Editorial 

La Belleza en el Canto Litúrgico (I)

Por P. Fernando Giogia, EP. | Colaborador Editorial.

“Cantamos un himno al Señor con todo el ejército celestial” (SC, 8) cuando, al celebrar la liturgia terrena, pregustamos de la liturgia celestial. Liturgia y música, no cabe hablar de ambas sin considerarlas unidas, “estuvieron hermanadas desde el principio. Cuando el ser humano alaba a Dios, no basta la mera palabra”[1].

 El tema de la música y el canto litúrgico es muy amplio, con múltiples aplicaciones a la pastoral, mana de la propia naturaleza de la Santa Iglesia.  Hay melodías capaces de crear un ambiente favorable al recogimiento, a la oración, que elevan el espíritu dando equilibrio interior o templanza, por su efecto apaciguador. Otras, por su ritmo frenético, impiden el recogimiento interior, excitan los apetitos sensibles, impelen a la disipación.

Tras los cambios culturales en que nos encontramos sumergidos hay momentos en que la música juega un papel sobresaliente. La clasificada como “clásica” va desapareciendo, siendo apenas escuchada por una minoría de especialistas. El surgimiento de las músicas de masas como el rock – “expresión de una pasión rudimentaria”[2] –, que inducen al desenfreno de la sensibilidad, hacen difícil oír la voz de Dios en medio de esa agitación que va penetrando como una radioactividad.

Frente a estas circunstancias, el canto gregoriano, “la música de la embriaguez del Espíritu Santo parece tener pocas oportunidades”[3]

El ruido invade todos los campos de la cotidianeidad de los hombres. El apasionamiento por la productividad, el ganar dinero, la velocidad, la mecanización, los modernos medios de comunicación; todo parece conspirar contra el silencio y el recogimiento, tan indispensables para preparar el “oído” del corazón para la música. “El ritmo de la vida moderna cada vez más empuja al ser humano hacia su exterior, por la dispersión y la superficialidad”[4].  

Cuánto bien se puede hacer a los fieles si la música litúrgica logra estar a la altura de la celebración, pues, “la estética en una celebración afecta a todos los sentidos, no sólo a la vista. El oído se puede abrir más a un mensaje hondo cuando lo escucha en un sonido más armónico”[5].

La Iglesia ha manifestado repetidas veces su preferencia por la celebración con canto, porque “nuestro Dios merece una alabanza armoniosa” (Sal 146, 1). El canto sagrado, unido a las palabras, no es ya un elemento accesorio, de adorno o de embellecimiento de la liturgia, sino que ha llegado a ser parte necesaria e integrante de ésta. De ser considerada como humilde sierva (Pío X), pasó a ser vista como nobilísima sierva (Pío XI), llegando a adquirir el rango de ministra de la sagrada liturgia y noble ayuda para la misma (Pío XII) hasta llegar al Vaticano II (SC 112) en que adquiere el rango de munus ministeriale (función ministerial), considerándola como un elemento litúrgico[6]. Es que no podemos imaginarnos una Iglesia con su liturgia sin música y canto, “en la que no resonara la voz exultante y armónica de sus hijos cantando las maravillas de Dios que ella proclama y de las que vive”[7].

 El Concilio Vaticano II imprimió un nuevo giro a la reflexión y la práctica del canto y de la música en la liturgia. “La música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica”[8]. Es decir, al remarcar su identidad cristiana dará lugar al desarrollo de su universalidad.  Pues “cuando decae la liturgia, decae la música sagrada, y cuando se entiende y se vive la liturgia correctamente, aparece la buena música en la Iglesia”[9].   

Viene de tiempos muy antiguos el famoso proverbio:Quien bien canta, dos veces ora”[10]. El pueblo elegido expresaba su fe cantando – “Jesús cantó con palabras y tonos como cualquier judío de su tiempo y oró en recitación ritual” – transmitiendo la Escritura por medio de un “eco soberbio del sentimiento lírico y musical”[11].

