Editorial 

Ayudar a los necesitados es amar a Jesús

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Todos podemos ser buenos, pero hemos sido llamados a ser santos.

Recuerdo que solía pensar que bastaba con no hacer cosas malas para ser buena. Sin embargo, muchas veces me sentí estancarme en un punto sin lograr ser mejor que antes; era como si me hubiera quedado a un costado del camino que lleva a la santidad. Mientras alguien dejaba un vicio, acudía más a misa o adoraba con mayor profundidad al Santísimo Sacramento, yo sólo me decía: me basta con no hacer cosas perjudiciales. Pero, ¿de qué sirve no portarse mal, si no se emprenden otros buenos hábitos? 

Precisamente leyendo algo sobre el Santo Padre Pío me encontré con una de sus sabias frases. Estas palabras me sacudieron para despertarme de aquella pasividad, decían: “En la vida espiritual, el que no avanza, sólo retrocede”. Comencé a preguntarme qué tanto habría retrocedido ante tal quietud pasada, ¿Qué hacía para ayudar a Dios a ganar más almas? También me cuestioné mi propósito en los años vividos, pero sobre todo, me atreví a hacerme aquella pregunta que muchos tememos responder: cuando muera y me encuentre ante Dios, ¿Qué obras le entregaré? ¿qué le diré si me pregunta que tuve el tiempo y lo perdí buscando solamente las cosas terrenales?

Día tras día intenté buscar la solución; Señor ¿cuál es tu misión para mí? Transcurrieron días, semanas, y poco a poco comprendí algo clave: Dios nos ha dado el libre albedrío, lo cual respetará hasta nuestra muerte. Por ello, al hacer un Acto de Consagración, ya sea al Inmaculado Corazón de María o al Sagrado Corazón de Jesús, es como decir: María o Señor Jesús, yo deseo entregarme todo a ti. Pongo en tus manos mi vida, guíame; quiero ser instrumento de tu paz. Es darle las llaves de nuestro corazón, darles permiso, es abrirle la puerta hacia todo lo que tenemos. Y finalmente fue lo que hice.

De hecho, a partir de aquellos momentos comencé a aprenderme el Acto de Consagración a María que hoy le dirijo al levantarme. Dice así:

 ¡Oh Señora mía, oh Madre mía!,
yo me entrego del todo a Ti,
y en prueba de mi filial afecto,
te consagro en este día
mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón. 
En una palabra, todo mi ser, 
ya que soy todo tuyo,
¡oh Madre de bondad!,
guárdame y protégeme como hijo tuyo.

 Amén.

Y es que no puedo expresar con palabras cuánto amo a la Santísima Virgen, nuestra Madre, Reina, Abogada y Refugio. Pero algo que puedo compartirte es que una vez que te entregas a Ella, tu corazón se sensibiliza ante el dolor ajeno, tu mirada se vuelve atenta ante la necesidad del prójimo, además de que tu amor y devoción hacia Dios aumentan sin detenerse. Comento lo anterior porque quiero compartirte un suceso que tocó mi corazón, y que pienso, probablemente si no fuera por la mirada de María en mis ojos, no lo habría vivido tan profundamente.

Caminando por las abarrotadas calles de Roma, que tuve la gran oportunidad de visitar en esta Semana Santa, vi a una multitud de personas de distintas lenguas y nacionalidades que se paseaban por aquí y por allá dejando un limitado espacio para transitar. Nuestros ojos se elevaban para admirar la Basílica de San Pedro, de gran belleza, al igual que las estatuas que rodean a la plaza, un museo o una catedral. Noté rostros provenientes de todos los continentes del mundo, sin embargo, también pude observar otros rostros; el de los pobres. 

