Editorial 

¿Para quién es mi corazón?

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Imagina esto: en un inmenso océano, existen muchísimas islas que son distintas en formas, tamaños y tipos de vegetación, pero todas tienen algo en común: necesitan del agua para sobrevivir. Rodeadas por enormes cantidades de líquido, su suelo se nutre y sus palmas dan frutos abundantes. Pero sin el agua que las circunda, ya no puede llamárseles islas, y con ello, perderían su identidad. Así es el ser humano. Somos hijos únicos e irrepetibles, pero todos tenemos algo en común; un corazón que busca amar y ser amado.

Todo está muy claro: el amor es para lo que hemos sido concebidos. En un principio, Dios creó a la pareja para que tras un acto de inmenso amor, naciera nueva vida. Y en las etapas de nuestro crecimiento físico e intelectual, el cariño y el afecto profundo y sincero de nuestros padres nos nutre mucho más que cualquier alimento. En efecto, ha sido comprobado por diversos estudios científicos que un bebé, niño o adulto, sin afecto en su vida, se vuelve víctima de muchos males; depresión, enfermedad física o psicológica hasta atentar contra su propia vida. De ello, obtenemos una respuesta clara: deseamos amar y ser amados. Y es que pasamos gran parte de nuestras vidas -ya sea desde la adolescencia más o menos-, soñando con esa persona con quien podamos compartir el resto de nuestros días. ¿Por qué? No sólo somos materia, sino espíritu. 

Hace tiempo leía un libro titulado El primer Amor del Mundo del reconocido y muy amado Obispo americano Fulton Sheen (1895-1979) en que escribió una frase que hay que reflexionar: “La libertad es en realidad para entregarla por algo que amamos. Otros ofrecen su libertad por amor a otra persona. Esta es la forma más grande de rendición”. Totalmente cierto: somos hechos por amor y para el amor, pues nuestro Creador es el Amor mismo. Entonces, qué sucede al momento en que nos preguntamos ¿Para quién es mi corazón? ¿Cómo saber quién es merecedor de él?

Hay dos fuentes de dónde obtener respuestas. Por una parte, el mundo nos proporciona respuestas a tales cuestionamientos que podrían sonar así: dáselo a quien te haga sentir bien, a quien te atraiga físicamente, a quien te llene de regalos, a quien te llame todo el tiempo, a quien te diga palabras bonitas y pueda comprarte todo lo que desees. Sin embargo, ¿por qué no logramos encontrar aún en esa persona -todo- lo que buscamos y anhelamos? Simple y sencillamente porque somos meros seres humanos, imperfectos, cambiantes.

 Por otra parte, hay Alguien que te llama una y otra vez. Aquel que se mantiene fiel, firme, leal incondicionalmente. Nuestro Señor Jesús afirmó con seguridad que el primer mandamiento de todos es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” ( Mt 22, 37). Sobre esto, muchos han creído que es una imposición que nos quita libertad, “es que Dios nos exige que lo amemos primero”, por lo que puede parecer algo egoísta. No obstante, ¡Él nos creó y como bien conoce lo que nos hará realmente felices!

Precisamente los santos comprendieron el verdadero significado de aquel primer mandamiento, por lo que la respuesta de San Agustín lo refleja bastante bien con su frase que dice: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

 Cierto es que somos complejos y en ocasiones ¡ni nosotros mismos logramos entender lo que buscamos o deseamos! Pero Dios sí. Piensa por unos instantes en los monjes, en los sacerdotes, misioneros y en todas las religiosas que viven bajo la obediencia de nuestra Iglesia Católica. Me parece que, todos y cada uno de ellos, son una prueba evidente de lo que es decidirse por el Amor, vivir por amor y entregarse al Único que nunca nos defraudará. Seguramente que ante la pregunta ¿Para quién es mi corazón? Obtuvieron la respuesta al hacerse otro cuestionamiento, ¿Quién me ha amado primero, y con tanta fuerza, que pueda yo pasar el resto de mis días agradeciendo y recompensando tal amor? Solamente Dios. Con todo lo que implica su libre albedrío, lo depositaron en manos de su Creador. Como lo decía Fulton Sheen: La libertad es en realidad para entregarla por algo que amamos.

Y ahora que este mes de junio es dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, detengámonos unos instantes y reflexionemos una sencilla pregunta ¿Cuánto me amas Señor? Permitamos que la Cruz nos dé la respuesta. Y mirando el crucifijo, no sólo como símbolo de dolor y tremendo sacrificio, sino como una muestra de amor casi inexplicable. De hecho, en lo personal me costaba mucho observar el crucifijo en las iglesias, en pinturas o en cualquier forma sin fruncir el ceño y tener ganas de llorar. ¡Qué dolor! ¡Qué sufrimiento inmerecido! ¿Qué te hemos hecho Señor? Eran algunos de los pensamientos que me pasaban por la mente. Recuerdo que al mirar los clavos en sus manos y pies, su costado abierto, su frente manchada de su Preciosísima Sangre me causaba repudio de mi pecado. Hasta que un día, durante una homilía un sacerdote nos habló de otra perspectiva de admirar la Cruz.

Él dijo: “¿Han visto sus brazos abiertos y extendidos de un extremo al otro? Así de incontenible es su amor por todos y cada uno de nosotros. La Cruz es una prueba de amor, de cuánto valemos para Él. ¿Y sabes qué es lo más sorprendente que es casi increíble? Que Jesús, con tal firmeza y decisión hubiera pasado por todo ese sufrimiento -inhumano- sólo por UNA persona, por ti, por mí…” Aquellas palabras me sacudieron tanto. ¿Lo haría sólo por mí? Pero, ¿cuánto valgo para ti Señor mío? ¿Por mí te dejaste tratar peor que a cualquier reo de muerte y todo por amor a una criatura pecadora, que te rechaza con cada pecado que comete, que a veces te olvida o se avergüenza de ti ante los demás? Entonces sentí como si cayera un velo de mis ojos. La Cruz no fue el final, sino la puerta abierta nuevamente de par en par hacia la eterna salvación. La Cruz es muestra de su Resurrección, pues sin ella no habría una derrota definitiva a la muerte. Sin guerra no hay victoria.

Ahora, cada vez que observo la Santa Cruz siento un fuerte dolor por mis pecados, pero la esperanza y el amor que brotan de ella son un bálsamo para mi frágil corazón. De vez en cuando beso el crucifijo que llevo en el cuello o aquellos que encuentro en las iglesias. Cada beso es un ¡Gracias por tan inmerecido regalo Señor! Sabes, en muchas ocasiones en soledad ante el Santísimo le he dicho: Jesús mío, Tú sabes que no podré pagarte nunca tan valiosísimo regalo, pero tan grande es tu corazón ¡que te conformas con el amor de tan pequeñas criaturas! Y sé que entregarte mi vida entera te basta.

Tú, el Dios Todopoderoso, el Alfa y la Omega que se refugió en el vientre de la Virgen María durante nueve meses. Tomaste carne y te hiciste hombre por amor a mí y cada uno de mis hermanos en el mundo. Nos amaste tanto, pero TANTO, así, con mayúsculas, que aceptaste burlas, injurias, golpes, escupitajos, jalones, flagelación y muerte de cruz. Todo sin una sola queja, como lo había predicho Isaías: “Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. (Isaías 53,7).

¿Que para quién es mi corazón? sólo para Aquel quien lo creó. Para mi Dios, mi Señor, mi todo. Y tú… ¿para quién lo tienes reservado?

 

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