Editorial 

Reconocer la voz de Jesús

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Hay ruido, mucho ruido, y cada vez, menos silencio. No sólo se considera mudez a la ausencia de sonido en el exterior, sino cuando en nuestro interior es posible escuchar la voz de Dios.

Hablamos, gritamos ¡hasta insultamos! Sin embargo, también callamos, disimulamos ¡hasta ignoramos! Los dos extremos son peligrosos. Hay ocasiones en nuestra vida en que necesitamos de las palabras, mientras que en otros es imperativo un instante de calma. Pero la mayor parte del tiempo, es esencial una actitud de recogimiento interior para atender, y oír con atención, el dulce sonido que emite la voz de nuestro Señor. Ese llamado constante que parece intermitente, aunque en realidad se debe a que muy pocas veces lo distinguimos.

Estoy segura de que al menos en una ocasión has oído esta frase: El Señor es mi pastor. Así lo afirma el Salmo 23. Pero ¿qué quiere decir esto? Una definición de la palabra pastor es “la persona que guarda, guía y apacienta el ganado, especialmente de ovejas“. Y precisamente es lo que continúa diciendo el Salmo del versículo 2 al 4:

“nada me falta; 

en verdes pastos él me hace reposar.

A las aguas de descanso me conduce, 

reconforta mi alma.

Por el camino del bueno me dirige, 

por amor de su nombre.

Aunque pase por quebradas oscuras,

 no temo ningún mal,

porque tú vas conmigo con tu vara y tu bastón

y al verlas voy sin miedo”. 

Recuerda que el trabajo de un pastor se lleva acabo al aire libre, lo cual puede suponer la vulnerabilidad a distintos peligros: a los lobos, o a que se alejen y se pierda una de ellas. De hecho, el nombre que se le da al trabajo que hace un pastor es pastoreo. Esto significa que debe observar constantemente a las ovejas mientras ellas pastan. Tú y yo sabemos muy bien por qué; el enemigo está siempre al acecho.

Recuerda que el trabajo de un pastor se lleva acabo al aire libre, lo cual puede suponer la vulnerabilidad a distintos peligros: a los lobos, o a que se alejen y se pierda una de ellas. De hecho, el nombre que se le da al trabajo que hace un pastor es pastoreoEsto significa que debe observar constantemente a las ovejas mientras ellas pastan. Tú y yo sabemos muy bien por qué; el enemigo está siempre al acecho.

Ahora bien, en Juan 10, 2-5 se lee: “El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El cuidador les abre y las ovejas escuchan su voz; llama por su nombre a cada una de sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas sus ovejas, empieza a caminar delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su vozA otro no lo seguirían, sino que huirían de él, porque no conocen la voz de los extraños“. Es realmente interesante lo que nuestro Señor nos trata de explicar. Sobre todo cuando expresa rotundamente que sus ovejas “no seguirían a los extraños pues no conocen su voz”.

De ahí surge la pregunta, ¿Por qué hay tantos que caen en las garras de los lobos? ¿Por qué deciden alejarse del rebaño y exponerse en la oscuridad a los peligros? Y esto, en variadas ocasiones, con plena voluntad. La respuesta es: porque no conocen la voz de su pastor. Pero ¿Cómo puedo llegar a distinguir la voz de mi pastor entre tantos otros que intentan confundirme? Es sencillo. ¿Cómo distingues la voz de tu madre o tu padre en la multitud? Debido al tiempo que has pasado con ellos. Reconoces hasta su tono de voz cuando están alegres, tristes o enojados.

Es decir, únicamente podremos diferenciar a nuestro Señor de otros, por el tiempo que dedicamos a conocerlo al igual que por los momentos en que nos mantengamos a su lado. Así como estar cerca del fuego nos calienta e ilumina el camino, de tal manera nos apacienta el amor de Dios. Por consiguiente, si permanecemos próximos a Él, será difícil que nos extraviemos en lugares que parecen atrayentes, pero que en realidad conducen al borde de un precipicio.

Nuevamente en Juan 10, 11 Jesús afirmó: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas“. ¿Qué mejor ejemplo que alguien que nos protegería hasta la muerte? Continúa diciendo: “No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando a las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas” (Jn 10, 12-13). ¡Qué claro fue nuestro Señor al expresar esta parábola! Y es que Jesús siempre intentó alertarnos contra aquellos que no buscan más que engañarnos. En una ocasión dijo: “Cuídense de los falsos profetas; se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los reconocerán por sus frutos” (Mt 7, 15-16).

¿No vemos acaso hoy miles de iglesias, sectas, grupos y élites que buscan, haciendo uso de palabras, regalos, miedo o promesas, alejarnos del buen camino? Esto me hace pensar en aquella iglesia con el nombre “Pare de sufrir”, también conocida como “Iglesia Universal del Reino de Dios”. Es claro que su finalidad es de ámbito económico; solamente busca enriquecerse con el dinero de sus seguidores. Y ¿qué nos aconsejaba nuestro Señor y Dios, Jesucristo, hace más de dos mil años? Ustedes los reconocerán por sus frutos. Y ¡precisamente! evitar el sufrimiento no es bíblico, ni forma parte de la Palabra de Dios. Pues fue Él mismo quien nos invitó diciendo, “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24).

Puede parecernos que estamos permanentemente vulnerables, y que es difícil discernir entre quién nos conduce al buen camino y quién no. Pero ¿sabes algo? No estamos solos. En la Cruz, nuestro Señor nos entregó a su propia Madre, la bendita entre todas las mujeres. Entonces, la mejor forma de caminar por la vida es acompañados de Aquella que fue concebida sin pecado. En una ocasión dijo San Juan M. Vianney, el conocido Cura de Ars: “Si yo no tuviera a la Madre de Dios, que me defiende a cada paso de los peligros del alma, ya habría caído en poder de Satanás”.

Y es que Dios no pretendió mantenernos en una burbuja de cristal para exentarnos de los males de este mundo. Al contrario. Jesús pronunció: “Miren que los envío como ovejas en medio de lobos: sean pues precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma” (Mt 10, 16). Es decir, los envió advirtiendo que a donde fuesen habría bien como mal. No obstante, les mandó ser precavidos, pero sobre todo no olvidar sus palabras: “Sé valiente y ten ánimo; no tiembles ni tengas miedo; Yavé tu Dios está contigo adonde quiera que tú vayas” (Js 1, 9). Por lo que, con amor y leyendo su Palabra, podremos reconocer la voz de Jesús entre la multitud.

No olvidemos que en toda tribulación está también una dulce voz que nos habla para que alcancemos fielmente a quien es el Camino, a su Hijo amado. Esta es la voz de María. De hecho un reconocido santo, Josemaría Escrivá escribió: “Antes, solo no podías… ahora has acudido a la Señora, y con Ella, ¡qué facil!”.

Tenía muchísima razón, qué mejor manera de avanzar, ¡sino bajo el resguardo de nuestra Madre! Refugio de los pecadores y Auxilio de los cristianos.

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