tiempo que has perdido o que no has utilizado para avanzar en este sendero que lleva al cielo. No te preocupes, pero tampoco te rindas. Sabes, Jesús nos conoce tan bien que nos dijo: “sin Mí nada pueden hacer” (Jn 15,5). Créeme, lo he intentado y me parece que muchos de nosotros también: cuando buscamos el éxito, la felicidad y la paz por nuestra propia cuenta. No sólo no es duradero lo que “logramos” obtener, sino que nos deja un profundo vacío al final del día.

A veces pienso que buscar la felicidad verdadera -sin Dios- es como cavar un hoyo en la arena cerca del mar, el cual tras unos instantes y algunas olas, nos devuelve al inicio. Una y otra vez cavamos sin ningún resultado; nos cansamos y nos damos por vencidos. Y pensamos, ¿por qué no puedo avanzar? ¿por qué la vida es difícil? Sin embargo, nos olvidamos que, con Dios, TODO es posible.

Entonces puedo asegurarte que ¡puedes lograr ser santo! No importa quién hayas sido -o seas aún-, para Dios, somos como vasos de barro que pueden moldearse constantemente si se lo pedimos y lo deseamos con el corazón. De hecho, Jesús mismo nos dijo: “Todo es posible para el que cree” (Mc 9, 23). ¿Qué es creer? La Real Academia Española (RAE) lo define como “tener algo por cierto sin que esté comprobado o demostrado”. De igual manera podría decirse sobre tener fe, ya que implica creer cuando es más fácil recurrir a la duda. Es aceptar el plan de Dios aunque no podamos comprenderlo, o no nos parezca el adecuado. Él ve nuestra vida en su totalidad, por lo que sabe qué es lo que necesitamos y no sólo lo que queremos.

Quiero decirte algo que sucederá en tu camino a la santidad que ha sido bastante obvio en la vida de los santos. El mundo va a inundarte de preguntas y dudas sobre tu capacidad, tu fe, la existencia de Dios, tu moral, especialmente atacando a la Iglesia de Cristo a través de sus sacerdotes. Además, insistirá en darte una lista de porqué deberías rendirte y conformarte con ser como eras. No obstante, en esta lucha tenemos enemigos que no son de carne y hueso tal como lo dijo San Pablo a los Efesios: “pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba” (Ef 6,12).

De manera que quien niega desde el inicio que no existe tal adversario ¡ya ha perdido la guerra! Comento esto porque escucharás por aquí y por allá que el diablo no existe, que es un invento de la Iglesia para el control de las masas, etc. ¿Qué no es acaso la mentira que él mismo quiere hacerte creer? Pues ¡cuántos santos, como tú y como yo, se vieron desafiados por espíritus que los atormentaron físicamente para que desistieran en su camino a la santidad. Por ejemplo: Juan María Vianney conocido como el “cura de Ars” (1786) y el   Padre Pío un fraile franciscano (1887) por mencionar algunos de gran renombre y dura lucha espiritual contra el demonio.  

Pero aquí quiero compartirte a un santo que pocos conocen. Este es San Antonio el Grande que vivió entre los siglos III y IV[1]. Fue uno de los primeros monjes en retirarse al desierto para vivir entregado al ayuno y la oración. De hecho, conocemos su historia gracias a su biógrafo San Atanasio. De él se cuenta que en las ruinas donde vivía, se escuchaban muchas voces y el choque de armas. También veían que durante la noche aparecían bestias salvajes y que el santo las combatía mediante la oración. En una ocasión, cuando tenía 35 años, San Antonio decidió pasar la noche solo en una tumba abandonada. Allí un grupo de demonios apareció y lo hirieron. Los arañazos del demonio le impidieron levantarse del suelo. El ermitaño comentaba que el dolor causado por esa tortura demoniaca no se comparaba a ninguna herida causada por el hombre[2].

Al día siguiente, un amigo suyo lo encontró y lo llevó al pueblo más cercano para curarlo, pero cuando recuperó el sentido le pidió que lo llevara de vuelta a la tumba. Al dejarlo, San Antonio gritó: “aquí estoy, yo Antonio. No huiré de tus latigazos, y ningún dolor ni tormento me separará del amor de Cristo”[3]. Los demonios regresaron y resonó un estruendo como de terremoto que sacudió todo el lugar; los demonios salieron de las cuatro paredes en formas monstruosas de bestias y reptiles. Así el lugar se llenó de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos. El león rugía, deseando atacar; el toro se preparaba para embestir con sus cuernos; la serpiente se arrastraba buscando un punto de ataque y el lobo gruñía rodeándolo: estos sonidos eran aterradores[4].

Aunque San Antonio respiraba con dolor, enfrentó a los demonios diciendo: “si ustedes tuviesen algún poder, habría bastado que solo uno de ustedes viniera, pero como Dios los hizo débiles, ustedes quieren aterrorizarme con su gran número: y la prueba de su debilidad es que han tomado la forma de bestias brutas. Si son capaces, y si han recibido un poder en mi contra, atáquenme de una vez. Pero si no son capaces, ¿porque me perturban en vano? Porque mi fe en Dios es mi refugio y la muralla que me pone a salvo de ustedes”. De repente, el techo se abrió y una luz brillante iluminó la tumba. Los demonios desaparecieron y los dolores cesaron.

