Editorial 

El papel de la Liturgia en la vida de los hombres

Por P. Fernando Gioia, EP | Colaborador Editorial.

Si volvemos nuestras miradas hacia Dios Nuestro Señor, autor de la Antigua Ley, lo encontraremos indicando al pueblo elegido rituales y normas para rendirle culto legítimo. Era el deber fundamental del hombre de volverse hacia Dios, tanto de forma individual como en comunidad[1].

Los primeros cristianos “perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). Vemos en esto cómo la acción litúrgica tiene sus inicios con fundación de la Iglesia, teniendo como elemento más destacado en las comunidades primitivas, la “Cena del Señor”, la “fracción del pan”. Pero también estaba, como nos dicen los Hechos, la “enseñanza”, dado que la liturgia de la Palabra fue elemento esencial en las reuniones. “Tanto antes como después de la ruptura definitiva con la sinagoga, los cristianos fueron fieles a la lectura de los libros de la Ley y los Profetas, y al canto de los Salmos”[2].

 San Justino, hacia el año 150, nos ofrece una descripción detallada del oficio divino cristiano: “Este se abre con unas lecturas tomadas de las Memorias de los Apóstoles y de los Profetas; a continuación el presidente dirige una alocución seguida de una oración; concluido todo ello, el servicio divino prosigue con la ofrenda del sacrificio”[3].

La fe y la liturgia iban de la mano íntimamente unidas. En la liturgia tendremos presente a Cristo Sacerdote, una acción del Espíritu Santo y de la Iglesia, acompañaremos la historia de la salvación de los hombres, se actualiza ésta a través de los sacramentos y, a través del culto, será fuente de santificación; contribuyendo a que “los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia”[4].

 Una de las numerosas descripciones, que cubre variados aspectos y nos muestra claramente el papel de la liturgia en la vida de los hombres, es la siguiente: “La acción sacerdotal de Jesucristo, continuada en y por la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo, por medio del cual se actualiza su obra salvífica a través de signos eficaces”[5]. En la liturgia, nos enseña el Catecismo de la Iglesia, “la Iglesia celebra principalmente el misterio pascual por el que Cristo realizó la obra de nuestra salvación” (1067).  

No vemos alejada esta definición de la expresada por el Papa Pío XII en su Encíclica Mediator Dei, después de varios decenios de estudios e investigaciones, afirmando que: “la sagrada liturgia es el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles da a su fundador y, por medio de él, al eterno Padre”[6].

La Sacrosanctum Concilium presenta el concepto de liturgia de modo similar considerándola: “como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre”[7].

Hace pocos años, el Santo Padre Emérito decía que “la liturgia es la celebración, el acontecimiento central de la historia humana: el sacrificio redentor de Cristo”[8].

 Cuando pensamos en las innumerables formas de hacerse presente la Iglesia ante los hombres quedamos impresionados de las maravillas de la acción del Espíritu Santo, inspirando tantos y tantos carismas. Unos hacen un trabajo misionero. Otros practican la caridad cristiana, sea con enfermos, ancianos, niños huérfanos o personas con deficiencias. Aquellos hay que lo hacen a través de la enseñanza, o los que rezan en la vida contemplativa. Pero, afirmaba Benedicto XVI, “el lugar donde se vive plenamente como Iglesia es la liturgia: esta es el acto por el que creemos que Dios entra en nuestra realidad y le podemos encontrar”[9].

 Este “servicio de parte de y en favor del pueblo” (CIC, 1069), como originariamente era definida, pasa a ser calificada no solamente como la celebración del culto divino sino “también como anuncio del Evangelio” y “la caridad en acto” (CIC, 1070).

 Nos acercamos a la íntima relación entre la liturgia y la vida de los hombres para llevarlos al “seno de la Iglesia”[10].

Para realizar tan grande obra, Cristo está siempre presente “sobre todo en la acción litúrgica” (SC, 7), acción sagrada por excelencia, acción de Su Iglesia, pero que “no agota toda la actividad de la Iglesia” (SC, 9).

 Citando la regla benedictina, “nada debe anteponerse al culto divino”[11], el Cardenal Ratzinger resaltaba que si la mirada hacia Dios no es lo determinante, todo lo demás pierde su orientación. Si bien que la regla de San Benito es para el monacato, “tiene también validez para la vida de la Iglesia y la de cada uno en particular, según su estado”[12].