En diversos pasajes del Evangelio encontramos el ambiente musical de aquellos tiempos. San Lucas, el evangelista de la infancia de Jesús, nos presenta los cánticos más hermosos que podremos conocer: el Magnificat (Lc 1, 46-55), el Benedictus (Lc 1, 68-79) y el Nunc dimittis (Lc 2, 29-32).

 

“Cuando el hombre llega a establecer una relación íntima con Dios, no basta el lenguaje hablado”[12]. Es lo que ocurrió de inmediato cruzado el mar Rojo, el pueblo elegido expresa su agradecimiento al Señor con el canto, “entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor: cantaré al Señor, gloriosa es su victoria” (Ex. 15, 1). Año tras año, durante la Vigilia Pascual, nosotros los cristianos entonamos este canto.

Con el correr de los siglos vemos la acción del Espíritu Santo. La mera expresión, la voz, va siendo substituida por el canto, como que superándola. Surge “la música eclesiástica como un ‘carisma’, o lo que es lo mismo como un don del Espíritu Santo”[13].

 La acción litúrgica comprende en primer lugar la respuesta a la Palabra de Dios, en el diálogo que se produce entre Dios y su pueblo. “Dios habla al pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. El pueblo responde a Dios con el canto y la oración” (SC, 33). Es la unión que hubo desde siempre entre la liturgia y la música. “Cuando el hombre alaba a Dios, no basta la mera palabra”, pues, “el hecho de hablar con Dios sobrepasa los límites del lenguaje humano”[14]. Está en la naturaleza humana el hacer músicas, cantar. La liturgia, por su lado, tiende por su propia naturaleza, a cantar, sobretodo la Sagrada Escritura. Y esto en razón de que “la plena expresividad de la palabra no se consigue recitándola, sino cantándola”[15].

El acontecimiento cultural descristianizante que vivimos ha dado lugar a que la comunicación humana, especialmente con el propio Dios, se deteriorara. Llegan a los oídos de los hombres, atormentados en los ritmos de vida modernos, todo tipo de cacofonías, compitiendo con la fe, con la Palabra de Dios, con un primer anuncio. He aquí la extrema dificultad para la evangelización.

Desde siempre, la música ha sido un medio de difundir la fe y de solemnizar la celebración del Misterio de Cristo pues, “remite más allá de sí misma, al creador de toda armonía”[16].  Y, esa relación música-celebración litúrgica ha tenido, en sus momentos, una penetración trascendental en las almas. Conversiones han ocurrido por el impacto de una ceremonia esplendorosa o de un simple canto del Magníficat entonado por unos monjes en un monasterio. “La experiencia musical se realiza en lo más íntimo, en la región donde algo interior al ser humano vibra después de experimentar el movimiento, la conmoción, de todos los sentidos. Es el mismo lugar donde vibra el espíritu humano ante la percepción del Misterio”[17].

 Sin hacer un histórico de la música sacra, interesa sí un breve recorrido de los últimos tiempos, especialmente del siglo pasado. Destaquemos la clara intervención del Papa San Pío X marcando la diferencia entre la música profana y la música sacra. Aquella Instrucción publicada como Motu Proprio, considerada como “Código jurídico de la música sagrada”, señalaba los principios que regulan la música sagrada en las solemnidades del culto, y al mismo tiempo las principales prescripciones contra los abusos más comunes que se cometían en esta materia.  Remarcaba cómo “la música sagrada debe tener en grado eminente las cualidades propias de la liturgia, a saber: la santidad y la bondad de las formas, de donde nace espontáneo otro carácter suyo: la universalidad”[18]. Detallando su “santidad” como excluyente de lo profano; que debe ser “verdadero arte” y ser “universal”, es decir, subordinada a las características generales de la música sacra. Cualidades todas que “se encuentran en grado sumo en el canto gregoriano”[19].

