Evangelio 

Evangelio del día Lunes 10 de Abril

Lunes Santo.

Santos del día: San Ezequiel, Santa Magdalena de Canossa, San John Ogilvie.

† Lectura del santo Evangelio según San Juan 12,1-11.

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado.
Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:
“¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”.
Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.
Jesús le respondió: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura.
A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre”.
Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado.
Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro,
porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión del Papa Francisco:

Aquel que había invitado a Jesús al almuerzo era una persona de un cierto nivel, de cultura, quizás un universitario. Quería escuchar la doctrina de Jesús, porque como buena persona de cultura estaba inquieto, buscaba conocer más. Y no parece que fuera una mala persona, como tampoco parecían los demás que estaban en la mesa.

Hasta que irrumpe en el banquete una figura femenina: en el fondo una mal educada que entra justo donde no había sido invitada. Una que no tenía cultura o si la tenía, aquí no lo demostró. En efecto, entra y hace eso que quiere hacer: sin pedir disculpas, sin pedir permiso. Y en todo esto Jesús la deja actuar.

Es entonces cuando la realidad se revela detrás de la fachada de las buenas maneras con el fariseo que comienza a pensar:

“Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora”.

Este hombre no era malo, sin embargo, no logra entender el gesto de la mujer. No logra entender los gestos elementales de la gente. Quizás este hombre había olvidado cómo se acaricia a un niño, cómo se consuela a una anciana.

En sus teorías y en sus pensamientos, en su vida de gobierno, porque tal vez era un consejero de los fariseos, había olvidado los primeros gestos de la vida que todos nosotros, de recién nacidos, comenzamos a recibir de nuestros padres.

En resumen, estaba alejado de la realidad. Sólo así se explica la acusación imputada a Jesús:

“¡Este es un santón! Nos habla de cosas hermosas, hace un poco de magia; es un curandero; pero al final no conoce a la gente, porque si supiera de qué clase es esta habría dicho algo”

Hay entonces dos actitudes muy diferentes entre sí: por una parte la del hombre que ve y califica, juzga; y por otro la de la mujer que llora y hace cosas que parecen locuras, porque utiliza un perfume que es caro, es costoso.

En medio a estas dos figuras tan antitéticas está Jesús, con su paciencia, su amor, su deseo de salvar a todos, que le lleva a explicar al fariseo qué significa eso que hace esta mujer y a reprocharle, si bien con humildad y ternura, por no haber tenido cortesía con Él.

“He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; no me has dado un beso; no has ungido con óleo mi cabeza. En cambio ella hace todo esto: con sus lágrimas, con sus cabellos, con su perfume”.

El Evangelio no dice cómo terminó la historia para este hombre, pero dice claramente cómo terminó para la mujer: “Tus pecados han quedado perdonados”. Una frase, esta, que escandaliza a los comensales, quienes comienzan a confabular entre sí preguntándose: “¿Pero quién es este, que hasta perdona pecados?”.

Mientras que Jesús prosigue derecho por su camino y dice esa frase tan repetida en el Evangelio: “Vete en paz, tu fe te ha salvado”.

En resumen, a ella se le dice que sus pecados le son perdonados, a los demás, Jesús les hace ver sólo los gestos y se los explica, incluso los gestos no realizados, o sea lo que no han hecho con Él.

En el comportamiento de la mujer hay mucho, mucho amor, mientras que con respecto a los comensales Jesús no dice que falta el amor, pero lo da a entender.

En consecuencia la palabra salvación “¡tu fe te ha salvado!”, la dice sólo a la mujer, que es una pecadora. Y la dice porque ella logró llorar sus pecados, confesar sus pecados, decir: ¡Soy una pecadora!.

Por el contrario, no la dice a esa gente, que incluso no era mala, sino porque estas personas creían que no eran pecadoras. Para ellos los pecadores eran los demás: los publicanos, las prostitutas. (Homilía en Santa Marta, 18 de septiembre de 2014)

Oración de Sanación

Señor Jesús, que bueno es saber que escuchas mis súplicas y estás atento a mis necesidades, susurrando constantemente a mi espíritu tu invitación a vencer el miedo y a lanzarme con confianza a mis batallas

Te pido que siempre pueda tener lucidez para tomar las mejores decisiones y diferenciar lo bueno de lo malo, esforzarme por serte fiel y no dejar que nadie me quite las ganas de hacer las cosas bien

Me cuento entre los pecadores que siempre vuelven a caer. Reconozco que en algunas ocasiones me faltan fuerzas y te fallo; por eso me humillo ante Ti, ante tu poder y clamo por tu compasión

Como María de Betania quisiera también ponerme a tus pies y ofrecerte el mejor de mis perfumes, que no es otro que el de hacer obras agradables a Ti y alejarme de todo aquello que hace mal a mi alma

Gracias por recibirme una vez más, por cuidarme, por hacerme sentir que soy valioso e importante para Ti. Tú eres grande, poderoso, invencible, supremo, glorioso, con un corazón rico en misericordia,

Me siento bendecido porque en tu amor he encontrado esa paz que me invita a luchar con todas mis fuerzas contra el pecado. Con tu presencia rebosante en amor y perdón podré superar toda mala inclinación.

Tú tocas las dimensiones de toda mi vida y no haces diferencias entre mi riqueza o pobreza, sino en cuánto amor estoy dispuesto a dar

Te amo y te entrego mi corazón. A pesar de mis debilidades, en tu Nombre, sé que puedo salir adelante sabiéndome consolado en tu amistad. Amén

Propósito para hoy

Escribiré una carta para cada uno de los miembros de mi familia agradeciéndoles por cada detalle importante que han tenido conmigo

Frase de reflexión

“El Reino de los cielos es para aquellos que ponen su confianza en el amor de Dios y no en las cosas materiales”. Papa Francisco.

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