En los tiempos que vivimos, dos tipos humanos se presentan ante la liturgia. Aquellos que son abiertos a la escucha de la Palabra, que admiran una bella celebración litúrgica; otros, de corazón cerrado, hombres “modernos”, que no poseen disposición alguna para lo sagrado. Ante esta pérdida de sensibilidad para lo sagrado: ¿cuál será entonces el papel de la liturgia?

 Un divorcio entre la liturgia y la vida

A través del tiempo se ha notado un divorcio entre la liturgia y la vida de los cristianos. Una acción litúrgica rutinaria, mecanizada, fue repercutiendo en la vida religiosa del pueblo de Dios.

San Pablo exhortaba a los Romanos (12,1) a que presenten sus cuerpos “como hostia viva, santa y grata a Dios”, explicando que ese era su culto racional y espiritual. Y más aún les insistía en que no se amolden con el mundo: “no os conforméis con este siglo”.  Invitación a vivir el Evangelio, vivir la liturgia, de manera que la vida en los momentos de la celebración se extienda a la vida cotidiana. Que no haya divorcio sino por el contrario una simbiosis, un prolongar la celebración a la vida diaria: “Ningún acto litúrgico termina en su celebración. Como existe un ‘antes’, que prepara la celebración, de igual manera existe siempre un ‘después’, una prolongación”[13].

Esa separación ocurre en los días de hoy en muchos cristianos. Su conducta, su proceder, su forma de vida en general, tiene una separación, una incoherencia con relación al Evangelio, a las enseñanzas de la Santa Iglesia, a los Mandamientos de la Ley de Dios.  Pueden participar de las misas dominicales habitualmente, pero, al salir, al volver al mundo secularizado que los rodea, sus vidas se alejan de esta santa realidad que vivieron apenas un pequeño período de tiempo durante la semana. Vemos así como “la continuidad liturgia-vida es una de las cuestiones más serias que un cristiano adulto se debe plantear”[14]; el evitar esa separación, esa membrana que separa la vida profesional, cultural, social, de familia, de lo que vivió en el momento de la celebración litúrgica dominical. “Lo decisivo es la ósmosis entre lo que se cree, que se celebra y lo que se vive”[15].

Terminada la Eucaristía el sacerdote – o en su defecto el diácono – afirma con todo énfasis, antes del “Podéis ir en paz”, momento en que partirán para su vida cotidiana, diciendo: “glorificad con vuestras vidas al Señor”, haciendo de sus vidas un testimonio misionero continuo; pues de lo contrario todo quedaría en “un ceremonialismo vacío”[16].

Esta incoherencia de vida deseaba solucionarla, desde inicios del siglo pasado,  el Papa San Pío X. A pocos meses de haber asumido el Pontificado en su Motu Proprio Tra le sollecitudini, sobre la música y el canto en la Iglesia, mostraba su vivísimo deseo, de restaurar el culto divino, para que el verdadero espíritu cristiano vuelva a florecer en todo.

Señaló un punto de partida del movimiento litúrgico de nuestros días: “lo primero es proveer a la santidad y dignidad del templo, donde los fieles se juntan precisamente para adquirir ese espíritu en su primer e insustituible manantial, que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”[17].  

La participación plena, consciente y activa

La “participación activa” quedó marcada también en diversos decretos posteriores del Soberano Pontífice: la comunión frecuente facilitada a los fieles y el ser llevada a los enfermos, el adelanto de la edad para la primera comunión de los niños, así como la renovación del Triduo Pascual; que le valieron ser designado como el Papa de la Eucaristía. Su plan pastoral era el fortalecer la vida cristiana de los fieles en torno a la parroquia, célula fundamental de la comunidad de fieles: “Revitalizando el fervor del pueblo por medio de una asistencia activa en el santo sacrificio de la Misa”[18]. 

Pío XI, veinticinco años después, mostraba que “es absolutamente necesario que los fieles no asistan a los oficios como extraños a los mismos o como espectadores mudos, sino que, penetrados por la belleza de las realidades litúrgicas, deben participar de las ceremonias sagradas”[19].

La Sacrosanctum Concilium, asociada a los documentos anteriores, destaca la intención de asegurar la eficacia para la santificación de los hombres, en la participación en la sagrada liturgia. Si bien que matiza que esta participación no abarca toda la vida espiritual, pues todo cristiano debe orar a solas en su cuarto al Padre, penetrando en el tema, afirma que: “la santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma” (SC, 14). El documento no da una definición concreta de lo que es participación, apenas señala sus características de plena, consciente y activa.

