Editorial 

El Santo Rosario, fuente eterna de intimidad con la Sagrada Familia

Por Robbie Ruud | @RobbieRuud

El Santo Rosario es el arma más poderosa para vencer al enemigo del alma. En el 2016, cumplí 20 años de rezarlo, y no puedo más que estar agradecido infinitamente con esta preciosa práctica.

El Santo Rosario es, para muchos católicos, sinónimo de una conexión intensa y prolongada con Dios y la Santísima Virgen. Para otros, es una devoción que sólo se lleva a cabo en ocasiones especiales. Para mí, es la mejor manera de rezar.

¿Cómo conocí la práctica de rezarlo?

La primera vez que lo recé fue a los ocho años, de mano de mi familia. Me sirvió mucho, sin que me diera cuenta, para desarrollar progresivamente una vida alejada de actividades de ocio que lejos están de honrar a la persona humana. Me alejó también de un contacto prematuro con la pornografía y otras diversiones lascivas, a las que a esa temprana edad muchos tienen acceso gracias a la tecnología.

Durante su práctica me solía costar mucho concentrarme. Pero al tener cierto conocimiento incipiente sobre el bien y el mal, me di cuenta que aunque no supiera exactamente para qué servía eso que hacía, sí supe que con rezarlo encontraba toda la fortaleza y la paz que necesitaba, aún sin saber cómo.

Más tarde, en la adolescencia, pude reconocer por vez primera mi pequeñez, mi falta de perseverancia y mi debilidad ante las tentaciones gracias al Santo Rosario. Buscaba encarar a la tentación, y superar obstáculos académicos -principales preocupaciones de aquella época- gracias a tan hermosa práctica. Muchas veces caí, pero al final de mi adolescencia reconozco que gracias a la infinita Misericordia de Dios y a la intercesión de María Santísima, fueron más las ocasiones en las que me levanté, pese a que fueran estos éxitos los menos perceptibles para quienes me rodeaban.

Terminada mi educación básica, secundaria y preparatoria, llegué a la universidad, donde personas de distintas denominaciones religiosas, y por supuesto no creyentes, se congregaban para formarse profesionalmente.

En los primeros tres años de universidad descuidé el rezo del Santo Rosario. Me preocupé más por hacer amigos, ocupar todo mi tiempo de ocio y diversión en deportes, videojuegos y ser aceptado por determinados círculos. A veces lo rezaba, pero muy ocasionalmente. Me engañaba diciendo para mis adentros que no tenía tiempo, y que era una oración para rezar en familia, por lo que hacerlo a solas era un escenario muy poco frecuente en esa coyuntura de mi vida.

Con la ausencia del Rosario, me interné en el mundo de la tibieza, desamparé mi conciencia, la comunicación con Dios quedó reducida al momento de la misa. Caí, poco a poco, preso de las tinieblas, aunque no pudiera reconocerlo. Me sentía satisfecho siendo un católico “dominguero”. Sin hacer nada más. Estaba muerto en vida.

Retomando costumbres de antaño

Un accidente deportivo, un asalto a mano armada, el cese de mis estudios universitarios y la búsqueda de mi primer empleo formal me obligaron a buscar de nuevo a Dios, y de volver, por supuesto, a la práctica del Santo Rosario. Aunque fuese a solas.

Poco a poco la oración y la congregación en un movimiento católico me hicieron reconocer lo muy mal que estaba. El daño que le hacía a Dios pecando, posponiendo por intervalos prolongados el sacramento de la reconciliación, y peor aún, privándome del sacramento de la Eucaristía por considerarme “impuro” e “inconstante”.

Corría el año 2011, y uno de mis “pecados favoritos” fue literalmente liquidado por una revelación que el Señor me regaló. Dios me hizo ver en una noche, en mis pensamientos, que cada vez que yo cometía ese pecado era un latigazo más que Jesús recibía durante su Pasión. Me incliné en la oscuridad y silencio de mi habitación, y de inmediato, me deshice en lágrimas.

No considero necesario entrar en detalles sobre la sensación física que percibí aquella noche, pero a partir de entonces, encontré el resto del camino pedregoso e inclinado: el trayecto del cristiano hacia la eternidad con la camándula en la mano, y el corazón hinchado de fe.

