Editorial 

¿Has visto a Cristo resucitado?

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

El pasado domingo 18 de abril estaba la Iglesia de fiesta cantando “¡El Señor Resucitó!”. Todos los cristianos nos gloriábamos de que la muerte fue vencida para siempre. Entonces, este domingo 23 de abril, tras la lectura del Evangelio, el sacerdote bajó los escalones del altar y nos hizo una pregunta: ¿Alguien de ustedes ha visto al Señor resucitado? Un silencio. Yo me pensaba, claro que sé que está vivo pero ¿Haberlo visto? mmm… ¿cómo?

El silencio siguió, mientras que el padre nos miraba en espera de alguna respuesta. Finalmente dijo con una sonrisa en sus labios: “Yo sí he visto al Señor resucitado…les contaré una pequeña historia”. Y volviendo a subir algunos escalones hacia el altar, se detuvo y giró lentamente su cuerpo para mirar de frente a la gente reunida. Continuó: “Hace algún tiempo mi padre estaba muy enfermo. Yo no podía estar en casa para ayudarlo, pues como sacerdote se requería que yo estuviera por aquí y por allá. Recuerdo que mi padre tomaba medicamentos lo que le alteraba el humor, y con ello haciendo su cuidado más complicado. De manera que cuando tenía algún tiempo libre visitaba a mi padre. Entonces ahí, yo veía a mi hermano mayor alimentarlo, bañarlo, vestirlo con gran paciencia; con gran amor, y me pensé: he visto a Cristo resucitado“. Todos los presentes escuchábamos comprendiendo su pregunta.

Ahora, podíamos todos acordarnos de algunos momentos en que habíamos visto a Cristo resucitado en otros.

Durante la homilía el sacerdote leyó Juan 20, 19-31. A pesar de que muchas veces he escuchado y leído este Evangelio, nunca lo había comprendido como en este día. Juan nos dice que “estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos por miedo a los judíos se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’”(Jn 20, 19). El padre nos explicaba que así entra Dios en nuestros corazones; aún con las puertas cerradas por el dolor, el sufrimiento, la desesperanza. Las barreras no existen para Él. Y una vez en nuestro interior nos dice: la paz esté contigo. Y así nos da su paz. Es decir, el cordero de Dios nos trae la verdadera tranquilidad que buscamos allá afuera.

Además, en este Evangelio se nos presenta al incrédulo Tomás, uno de los Doce, que afirmaba: si no lo veo, no creeré. Sin embargo, ocho días después de aquella aparición de nuevo “Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’. Luego le dijo a Tomás: ‘Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando sino cree’ ”(Jn 20, 26-27). Este domingo también celebramos la Divina Misericordia, y qué mejor ejemplo que la que obtuvo Tomás.

No olvidemos que Jesús, tras haber convivido con los Doce por mucho tiempo, pudo reprenderle diciendo que aquellos momentos eran suficientes para aceptar esta verdad. No obstante, aún mostró Su Misericordia a este discípulo desconfiado. De manera que ahí estaba frente a Tomás. Su cuerpo glorioso y resucitado cerca de él para que experimentara, con sus propios ojos y manos, que el Señor estaba ahí; que está aquí, siempre. Y finalmente le dijo: “Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!”. 

El sacerdote comentó algo que me hizo reflexionar. Elevando el libro de color rojo en que se lee la Palabra de Dios dijo: “Nosotros estamos llamados a llevar esta Palabra a los demás. De que nuestro Señor vive y ha resucitado. Pero ¿Cómo lo haremos sino estamos convencidos de ello? ¿Si no hemos sido testigos oculares de esto?”. Bajando el libro de nuevo su mirada se dirigía a todos los presentes, como queriendo despertar en nuestro interior el brillo de la fe.

Prosiguió: “Recordemos que Cristo resucitado lo podemos ver en todos aquellos que hacen buenas obras hacia el prójimo; en nosotros cuando ayudamos a los demás. Yo les pregunto ahora, ¿Qué es la Misericordia?. Bueno, pues es la mirada llena de amor de Dios; es el amor que no juzga. ¿En dónde tenemos un claro ejemplo de esto? Precisamente en el sacramento de la confesión. Ahí, ante la mirada de tu pecado, Dios sólo te escucha; no te juzga. A pesar de tu pecado, te ama”.

Me sorprendió aquella bella definición. La misericordia es una mirada de amor sin juzgar. ¿Soy capaz de hacer esto con los demás? Además, ¿Cuánto valoro este sacramento en que más que reprenderme, el Señor, así como a Tomás, le muestra sus llagas para que crea? Muchos temen ir a confesarse; a reconciliarse con Dios. Pero si te dijera que en ese momento recibes algo tan bello como la mirada de amor de Dios sin juzgarte, ¿Irías?

Ahora estoy segura que he visto a Cristo resucitado. En los misioneros, en aquellas personas que protegen a los más vulnerables, a los que luchan por el bien y la paz, la justicia y la igualdad. He visto a Cristo resucitado en los sacerdotes, religiosos y religiosas que, con una gran sonrisa y devoción llevan la Palabra de Dios a donde aún no ha sido escuchada.

Por último, el padre concluyó la homilía diciendo: Seamos Cristos en el mundo”.  Esto es a lo que se nos invita y lo que se nos pide, y lo que muchísimos cristianos de la Iglesia primitiva hicieron. Por supuesto que no fue fácil. Vivieron arriesgando sus vidas, recibiendo calumnias y desprecio, pero Jesús era palpable en ellos y su actuar.

Ése es el más bello reflejo que puede distinguirse en nuestro ser. De hecho, es impresionante cómo San Pablo resumió hace ya mucho tiempo, las palabras que este domingo nos llevaron a la reflexión: Y ahora no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

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