Evangelio 

Evangelio del día Jueves 20 de Abril

Jueves de la Octava de Pascua.

Santo del día: Santa Inés Montepulciano.

† Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24, 35-48.

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu,
pero Jesús les preguntó: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas?
Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”.
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.
Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: “¿Tienen aquí algo para comer?”.
Ellos le presentaron un trozo de pescado asado;
él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”.
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras,
y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día,
y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto.”

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión del Papa Francisco:

La tarde de la resurrección los discípulos estaban contando lo que habían visto: los dos discípulos de Emaús hablaban de su encuentro con Jesús durante el camino, y así también Pedro. En resumen, todos estaban contentos porque el Señor había resucitado: estaban seguros de que el Señor había resucitado.

Pero precisamente estaban hablando de estas cosas, relata el Evangelio, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: “La Paz esté con ustedes”.

En ese momento, sucedió algo diferente de la paz. En efecto, el Evangelio describe a los apóstoles aterrorizados y llenos de miedo. No sabían qué hacer y creían ver un fantasma. Así todo el problema de Jesús era decirles: «Pero miren, no soy un fantasma; tóquenme, ¡miren mis heridas!».

[…] Los discípulos no podían creer porque tenían miedo a la alegría. En efecto, Jesús los llevaba a la alegría: la alegría de la resurrección, la alegría de su presencia en medio de ellos.

Pero precisamente esta alegría se convirtió para ellos en un problema para creer: por la alegría no creían y estaban atónitos. En resumen, los discípulos preferían pensar que Jesús era una idea, un fantasma, pero no la realidad.

El miedo a la alegría es una enfermedad del cristiano. También nosotros tenemos miedo a la alegría, y nos decimos a nosotros mismos que es mejor pensar: sí, Dios existe, pero está allá, Jesús ha resucitado, ¡está allá!. Como si dijéramos: Mantengamos las distancias. Y así tenemos miedo a la cercanía de Jesús, porque esto nos da alegría.

Esta actitud explica también por qué hay tantos cristianos de funeral, cuya vida parece un funeral permanente. Cristianos que prefieren la tristeza a la alegría; se mueven mejor en la sombra que en la luz de la alegría.

Precisamente como esos animales que logran salir solamente de noche, pero que a la luz del día no ven nada. ¡Como los murciélagos! Y con sentido del humor diríamos que son cristianos murciélagos, que prefieren la sombra a la luz de la presencia del Señor.

En cambio, muchas veces nos sobresaltamos cuando nos llega esta alegría o estamos llenos de miedo; o creemos ver un fantasma o pensamos que Jesús es un modo de obrar. Hasta tal punto que nos decimos a nosotros mismos:

Pero nosotros somos cristianos, ¡y debemos actuar así!. E importa muy poco que Jesús no esté. Más bien, habría que preguntar: «Pero, ¿tú hablas con Jesús? ¿Le dices: Jesús, creo que estás vivo, que has resucitado, que estás cerca de mí, que no me abandonas?».

Este es el «diálogo con Jesús», propio de la vida cristiana, animado por la certeza de que Jesús está siempre con nosotros, está siempre con nuestros problemas, con nuestras dificultades y con nuestras obras buenas. (Homilía en Santa Marta, 24 de abril de 2014)

Oración de Sanación

Amado Jesús, en tus manos llagadas me siento protegido y amado. En cada momento de mi vida puedo sentir tu acción transformadora y el poder de sanación de tu Palabra que renueva el alma.

Tú me has dado una vida nueva en mi Bautismo, por eso quiero darte el primer lugar en ella, ser fiel testigo del poder de tu amor y de los milagros que ocurren cuando concedes tu perdón.

Quiero vivir redescubriéndote en las situaciones de vida que a diario experimento, sentir que caminas conmigo, que vas mostrándome tus heridas y tus llagas en las angustias de mis hermanos.

Tú vives en cada uno de los rostros cansados y agobiados, en las bocas sedientas de los exhaustos, en el doloroso sonido de los estómagos vacíos de los más pobres y necesitados que hoy se levantan sin su pan.

Oh Señor mío y Salvador mío, que no me cueste reconocer tu presencia en los que sufren, y que pueda utilizar los talentos que me has dado para beneficio de todos. Ayúdame a ayudar y dame fuerzas para servir

Abre mi corazón al amor y al perdón. Tú me has dado la oportunidad de cambiar para volver a vivir de acuerdo a tu plan de salvación, no permitas que la deje pasar y vaya por este mundo sin dirección y sin tu luz.

Confío en que en este momento me das la fuerza para continuar, para proclamarte, para tender mi mano a los demás y llevar esperanza.

Eres mi fuente de vida. Todo te lo entrego. Moldéame como consideres necesario para poder amarte con todo mi corazón. Amén

Propósito para hoy

Durante mi almuerzo, bendeciré los alimentos, daré gracias a Dios por todo lo que me ha provisto y pediré por todos aquellos a los que les falta el pan sobre la mesa.

Frase de reflexión

“La cruz es el precio del amor verdadero. Señor, danos fuerza para aceptar nuestra cruz y cargar con ella” Papa Francisco

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