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Francisco y Jacinta, los dos pastorcillos que el Papa canonizó hoy en Fátima

El Papa Francisco ha presidido en el atrio del Santuario de Nuestra Señora de Fátima la Misa de canonización de los pastorcitos Francisco y Jacinta Marto, testigos de las apariciones de la Virgen en esta localidad portuguesa hace cien años.

Solemne eucaristía, presidida por el Papa en Fátima, para celebrar el centenario de las apariciones y canonizar a dos de sus protagonistas, Francisco y Jacinta. En la homilía, el Papa suplicó a la Virgen madre  por la paz del mundo, pidió una “movilización general contra la indiferencia que nos hiela el corazón” y una “Iglesia pobre y libre”.

El Papa oficia en portugués. Una vez que el papa inciensa el altar y la estatua de la Virgen, el coro entona el ‘Veni Creator’.

Inmediatamente después, el obispo de Leiria pide al Papa que “inscriba a Francisco y Jacinta Marto en el catálogo de los santos y que, como tales, puedan ser invocados”

Y el prelado de Leiría-Fátima glosa la biografía de los dos nuevos santos. “Francisco sufre con Dios y trata de consolarlo” y “se deja habitar por la presencia invisible de Dios”

La espiritualidad de Jacinta se centraba en “ofrecer a Dios sus sufrimientos y sacrificios, como señal de su disponibilidad para ser totalmente de Dios”.

Tras esa presentación, el canto de las letanías y la proclamación solemne por parte del Papa de la elevación a los altares de los dos pastorcillos de Fátima. “Declaramos y definimos como santos a los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto”. En medio de una gran ovación.

El obispo agradece “desde el fondo del corazón” la proclamación que acaba de hacer el Papa, que abraza al prelado y a la postuladora. Y continúa la eucaristía, con el canto del gloria y la proclamación de las lecturas.

Texto de la homilía del Papa:

Queridos Peregrinos, tenemos una Madre.

Con esta esperanza, nos hemos reunido aquí para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien años, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro ángulos de la tierra.

Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.

En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?» Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas.

Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía.

No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede.

Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.

Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.

 

Fuente InfoCatólica

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