Al Motu Propio Tra le Sollecitudini de San Pio X (22-XI-1903), le siguieron otros documentos como la Encíclica Musicae sacrae disciplina de Pío XII (25-XII-1955), la Instrucción sobre Música Sagrada de la Sagrada Congregación de Ritos (3-IX-1958) y la Constitución Sacrosanctum Consilium del Vaticano II (4-XII- 1963), que dedica el Capítulo VI a la música (SC, 112-121). Este documento significa la culminación de todo un movimiento de restauración del canto gregoriano y de renovación del canto popular religioso. Posteriormente, entre los documentos postconciliares, debemos considerar la Instrucción Musicam Sacram del 5-III-1967; y especialmente el Quirógrafo del Papa Juan Pablo II sobre Música Sacra del 14-XII-2003.

“La música, como voz del corazón, suscita ideales de belleza”[20], así San Juan Pablo II relacionaba la música, el corazón y la belleza en una carta enviada a Mons. Doménico Bartolucci, maestro y director de la Capilla Musical Pontificia, en el Año Europeo de la Música, en 1985.  Resaltando cómo la Iglesia había favorecido y cultivado la música desde todos los tiempos, dada su importancia espiritual, cultural y social; no dejaba de exigir que “la música para la liturgia sea auténtico arte, y tenga como finalidad siempre la santidad del culto”[21]. (Continuará…)

 *P. Fernando Gioia, EP. | Heraldos del Evangelio

padrefernandogioia@heraldos.info

 

 

[1] RATZINGER, Joseph. Un canto nuevo para el Señor, p. 131. Salamanca: Sígueme, 2005.

[2] RATZINGER, Joseph. Introducción al espíritu de la liturgia, p. 123. Bogotá: San Pablo, 2001.

[3] Idem, p. 123.

[4] NAVILLE, Hamilton José. El silencio que habla. Revista Lumen Veritates, nº 16, p. 14.  São Paulo, Brasil.

[5] ALDAZÁBAL, José. Gestos y Símbolos, p. 388. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica, Dossiers CPL 40, 2003.

[6] ALCALDE, Antonio. El canto de la Misa. De una liturgia con cantos a una liturgia cantada, p. 20.  Santander: Sal Terrae, 2002.

[7] JARQUE, Joan E. El cántico nuevo,  la música en la Iglesia, p. 6. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica. Cuadernos Phase 136.

[8] SACROSANCTUM CONCILIUM, 112.

[9] RATZINGER, Joseph. Un canto nuevo para el Señor, p. 160. Salamanca: Sígueme, 2005.

[10] ORDENACIÓN GENERAL DEL MISAL ROMANO. Capítulo II, 39. Misal Romano. Barcelona: Coeditores Litúrgicos, 2001. 

[11] ALCALDE, Antonio. Canto y música litúrgica, p. 9. Madrid: San Pablo, 1995.

[12] RATZINGER, Joseph. Introducción al espíritu de la liturgia, p. 113. Bogotá: San Pablo, 2001.

[13] Idem. P. 117.

[14] RATZINGER, Joseph. Obras Completas, Tomo –XI. Teología de la liturgia, p. 395.

[15] AROCENA, Félix María. La Celebración de la Palabra. Teología y pastoral, p. 139. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica. Biblioteca Litúrgica, 24, año 2005.

[16] BENEDICTO XVI. Discurso al final de concierto con motivo del Milenario de la Diócesis de Bamberg. 4 de septiembre de 2007.

[17] PIQUÉ, Jordi-Agustí. El Siglo de la Liturgia. Congreso Internacional de Liturgia, Barcelona 4-5 de septiembre de 2008. La música de la liturgia, meta-mensaje de trascendencia, p. 270. Barcelona : Centre de Pastoral Litúrgica, 2009.

[18] PÍO X. Motu Proprio Tra le sollecitudine, I, 2.

[19] Idem. II, 3.

[20] JUAN PABLO II. Carta a Mons. Doménico Bartolucci, maestro y director de la Capilla Musical Pontificia. 6-8-1985.

[21] Idem, 5.

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