Al darse cuenta de que Dios lo había salvado, Antonio oró: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no te apareciste desde el principio y me libraste de los dolores?”. Entonces Dios respondió: “Antonio, yo estaba allí, pero esperé para verte pelear. Como has perseverado en la lucha, y no has caído, siempre estaré dispuesto a socorrerte y haré famoso tu nombre en todas parte”. Luego de escuchar las palabras de su Señor, el monje se levantó y oró. Entonces recibió tanta fuerza que sintió que tenía más poder en su cuerpo que antes[5].

Y es que cuando te decides a seguir a Cristo podrías pensar que todo es sencillo y cómodo, pero no, no es fácil. De hecho, nadie dijo que lo fuera, ni siquiera Jesús. Recordemos sus palabras en Mateo 10, 22-24: “Ustedes serán odiados por todos por causa mía, pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará. El discípulo no está por encima de su maestro, ni el sirviente por encima de su patrón”. Lo cual me hace pensar en lo que el anciano Simeón, lleno del Espíritu Santo, le revela a María afuera del Templo: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón(Lc 2, 34-35). ¡Hasta nuestra madre del cielo, sin la mancha del pecado, experimentó en su corazón los dolores que sufrió su Hijo!

De manera que la pregunta se vuelve ¿por qué nos pide Jesús algo que parece imposible? Es cierto que tenemos una herida en nuestra carne que no sana y que nos vuelve frágiles ante el pecado. Esta llaga es nuestra naturaleza manchada por el pecado original. De manera que cuando nacemos, puede decirse que nacemos “muertos” a la vida de la gracia ya que hemos heredado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, el pecado de la desobediencia. Sin embargo, al ser bautizados lavamos esta imperfección y comenzamos como una hoja en blanco; estamos en gracia. No obstante, crecemos y al romper uno, dos o varios mandamientos nos alejamos de una amistad con nuestro Padre. Entonces, al decidirme por lo que me apetece en aquel preciso instante -pero que al mismo tiempo sé que no le agrada a Dios-, es darle la espalda. Es poner en mi corazón frases como: “no me importa lo que pienses de mí”, “no quiero hacer lo que Tú quieres siempre”, “yo sí sé lo que me conviene”, “no te necesito”. Pero después de las consecuencias ¿A caso no terminamos culpando a Dios?

La buena noticia es que existe hay un antídoto que nos proporcionará alivio: el bálsamo de estar en comunión con nuestro Señor. ¿Cómo es esto? Primeramente, elegir a Dios sobre el pecado y nuestros deseos mundanos nos acercará a su presencia. En segundo lugar, la oración frecuente, tal como conversarías con tus mejores amigos, nos relaciona para conocernos mejor. Finalmente, el pedir perdón por nuestras faltas a su bondad y amor infinito, así como la comunión a través de los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía son una coraza que nos protege del mal y nos empuja en el camino hacia la santidad.

¿Sabías que existe una armadura para protegernos, tal cual los antiguos caballeros que salían a la batalla? Al igual que ellos, nosotros saldremos a una lucha espiritual y debemos estar bien preparados. San Pablo la describe de esta manera: “Tomen la verdad como cinturón y la justicia como coraza; estén bien calzados, listos para propagar el Evangelio de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe…Por último, usen el casco de la salvación (que protege nuestra mente de la confusión y las dudas) y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios. ¡No dudes en revestirte de ella siempre para vencer! Además, existe un arma que muchos santos recomendaron por su gran eficacia y poder: el Santo Rosario.

En una ocasión el Padre Pío dijo que “con el Rosario se ganan batallas”, así como el cura de Ars comentó que “Con esta arma le he quitado muchas almas al diablo”. Santa Teresita del Niño Jesús declaró con gran seguridad que “Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su Corazón”. Y no podemos olvidar la frase de San Miguel Febresun cristiano sin Rosario es un soldado sin armas”. Y al principio puedes sentirte agobiado, desesperado por tu falta de constancia y “sequedad espiritual”, pero no te preocupes. Jesús te conoce, y sabe cuáles son tus virtudes y defectos. Mejor que cualquier otro amigo, te apoyará en todo momento; buenos y malos. Ruégale a nuestra Madre, María, para que te acerque a su Hijo y te dé la gracia de un corazón al servicio del Señor.

Sabes, hay una frase que me encanta y que es muy cierta, dice así: “El diablo conoce tu nombre, pero te llama por tu pecado. Dios conoce tu pecado, pero te llama por tu nombre”. Esto me recuerda aquellas ocasiones en que haces algo malo y te remuerde tanto la conciencia, que vas hundiéndote cada vez más en una tristeza y desesperación de no ser digno de Dios. Si sucede esto, en lugar de llevarte a comprender el error, confesarte y seguir adelante en el camino de la santidad ¡es nuestro enemigo queriendo convencernos de que no podemos, que sólo rendirnos servirá! Sin embargo, darse por vencido nunca llevó a un avance espiritual. Al contrario, que cada caída te acerque a nuestro Señor. Si supieras cómo y cuánto te ama Dios llorarías de alegría y jamás dudarías de su amor por ti.

Y cuando te vengas momentos de duda e incertidumbre recuerda estas maravillosas palabras: “Y Moisés dijo: ¿Quién soy yo para semejante tarea?” Y Dios respondió: “Yo estaré contigo”. No es quién tu seas. Es con QUIEN VAS.

Tú, sí, tú, puedes ser santo si lo decides. ¡Ánimo!

 

[1] Rondón, M. (2016). ACIPrensa. « 5 santos que lucharon contra el demonio ». Recuperado de : https://www.aciprensa.com/noticias/cinco-santos-que-lucharon-contra-el-demonio-90924/

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Ibid.

POST RELACIONADOS

Leave a Comment