Siendo la liturgia fuente primaria y necesaria de la que han de beber los fieles, ha dado lugar el tema a innumerables interpretaciones a lo largo de estos decenios. Participación, tomar parte, es “sinónimo de intervención, adhesión, asistencia”[20], concepto que se podría considerar clave en el documento conciliar. Pero “con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración”[21]. Son actitudes internas y externas. Vemos así cómo, la participación, no puede reducirse a una mera actitud formal, apenas actitudes externas, sino que debe tocar en el interior del hombre. “La participación externa (responder, cantar, levantarse, estar arrodillado) es sólo el primer estadio de la participación en la celebración, que es la identificación subjetiva y objetiva con el mysterium-sacramentum”[22].

“Plena, consciente y activa”, tres términos precisos. Una participación “plena”, tanto interior como exterior; “es toda la persona humana, en todas sus dimensiones, la que se debe poner en comunicación con la celebración de los misterios”[23]. Una participación “consciente” sólo se logrará cuando sea efecto de una buena educación litúrgica. Las insistencias de esta formación, primeramente en el seminario, y seguida y continuamente a los fieles, ha sido recalcada a través de numerosos documentos y artículos después del Concilio. El cardenal Ratzinger decía, “no se puede imponer a los hombres desde fuera como un espectáculo, sino que requiere educación y práctica”[24].

De estas tres características, la participación “activa” es la que ha tenido más destaque. Principalmente debemos decir que el documento quiso que la presencia de los fieles en las celebraciones litúrgicas no fuera “como extraños y mudos espectadores” (SC, 48). No debe ser una mera asistencia, un estar presente, tiene que haber un “asociarse a la acción santificadora y cultual que realiza Cristo a través de unos ritos y oraciones”[25]. Esta participación es designada, de variadas formas, como: interna, externa, fructuosa, piadosa, perfecta, etc.

El participar activamente lleva consigo el hecho de que la presencia debe ser acompañada por las respuestas al diálogo-oración que se da en la Eucaristía; a los cantos; a la escucha de la Palabra y al aprovechamiento de la homilía; al recibir sacramentalmente el Cuerpo del Señor, si bien que el hecho de no comulgar no excluye la participación activa. Gestos y actitudes, cantos y oraciones, los momentos de silencio.

Desgraciadamente “la expresión se ha desvirtuado muy pronto, interpretándola solo en un sentido externo”[26]. Acción principal en la que todos deben tomar parte, “la verdadera acción litúrgica, en la que todos debemos tomar parte, es la acción del mismo Dios”[27]. Debiéndose evitar que “las acciones externas particulares se conviertan en lo esencial de la liturgia, y esta se degrada a una actuación sin más, entonces se malogra el verdadero carácter teodramático de la liturgia reduciéndola casi a una parodia”[28].

Es el riesgo de que ocurra, en cierta medida, llevando la liturgia al “nivel de entretenimiento”[29], que produzca emoción, que anime a las personas, y con eso se perdió “la emoción intrínseca de la liturgia”[30]; acontecimiento que ocurre en nuestro interior. Pues toda acción meramente externa en materia de participación de nada servirá si los fieles no entran en el camino de Dios, si no hay una transformación personal, si la liturgia no se transforma en vida, pues la liturgia apela profundamente a un cambio radical, “hay realidades que sólo podemos entender con el corazón, y paulatinamente, también con la razón en la medida en que nos dejemos iluminar por el corazón[31].

Como vemos, el concepto participación ha sufrido variados experimentos, simplificaciones, considerando que la participación activa es responder, cantar, pararse o arrodillarse, es apenas un “activismo externo”[32].

En los criterios y en las formas de actuación ocurridas en que se fue realizando la reforma litúrgica, “se advierte que ha sido buena en la intención conciliar, mas no siempre tan buena en los resultados”[33].

Ha sucedido esto donde con simples cambios de ritos y de modalidades exteriores, se confundió el sentido auténtico de la participación plena, consciente y activa. Considerando la participación de forma superficial, epidérmica. Así fue que “una vez perdido el mordiente de la novedad, tal participación, ligada a la rutina, acaba por volverse rancia. De aquí una desafección a la acción litúrgica”[34].