Éstos eran indescriptibles; con sólo mirarlos unos segundos podía transmitirse el dolor, la abundante necesidad y la indiferencia con la cual parecían destinados a vivir. Todos los que me encontré en un lugar u otro, sostenían un vaso en una de sus manos al momento en que pedían ayuda. En esos instantes yo no tenía efectivo qué dar, y al pasar a su lado y mirarlos, me sentía inhumana. Los pensamientos insistían, y uno de ellos fue la escena en que Jesús ayuda al paralítico a caminar o cuando sanó a los enfermos con sólo ordenarlo. Deseé con todo mi corazón al menos tener la posibilidad de calmar su pesadumbre, no obstante, al avanzar por las calles descubría a otros seres humanos mendigando.

Me sentía impotente, pues no quería conformarme con mirarlos con una mueca de aflicción. Entonces, sucedió. Al pasear por una de las calles a paso apresurado, ya que me dirigía a otro lugar de la ciudad, vi a una mujer muy encorvada con un vestido negro, algo empolvado, cubierta del cabello y el rostro con un velo del mismo color. La piel en la parte exterior de sus manos estaba bastante bronceada por aquel sol que quemaba. En sus manos extendía un vaso de plástico. Temblaba una y otra vez todo su cuerpo, y lo que decía era indistinguible. Me percaté de que en su pecho colgaba una gran cruz de madera con el cuerpo de nuestro Señor. Recuerdo que al verla, mientras avanzaba a paso acelerado, sentí pesar.

Pasó aquel día, y me costaba olvidarla. En mi corazón resonaba: perdóname Señor, porque te he visto y no me he acercado, recordando su Palabra que dice: “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber (…) cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí” (Mt 25, 35;40). Pero Dios siempre atento, nos escucha, y como buen Padre nos da una segunda oportunidad. Y María, como Madre de Misericordia nos ayuda a imitarla.

Al día siguiente me dirigí a visitar el Coliseo Romano. El calor era casi insoportable, aunque esto no parecía alejar a ningún viajero del lugar. Tras tomar algunas fotos, me paseé por la banqueta frente aquel monumento. Cuál fue mi sorpresa que al andar por ahí, distinguí a la misma viejita desde algunos metros; la cruz en su pecho me ayudó a identificarla. Me dije que esta vez haría algo, pero ¿qué? Llegué hacia donde estaba ella, pero como su espalda estaba muy encorvada y temblaba involuntariamente, su mirada se dirigía al suelo. Además de que el velo cubría su rostro dejando ver solamente sus manos temblorosas tal como la vez anterior.

Decía una y otra vez algo en italiano pero no se le oía muy bien. Ahora tampoco llevaba dinero conmigo, pero acababa de comprarme una botella de agua fresca y un paquete de galletas para mitigar el hambre.

Ella pedía, insistía, pero nadie ni siquiera la miró. No exagero, verdaderamente nadie se detuvo. Y es que nuestros ojos de turistas buscaban la majestuosidad de aquel lugar histórico, mientras que el rostro de los pobres se había vuelto sin atractivo. Finalmente me senté a su lado derecho, pues era tan pequeña de estatura que le sería más fácil verme al nivel de sus ojos, que elevar la mirada y dañarse por el sol. Lentamente y temblando en todo momento sin poder evitarlo, se giró hacia mí mostrándome el bote en sus manos. Aún no pude distinguir su rostro tras aquel velo negro, pero le dije con el poco italiano que conocí en el pasado que no tenía dinero, sin embargo, saqué mi paquete de galletas de la mochila y se lo ofrecí. Honestamente, pensé que lo guardaría, pues lo que ella querría era dinero; no fue así.

En aquel instante abrió, como pudieron sus manos temblorosas, aquel paquete de galletas, y casi sin pensarlo las metió en su boca como quien muere de hambre y se le da un bocado. Aún con la boca llena de alimento decía grazie, grazie; gracias, gracias, al momento en que inclinaba la cabeza agradeciendo. Acto seguido, besaba una y otra vez el crucifijo que colgaba sobre su pecho, y que ahora sostenía entre sus manos. Tras unos minutos, se limpió las migajas en sus labios y me miró. En la oscuridad de aquel velo en su rostro finalmente distinguí sus ojos. Tenía lentes; era una mujer de edad avanzada. Sus ojos eran cafés, había algo acogedor en sus facciones.