Por motivos laborales y estudiantiles, sigo rezando la mayoría de ocasiones el Santo Rosario solo, y en ocasiones más privilegiadas, frente al Santísimo Sacramento del Altar. Rezarlo frente a Él, saben, limpia las manchas tras confesarnos. El pecado siempre deja nuestra alma manchada, y es por eso, que es fundamental darle un “lavado” de rodillas, frente al Santísimo.

El Rosario frente al Enemigo

Las 50 avemarías es lo peor que puede escuchar el enemigo del alma. Hace años que trato de evitar los pensamientos impuros. Pero hubo un día en que me sentí desafiado mientras dormía. Me recuerdo desnudo, listo para fornicar con mi exnovia. Me resistí, no sé por cuánto tiempo, hasta despertar exaltado, muy dolido por haber contemplado aquellas imágenes en mi cabeza mientras dormía. Decidí rezar el Rosario de inmediato, sentado en mi cama.

Al terminarlo, naturalmente me sentí mucho mejor, aliviado y entonado para ir a misa horas después y comulgar, para luego marchar al trabajo.

Todo fue hermoso, me sentía muy fortalecido. Abordé el colectivo que me llevaba hacia la capital, donde está ubicado mi recinto laboral. Pero unos tres kilómetros antes de llegar a mi destino, sufrí un asalto en el autobús. Sólo di al asaltante mi teléfono móvil, quien me amenazó e hirió en el cuello con un cuchillo. No tenía nada más de valor. Cuando avancé para bajarme en la estación que me correspondía, la gente me veía horrorizada, como si yo fuera el delincuente, o peor aún, como si tuviera culpa de haber sido asaltado. El cuello me sangraba.

Cuando llegué al trabajo, trémulo y horrorizado, pasé la vigilancia y la recepción intentando secarme las lágrimas; cabizbajo, no quería que nadie me preguntara qué me había pasado. Llegué al baño y gracias a Dios pude ver que la herida no era ni grande ni profunda, pese a la cantidad de sangre que me había limpiado.

Tres días después del hecho, supe que fue el enemigo quien se había servido del asaltante para atacarme… Por rezar. Su disgusto debió de haber sido horroroso. Es más, sé que lo que me pasó, o más bien lo que me hizo, no fue nada en comparación con el dolor y sufrimiento que le causó la Santísima Virgen por el rezo de mi Rosario. Sin duda, Dios permitió que ese hombre apenas me hiciera un rasguño. El susto me sirvió para recordar que poseo el arma más poderosa contra el pecado, si se hace con fe y devoción. No necesito más pruebas.

¿Largo y monótono?

La queja más frecuente que recuerdo de las personas sobre el Santo Rosario es que es muy largo, y repetitivo. Siempre respondo, a quien lo siente largo, que lo rece con mayor devoción, meditando los misterios u ofreciendo una o varias intenciones en cada uno de ellos. Más tarde ni será consciente de haberlo terminado.

Sobre su supuesta monotonía, San Josemaría Escrivá de Balaguer dijo: “¡Bendita monotonía de avemarías que purifica la monotonía de tus pecados! Todos cometemos muchos pecados en repetidas ocasiones en toda nuestra vida, dos o más son siempre confesados al sacerdote ¿Por qué no confiar en las dulces y repetidas ave marías?”.

No se desanime porque no lo puede rezarlo junto a su familia. Puede hacerlo solo, o con cualquier otro herman@ en Cristo. Puede hacerlo en el colectivo, en el avión, caminando. E incluso suspenderlo si no tiene media hora libre para él, para retomarlo más tarde. El Señor comprende de cuántas obligaciones o responsabilidades nos vemos rodeados, y cómo está segmentado nuestro tiempo.

Mi abuelo, en su agonía previa antes de fallecer, rezó el Rosario. Él siempre fue un hombre que abrazó toda su vida a tan preciosa práctica. Si Dios, en su perfecta voluntad, me lo permite, quisiera, como mi abuelo, hacerlo en la hora de mi muerte.

Si usted reza el Santo Rosario con todas sus fuerzas y amor, aprenderá a amar más intensamente a María Santísima, y por ende a su hijo, nuestro hermano mayor, amigo y Divino Salvador.

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