Editorial 

Tu bendita Presencia

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Hace algún par de meses escuchaba a un misionero católico quién hablaba sobre nuestra fe, pero una de sus frases me llamó bastante la atención. Al decirla, lo hizo con gran firmeza. Sus palabras fueron: “aquellos quienes son adoradores eucarísticos jamás dejarían la Iglesia por nada“. Es decir, jamás se alejarían de ella a pesar de lo que se diga, de los pecados de quienes la conforman, de las calumnias y persecución; de la invitación a otras religiones o sectas. Simplemente un adorador eucarístico no cambiaría un tesoro infinito por algo finito; terrenal.  Y me dejó reflexiva.

En aquellos instantes recordé mis breves experiencias ante el Santísimo, pero también me vino a la mente aquella inexplicable vivencia que me había dejado el estar arrodillada, aunque fuera breves minutos, ante nuestro Señor; nuestro Dios. Entonces comprendí. Es cierto. Muy cierto. Una vez que reconoces a Cristo vivo en el Pan y el Vino, sabes que no hay milagro más grande, ni misterio más incomprensible a la mente humana que éste: nuestro Dios, incontenible, se vuelve tan pequeño como para que podamos conservarlo en nuestro interior. ¡Qué prueba de amor tan evidente!

Tras aquellas palabras, mencionó a un hombre llamado Charles de Foucauld, nacido en 1858 en Francia y ordenado sacerdote en 1901. Explicó que él había un sido testimonio claro de lo que el amor por la Eucaristía puede generar en nuestras vidas. De hecho, de su modo de vivir y su carisma surgieron ¡Diez congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual! Charles nos dejó un apasionante amor por nuestro Señor que es posible palpar tanta devoción en estas de sus siguientes frases: “El objetivo de cada vida humana debería ser la adoración de la santa Hostia”; “La Eucaristía es también el sagrario y la custodia, Jesús presente en nuestros altares, todos los días hasta la consumación de los siglos, verdadero Emmanuel, verdadero Dios con nosotros; expuesto a cualquier hora, en todos los lugares de la tierra, a nuestras miradas, a nuestra adoración, a nuestro amor, y transformando por esta presencia perpetua, la noche de nuestra vida en una iluminación deliciosa” (Obras Espirituales, 227).

A partir de aquellos momentos me propuse acudir más a la adoración. Al haberlo probado por mí misma estoy en completo acuerdo con Charles de Foucauld, con aquel misionero, y con tantos que tienen esta riquísima devoción. Efectivamente, noté grandes avances en mi vida. Y es que algo en nuestro interior sucede cuando pasamos más tiempo con Jesús, verdaderamente presente. Es como si nuestros vacíos se llenaran y nuestras aspiraciones cambian de rumbo; ya no buscamos enraizar a nuestros corazones a lo terrenal, sino a lo eterno. De manera que lo que pensamos, hacemos y decimos sólo está basado en amar más a nuestro Salvador. Es un camino que se emprende para toda la vida, sin embargo, lo esencial es comenzarlo.

Sabes, a cada vez que te presentas ante la Eucaristía, arrodillado o sentado en silencio mirando con los ojos del alma Su belleza y pureza, tu sed por Él no hace sino crecer y aumentar. Y piensas, ¿a caso podré saciarme? En lo personal me he sentido plena al recibirlo en Comunión y leyendo su Palabra, pero sobre todo pensando y viviendo como nos manda. Lo cual, también, requiere constancia y es para toda la vida. Por ello de pronto te preguntas, ¿Cómo pasó esto? ¿cómo llegué aquí? Una mujer. 

Comprendo ahora cómo, y es que hace ya algún tiempo emprendí mi camino acompañada, de la mano de María. Cada rosario, cada saludo durante el día, nutrir esa relación con nuestra Madre fue como si preparara el sendero para llegar a su Hijo amado. Por ello, recomiendo ampliamente el rezo del Rosario y créeme, sin saber de qué forma, habrás avanzado hacia encontrarte fielmente y con mayor devoción ante Jesús Sacramentado. No permitamos que nadie nos haga creer lo contrario; ni siquiera dudar de si Jesús está realmente presente, y mirémoslo, escuchémoslo y recibámoslo con gran fervor y respeto. Recordemos que para recibirle hace falta estar en estado de gracia, lo cual se obtiene de una buena confesión (lo mejor es frecuentarla una vez al mes). Lo cual, no es ir a contar nuestros pecados como si fueran parte de una lista,  sino es desear exponer nuestra fragilidad ante Dios quien nos ama, y desear ardientemente, no volver a cometerlos más.

¡Qué bella y qué riquezas contiene nuestra Santa Iglesia Católica! Nuestro Señor ha querido permanecer en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad en ella. Además tenemos el privilegio inmerecido de recibirlo ¡todos los días en Misa diaria! A lo que el P. Jorge Loring solía afirmar “aunque me dieran mil millones de pesetas jamás los cambiaría por una Santa Misa”. Gozamos de un tesoro inagotable: pasar todo el tiempo que queramos frente a frente, en el Santísimo. He descubierto que no somos solamente nosotros los que acudimos a Él, sino que Él nos espera ¡le interesa todo de nosotros! Es así que toda su atención, su cariño, sus consejos se dirigen hacia ti. Él te habla, te llama, te abraza y te anima a seguir. Por eso, cuando vayas agradécele su divina presencia y repitamos las palabras de Santo Tomás ¡Señor mío y Dios mío!

Vaya verdad que expresaba aquel misionero. Quien es adorador eucarístico nunca dejará la iglesia. Realmente es cierto. Pues como expresaba Foucauld: “Jesús sólo se merece ser amado apasionadamente” y ¿en dónde más que adorándole y recibiéndole con gran amor?

Prueba y verás, que no hay lugar más alto que estar de rodillas ante Dios. Gloria a ti, Señor Jesús. 

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