Se pretendió que los fieles dejen de ser espectadores y pasen a ser “actores” con su participación activa. Algunos “pragmáticos”, como los califica singularmente Ratzinger, consideraron que ahora todo tiene que ser en “voz alta y en comunidad” para hacer la celebración litúrgica más atractiva.  Destaca que no es una mera “alternancia de estar de pie, sentado o de rodillas, sino en procesos interiores”, pues se corre el riesgo de perder “esta dimensión interior’[35].

Convertir en fe viva lo que se participa

La liturgia y vida cristiana están íntimamente unidas como causa y efecto. Fue el motivo de la invitación que hace en su introducción la Sacrosanctum Concilium, para llevar “a todos los hombres al seno de la Iglesia”, todo esto a través del “fomento” de la liturgia.

Preocupaba seriamente a Juan Pablo II la avalancha de cambios culturales que se vivían, decía que urgía restablecer el cuerpo cristiano de la sociedad humana. Sólo se conseguiría eso con la presencia de testigos de la fe cristiana, testigos que superen, en ellos mismos, “la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida, que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud”[36].

Para recomponer la vida cristiana en la sociedad, se hace necesaria una coherencia de vida que supere la “fractura” que sufren los hombres de hoy. Jungmann afirmaba que “la conciencia cristiana debe formarse por medio de la liturgia”. Y que, para hacérselo entender a los jóvenes, es “una excelente ayuda la liturgia bien organizada y vitalmente celebrada, sobre todo la santa misa”[37]. Porque, como decía Guardini, “la liturgia es arte que se transforma en vida”[38].

Por lo tanto, la participación activa, no puede restringirse a lo externo de las ceremonias, debe primeramente haber una participación interna y espiritual, plena y consciente, viva y fructuosa del Misterio Pascual de Jesucristo. “La liturgia y la vida son realidades indisociables. Una liturgia que no tuviese un reflejo en la vida se volvería vacía y ciertamente no agradable a Dios”[39].

Esta relación, liturgia-vida, motivo de comentario numerosos autores, y transmitida por no pocos documentos de la Iglesia. De nada serviría una liturgia que no oriente integralmente la vida hacia Dios, sería una mera ideología, que no penetraría en los corazones. La liturgia endereza los caminos de la vida, principalmente a través del culto dominical, dando fortaleza en los corazones para enfrentar “las fuerzas que tiran hacia abajo que han adquirido una potencia siniestra”[40].

Hay un comprender con el corazón ante la liturgia, no es apenas una circunstancia en la que tomamos conocimiento de una enseñanza meramente teórica, a través de lecturas, cantos y oraciones. Siempre la liturgia tendrá algo que decirnos al corazón. Será el aproximarnos a la verdadera y profunda acción de Dios en los corazones, pues “vida cristiana y vida espiritual, son siempre, por tanto, vida litúrgica”[41].

Reclama la necesidad de una disposición personal, una recta actitud de alma, abrir los oídos a su “voz” para no recibirla infructuosamente. Así es que llega Jungmann a la evidente conclusión de que “la liturgia, celebrada vitalmente, ha sido a lo largo de los siglos la forma más importante de pastoral”[42], como medio utilizado por la Iglesia para guiar al pueblo de Dios.

Es una acción del propio Dios que penetra en la vida cotidiana de los hombres de fe, y acaba siendo un “servicio para la transformación del mundo”[43]. Exige, para esta destacada misión en pro del “hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”, un compromiso de entrega del corazón en lo cotidiano, a todo momento, en todo lugar.

Fuente de la cual los fieles se empapan del auténtico espíritu cristiano, presente está en ella el poder transformante del propio Dios a través de la celebración litúrgica, pues quiere “transformarnos a nosotros mismos y al mundo”[44].

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[1] PIO XII. Mediator Dei, 22.

[2] LLOPIS, Joan. La liturgia a través de los siglos, p. 11. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica, 1993. Emaús, 6.

[3] JUGMANN, Josef Andreas. Breve Historia de la Misa, p.10.  . Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica. Cuadernos Phase, 157. SAN JUSTINO. Primera Apología, 67.

[4] SACROSANCTUM CONCILIUM, 2.

[5] ABAD IBAÑEZ, J.A. y GARRIDO BONAÑO, M. Iniciación a la liturgia de la Iglesia, p. 17. Madrid: Pelícano, 1997.

[6] PIO XII. Mediator Dei, 29.

[7] SACROSANCTUM CONCILIUM, 7.

[8] BENEDICTO XVI. A Episcopado Francés en su visita ad límina. 19-11-2012.

[9]  BENEDICTO XVI. Audiencia General del 3 de octubre de 2012.

