Opinión 

Vacaciones, descanso, viajes… semana ¿santa?

Por Carlos Padilla Esteban | Aleteia.

Hay semanas buenas, intensas, cansadas, duras, alegres, dignas de ser contadas, semanas para ser olvidadas. Es verdad que hay días así, días que pasan sin pena ni gloria, días cargados de trabajo, días alegres y distendidos. Hay horas absurdas, perdidas, horas que pesan y pasan, horas sencillas, que mueren lentamente, horas sagradas.
 
El tiempo es así. A veces lo aprovechamos, a veces lo sufrimos, a veces deseamos que pase rápido y no pasa nunca, a veces no queremos que pase y vuela. El tiempo es sagrado, porque Dios habla en el tiempo. Se encarnó en el tiempo, se limitó a sí mismo, se sometió a la caducidad de la vida.
 
Dios hace del tiempo lugar para su palabra, para su presencia y su amor. El Padre José Kentenich nos habla de la «sacramentalidad» del momento: «María regala el carisma de la fe práctica en la Divina Providencia. Aquí aprendemos la gran verdad de que Dios nos habla a través de las pequeñas cosas de la vida diaria. ¡La sacramentalidad del momento[1].
 
Los instantes son de Dios, porque el tiempo es suyo y en él viene a hablar con el hombre. Por eso el tiempo es tan importante, y lo que Dios nos quiere decir cada día, con cada cosa que nos pasa. Por eso tenemos que acostumbrarnos a interpretar sus voces, a leer sus deseos, a acoger su Palabra.
 
La Semana Santa es entonces un tiempo especial, sagrado, signo de la presencia de Dios en el mundo. Y por eso es tan importante darle el valor que tiene a esta Semana Santa. Nos alegramos con las vacaciones. Vemos la oportunidad para hacer algún viaje. Queremos descansar después de meses intensos. Todo es muy lógico, también sagrado.
 
Pero lo cierto es que esta semana no es como cualquier otra semana del año. Es nuestra semana santa, sagrada, la semana de los cristianos. Son esos siete días de Dios, en los que Dios nos habla hasta en las cosas más pequeñas de cada día.
 
La Semana Santa empieza en este domingo de ramos, pisando olivos, entrando en Jerusalén. Pero continúa a lo largo de siete días intensos, llenos de vida, con dolor, con esperanza. Llenos de encuentros y desencuentros, miradas y lágrimas. Caídas y pasos. Besos traidores, abrazos inesperados. Muerte dolorosa y resurrección. Soledad y misericordia.
 
La Semana Santa es la semana más sagrada de todo el año. ¿Va a cambiar en algo nuestra vida esos días? ¿Vamos a aprovecharla?

 

[1] J. Kentenich,
Retiro familias 1950, 24

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