Editorial 

¿Qué tipo de terreno eres?

Por Brenda Figueroa | Colaborada Editorial.

Me parece que nunca antes, como hoy,  ha sido tan necesario el llamado hacia la santidad. Son tiempos de gran egoísmo, soledad, rencores y vanidad, idolatría del dinero y del poder, por lo que es primordial la pureza y humildad que sólo puede brotar de una relación cercana con Dios. 

Y es que alcanzar la santidad es un camino maravilloso, pues una vez que descubres que a eso hemos sido llamados todos y cada uno de nosotros, emprenderlo es cuestión de decidirse y perseverar. Reflexionando sobre lo anterior precisamente, recordé la parábola del sembrador que Jesús enseñó a la multitud desde una barca, ya que había muchísima gente a la orilla del lago.

La primera vez que la leí, hace ya tiempo, no pude comprenderla profundamente. Sin embargo, hoy que volví a ella, la aprecié con otros ojos. Y me parece que es de gran trascendencia, ya que nos ayuda a responder esas preguntas que surgen en nuestro corazón: ¿Seré buen cristiano? ¿Estoy avanzando en mi camino hacia una cercanía con Dios? ¿En qué punto del sendero estoy parado? ¿Estaré dando fruto en abundancia? Por ello te invito a que, mientras lees las palabras de Jesús, seas honesto y contestes en tu interior qué tipo de terreno eres y en cuál quisieras convertirte.

Pero primero imagina la escena. Jesús es seguido por grandes multitudes de gente provenientes de distintas ciudades. Y es que nunca se había visto tanta sabiduría y pureza reunidas en un hombre; mucho menos en uno tan sencillo para haber vivido como carpintero en un pueblo como lo era Nazaret. ¡Pensar en que ahí estaba el Hijo de Dios hecho hombre frente a toda esa gente, sedienta de esperanza y un futuro mejor! Qué compasión y paciencia de Jesús ante un mar de pecadores. Bien, sigamos con lo que sucedió:

“Jesús se puso a hablarles por medio de comparaciones o parábolas: ‘El sembrador salió a sembrar. Al ir sembrando, una parte del grano cayó a lo largo del camino, lo pisotearon y las aves del cielo lo comieron. Otra parte cayó sobre rocas; brotó, pero luego se secó por falta de humedad. Otra cayó entre espinos, y los espinos crecieron con la semilla y la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, creció y produjo el ciento por uno’ (Lc 8, 4-8).

“…Sus discípulos le preguntaron qué quería decir aquella comparación. Jesús les contestó: …’Aprendan lo que significa esta comparación: La semilla es la palabra de Dios.

  • Los que están a lo largo del camino son los que han escuchado la palabra, pero después viene el diablo y la arranca de su corazón, pues no quiere que crean y se salven.
  • Lo que cayó sobre la rocason los que, al escuchar la palabra, la acogen con alegría, pero no tienen raíz; no creen más que por un tiempo y fallan en la hora de la prueba.
  • Lo que cayó entre espinos son los que han escuchado, pero las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida los ahoganmientras van caminando, y no llegan a madurar.
  • Y lo que cae en tierra buena son los que reciben la palabra con un corazón nobley generoso, la guardan y, perseverando, dan fruto‘ ” (Lc 8, 9; 11-15).

Me quedo pensando y me imagino como si Jesús me hablara solamente a mí. Con una sola mirada, me transmite su gran deseo de que comprenda sus palabras. Es complicado ser honesto con uno mismo, porque es difícil dar cabida al silencio cuando no nos gusta lo que escucharemos en el eco. Sin embargo, ¡eso es precisamente lo que necesitamos para avanzar!

Cuando admitimos lo que somos, en quien nos hemos convertido, en aquello que éramos y quisiéramos volver a ser, es cuando verdaderamente crecemos. Por ello, en el instante en el que nos quitamos las máscaras y nos observamos sin prejuicios, podremos percibir lo que Dios ve. Solamente Él conoce nuestro potencial aún cuando se cree que la pieza es un simple carbón. La razón es sencilla: a nuestro Señor no le gusta encontrarnos ¡y dejarnos igual! De manera que a través de cada oración, acción, pensamiento e interacción con alguien en nuestro camino, nos mueve de lugar sin que nos demos cuenta. 

Sabes, hay una hermosa frase que dice: “Reza, no hasta que Dios te escuche; sino hasta que tú escuches a Dios”. En lo personal me parece que se aplica de manera similar a nuestro tipo de oración:

  • ¿Me la paso pidiendo bienes materiales?¿O acaso mis oraciones se basan en pedir cosas siempre personales? ¿Doy gracias por lo que sí he recibido?
  • ¿Pido por los demás? ¿He ofrecido mis sufrimientos por la salvación de los pecadores?
  • ¿Me he atrevido a preguntarle con toda sinceridad lo que espera de mí y pedir que se haga su Voluntad?

Pienso que lo que hay detrás de cada petición puede ayudarnos a distinguir qué tipo de terreno somos. Ahora mismo me vienen a la mente algo que quisiera compartirte. Es una bella frase que leí en un libro hace poco, decía más o menos así: “Fuimos hechos por Dios, de manera que todo le pertenece. Pero si algo podemos decir que es nuestro, es nuestra libertad. Eso Él lo respeta ampliamente. Entonces, ¿qué es lo más precioso que puedes entregarle? Tu libertad”.  

Por lo que cada vez que le digas: “Señor que se haga en mí Tu Voluntad; Aquí estoy Señor, soy todo tuyo; Todo lo mío te pertenece; Toda mi vida está en tus manos, guíame”, es como extender los brazos y ofrecerle sin reparo lo más íntimo y nuestro. No hay tesoro más valioso en la tierra, que tu libertad para Él. ¿Quieres ser terreno fértil que dé mucho fruto? Entrégale tu libertad sinceramente y con amor al mejor sembrador que puede convertir tierras áridas en las más verdes praderas; Jesús.

Permite que toque tu vida y todo lo que hay en ella. Créeme ¡no te arrepentirás!

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