[10] CONCILIO VATICANO II. Sacrosanctum Concilium, 1.

[11] SAN BENITO. Regla 43, 3.

[12] RATZINGER, Joseph. Obras completas. Tomo XI. Teología de la Liturgia, p. XIII. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2012.

[13] CANALS, Joan M. Liturgia y vida, p. 240. La reforma litúrgica, una mirada hacia el futuro. Bilbao: Grafite, 2001.

[14] AROCENA, Félix María. Liturgia y vida. Lo cotidiano como lugar del culto espiritual, p. 12. Madrid: Palabra, 2011. 

[15] Op. Cit, p. 133.

[16] Op. Cit. P. 65.

[17] PÍO X. Motu Proprio Tra le sollicitudine, Introducción sobre la música sacra. Introducción. 22-10-1903.

[18] ROUSSEAU, Olivier. La obra litúrgica de Pío X, p. 13. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica, 2001. Cuadernos Phase, 112.

[19] PÍO XI. Constitución Apostólica Divini Cultus Sanctitatem.  Traducción propia del texto en latín. 20-12-1928.

[20] LÓPEZ MARTÍN, Julián. La liturgia de la Iglesia, p. 101. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2002.

[21] BENEDICTO XVI. Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, 52.

[22] SARTORE, D., TRIACCA, A.M. y CANALS, J. M. Nuevo diccionario de Liturgia, p. 1549. Madrid: San Pablo, 1987.

[23] FLORISTÁN, Casiano. Concilio Vaticano II, comentarios sobre la constitución sobre la Sagrada Liturgia. Objetivos de la Pastoral Litúrgica, p. 214. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1964.

[24] RATZINGER, Joseph. El espíritu de la liturgia: ensayo de Teología Litúrgica, p. 97. Bilbao: Descleé de Brouwer, l999.

[25] ABAD IBÁÑEZ, J. A. y GARRIDO BOÑANO, M. Iniciación a la liturgia de la Iglesia, p. 51. Madrid: Palabra, 1997.

[26] RATZINGER, Joseph. Obras completas, tomo XI. IV La figura de la Liturgia, p. 98. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2012.

[27] Op. Cit., p. 99.

[28] Op. Cit., p. 100.

[29] RATZINGER, Joseph. La fiesta de la fe: ensayo de Teología Litúrgica, páginas 198-199. Bilbao: Desclée De Brouwer, 1999.

[30] Op. Cit., p. 199

[31] Op. Cit., p. 200

[32] RATZINGER, Joseph. Un canto Nuevo al Señor, p. 163. Salamanca: Sígueme, 2005.

[33] FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Pedro. La Liturgia en los inicios del tercer milenio. A los XL años de la Sacrosanctum Concilium.  Actuosa participatio, participación plena, consciente y activa, p. 202. Baracaldo: Grafite Ediciones, 2004.

[34] SARTORE, D, TRIACCA, A. M. y CANALS, J.M. Nuevo Diccionario de Liturgia, p. 1557. Madrid: San Pablo, 1996. 

[35] RATZINGER, Joseph. Obras Completas, tomo XI. Teología de la Liturgia, p. 470. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2012.

[36] JUAN PABLO II. Carta Apostólica Mane Nobiscum Domini, 34.

[37] JUNGMANN, Josef Andreas. La liturgia, escuela de la fe, p. 19. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica, 2003.  Cuadernos Phase 136.

[38] GUARDINI, Romano. El espíritu de la liturgia, p. 73. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica. Cuadernos Phase 100, 2000. 

[39] JUAN PABLO II. Enchiridion Vaticanum. Messaggio Vi rivolgo con piacere ai partecipanti all’assemblea plenaria della Congregazione per il Culto Divino e la disciplina dei sacramenti sulla religiosità popolare. 26-28 Settembre 2001. Bologna: Edizioni Dehoniane Bologna, 20041767. p.1207. Vol.20.

[40] JUNGMANN, Josef Andreas. La liturgia, escuela de la fe, p. 17. Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica, 2003. Cuadernos Phase 138. 

[41] GUTIÉRREZ, José Luis. Liturgia, Manual de Iniciación, p. 187. Madrid: Rialp, 2006.

[42] JUNGMANN, Josef Andreas. Op. Cit., p. 42

[43] RATZINGER, Joseph. Obras Completas, tomo XI. Teología de la Liturgia, p. 470. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2012

[44] Op. Cit., p. 100

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