Editorial 

Hola, soy Jesús:

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Sé que el mundo parece ir de mal en peor. Conozco el desánimo que se instala en tu corazón cuando observas a tu alrededor, y no ves más que dolor y muerte. Puedo ver la preocupación en tus ojos, cuando miras a quienes se muestran indiferentes, a quienes condenan tu fe; a mi Iglesia. Pero no temas. Este es mi más grande mensaje.

Yo he querido estar más cerca de ti, y por ello elegí encarnarme en una Mujer tan excelsa que, terminado mi tiempo en la Tierra, pudiera amarte tanto como a Mí. Su nombre, tan dulce al pronunciarse, la invita a permanecer a tu lado. Es mi gran deseo que no dejes de invocarla nunca, pues no olvides que siempre estoy con Ella.

Sabes, conozco perfectamente lo que sientes. También Yo experimenté en carne propia el frío, la sed, el hambre, la burla y la incomprensión, hasta el sufrimiento que viene con el dolor físico y la tristeza por la muerte de un ser querido. Sin embargo, hoy me alegra decirte, asegurarte, que ya nada puede separarnos; jamás. No existe nada que pueda salir de tu interior que no comprenda. Aún Yo padecí la soledad, cuando en la Cruz pregunté a mi Padre por qué me había abandonado. Ahora te digo: no temas. Aquí estoy. He prometido estar contigo todos los días hasta el final del mundo y siempre cumplo mis promesas. Resucité al tercer día a pesar de que muchos creyeron que era el final. En realidad, era sólo el principio.

Satanás puede crear disturbio, dolor, angustia, separación, ira, envidia; pero nada puede hacer que tú no le permitas. No es capaz de actuar en tu vida si tú no le abres la puerta; tu libre albedrío es respetado por él y por Dios. Por lo tanto, te aconsejo y te ruego que en tu interior, en tu corazón,  sólo haya lugar para tu Señor. Ábreme, que llamo sin dejar pasar ninguna oportunidad. Estoy a la puerta y no temas sentirte indigno, también amo tu debilidad y tu pobreza. Yo todo lo puedo, ¿no podría acaso darte mi gracia para que aumentes tu santidad? Confía con los ojos cerrados, pues cuando los abras te darás cuenta de que caminas seguro.

Cuánto deseo verte en el Cielo. Sellarte en un abrazo para siempre y que goces de la verdadera felicidad que, ahora mismo, no serías capaz de contener. Es cierto que el camino es estrecho, y muchas veces lo dije, pero no ha sido para que nadie transite por él, sino para que dejen atrás lo que los detiene y anden con ligereza. Quien a Dios tiene, nada le falta decía una bella alma, Teresa de Jesús. Bueno, pues hablaba la verdad.

Hermano mío, verte sonreír coloca una sonrisa en mis labios; ver las lágrimas por tus mejillas provoca que las mías se derramen también. Soy todo Hombre y todo Dios, de manera que todo lo que sientas, anheles o te cause aflicción, es compartido por Mí. Piensa por unos instantes en la amargura que crece en tu corazón cuando ves a un ser querido sufrir, fallecer, ser lastimado. Ahora multiplica eso por todos mis hermanos en el mundo. Tantos que son torturados, asesinados injustamente; los niños inocentes que padecen y soportan los errores de los adultos. Quiero que sepas algo: Yo amo tanto hasta al peor pecador como a quien se esfuerza por hacer el bien. Todos son almas valiosísimas ante mi Padre. Por todas y cada una de ellas derramé mi Sangre. Me duelen tanto las atrocidades cometidas, pero mi regocijo es mayor. El bien ya ha vencido; ya ganó esta guerra.

Las pequeñas batallas que ahora se viven parecen luchas interminables. No es así. Benditas almas, ustedes tienen de su parte a todos los ángeles del Cielo, a los santos, a mi Madre María, a mi Padre, al Espíritu Santo y a Mí. ¿Quién podrá contra ustedes si son hijos del Rey de reyes? ¿Del mismo Creador? No sucumban al miedo, al pánico, a la desesperanza, pues eso es lo que el Enemigo desea plantar en sus corazones. En cambio, alégrense, para que su fe no desfallezca.

Háblame. Estoy siempre contigo, estés en donde estés. En mi Nombre toda batalla, todo miedo y tribulación puede ser derrotada. Reza el Rosario de la mano de mi excelsa Madre, ven a recibirme en la Eucaristía en que me entrego en Cuerpo y Sangre para permanecer y darte fuerza en un mundo que parece derribarse. Reconcíliate con mi Padre por los pecados que lleves y que pudren tu pureza. Te lo diré sencillamente: acércate más a las cosas del Cielo, para poder alcanzarlo. 

No temas, que Yo camino contigo.

Atentamente,

Jesús

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