A María 

El dolor de la Virgen María

Hablar de la Virgen es hablar de nuestra Madre. Su dulce presencia me ha acompañado a lo largo de mi vida.

No recuerdo si alguna vez te conté… La he visto en sueños, cuidándome, llamándome a la conversión. Uno que me ha marcado, es muy impactante.

 

De  un bosque oscuro y frondoso sale una jauría de lobos negros, enormes, con los ojos rojos y se abalanzan hacia mí para destrozarme. Huyo asustado, gritando: “Auxilio, que alguien me ayude”. Me alcanzan en un llano, inmediatamente hacen un círculo alrededor mío, amenazantes me muestran sus enormes colmillos. Vuelvo a gritar pidiendo ayuda y en ese momento una hermosa dama se aparece junto a mí. Lleva un vestido blanco luminoso, con hermosos hilos de oro. Coloca su mano sobre mi hombro derecho y me dice con ternura: “No tengas miedo”. En ese instante de ella sale una luz, como una explosión,  que se expande a mi alrededor, sobre el llano iluminándolo todo. Es intensa, muy blanca, pura. Ciega de golpe y aterroriza a los lobos que se dispersan y huyen.  Entonces desperté sin saber que aquello me ocurría años después.

“No tengas miedo”. Estas palabras de consuelo las repito cada vez que me encuentro en una situación límite, sin salida y no sé qué hacer.  En esos momentos extremos tomo mi rosario y clamo a mi madre celestial por su ayuda.  Me da una paz que no imaginas. Me permite pensar con claridad, sin temor, y encontrar una salida al problema.

En estos días la he sentido más cercana que nunca. Es mi madre y deseo en este año de la Misericordia, consentirla, llevarle flores,  ofrecerle buenas obras.

Le pido a la Virgen un regalo, que me lleve con mi esposa Vida a visitarla en uno de sus santuarios para cantarle juntos, a viva voz: “Ave, ave, ave María…”   Decirle cuánto la queremos y agradecer su intervención a lo largo de nuestras vidas. Ella ha sabido cuidarnos con ternura, como Madre que es, tuya, mía y de toda la humanidad.

Con frecuencia rezo la bella oración de san Bernardo:

“Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que haya acudido a Vos, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos también acudo, oh Virgen, Madre de la vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vuestra  presencia Soberana. No desechéis oh purísima Madre de Dios mis humildes súplicas, antes bien, escuchadlas favorablemente”.

Y cuando llegan las tentaciones fuertes, rezo esta oración que mi madre de niño me enseñó y que ella, a su vez, aprendió de la Beata Sor María Romero, en Costa Rica:

“Pon tu mano Madre mía, ponla antes que la mía…
Virgen María Auxiliadora, triunfe tu poder y misericordia,
apártame del maligno y de todo mal y escóndeme bajo tu manto”.

No imaginas de cuántos apuros me ha sacado la Virgen María. Y yo, testarudo que soy, no dejo de meterme en problemas.

Te recomiendo, por mi experiencia y la de muchos, que acudas a ella en esos momentos difíciles de la vida que ahora te acongojan.

Mi esposa suele decir:

“Las madres sienten el dolor sus hijos. Es su dolor”.

Y María es tu madre.

Tu dolor es el de ella. Nunca te dejará sin un abrazo, una palabra de aliento, un consuelo celestial.

Por Claudio De Castro.

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