Entablamos una sencilla conversación. Tenía 80 años, estaba casada pero su esposo ya no la quería porque estaba enferma de hacía años; no tuvo hijos. Él tampoco tenía trabajo debido a su edad; ella estaba enferma de glucosa y los medicamentos que debía comprar costaban 53 euros pero ella no logró reunirlos mendigando, y al pasar el tiempo, se empeoró su estado hasta tener esos temblores constantes. Pero algo que me llenó de profunda pena, aquello que me hizo sentir el corazón hecho pedazos, fue que una de las primeras frases tras haber conversado, es que le pedía al Señor, mientras sostenía el crucifijo, que quería morir. Ella ya no deseaba vivir en aquella miseria, olvidada, sin amor y me atrevo a decir, en aquella vida en que se había vuelto casi inexistente en el mundo. ¿Cómo puede alguien volverse -nada- ante los ojos humanos siendo creación de Dios?

Sus ojos se llenaban de lágrimas, y en algo como un instinto fraternal, acaricié su espalda encorvada mientras la consolaba. En ocasiones acaricié su hombro y su brazo derecho que se sostenía de un bastón. Me di cuenta de su delgadez. Las ropas oscuras que la envolvían no dejaban entrever aquello, pero su finura me hizo advertir su desnutrición. Qué vida tiene que llevar esta mujer, me pensaba, qué culpa tiene ella de ser marginada de lo que nos pertenece a todos: el alimento, techo, pero sobre todo ¡dignidad y amor!

Entre la conversación, tomó el crucifijo entre sus manos y me decía en italiano: eres buena porque tú sí crees, eres cristiana, tú sí crees en el buen Dios. Ella atribuía mi buena acción al ser cristiana, pues seguramente notó que llevaba una cadena con el crucifijo y una medalla con la figura de María. A decir verdad, yo llevo una Cruz y a la Virgen porque así los siento cerca. Pero desde aquel momento adquirió un mayor significado: tengo un deber con mi prójimo. Me recuerda que fui creada, no sólo para ser buena, sino para aspirar a la santidad. 

Pensar que yo había venido a Roma para reflexionar profundamente sobre la Muerte y Pasión de Cristo, y aquí estaba yo, sentada conversando con un ser humano que vivía en carne propia la Pasión, deseando morir. Breves instantes después, en medio de aquel momento de diálogo, pensé en el bote de agua que estaba sin abrir y fresco en mi mochila, y bajo aquel sol ardiente de Roma, le entregué la botella. Su rostro se iluminó tanto que no puedo describirlo, sus manos nuevamente se dirigieron a su pecho para tomar el crucifijo en sus manos y besarlo como muy pocas veces nosotros hacemos. Ella agradecía por tan poco a Jesús, besándolo con devoción, y yo ¿Cuántas veces hice eso por el simple hecho de que murió por mí?

Finalmente, tras esa conversación de algunos diez minutos me despedí. La miré a los ojos a través de aquel velo oscuro y sonriendo le dije que rezaría mucho por ella. Acaricié su delicada espalda con ternura y me puse de pie. Ella sonreía y prometía orar por mí, lo cual me provocó un nudo en la garganta. Caminé a paso lento hasta perderme por las calles del lugar.

Reflexionaba sobre aquel acontecimiento, que me hacía pensar sobre lo admirable que es nuestro Papa, así como a su constante invitación a los católicos del mundo para que apoyemos a los más necesitados. De hecho, el nombre que eligió lo dice todo sobre su misión en la Iglesia: Francisco, en referencia al santo de Asís. Hermosa frase pronunció cuando dijo: ¿Por qué me llamo Francisco? Porque él encarnó la pobreza. Yo quiero una Iglesia pobre y para los pobres”. 

Ahora comprendo: Si hubiera dado unas monedas a aquella mujer, yo habría sido buena. Pero detenerme a conversar, escucharla y verla a los ojos, fue entregarle más.

Entonces recordé: Todos podemos ser buenos, pero hemos sido llamados a ser santos. 

POST RELACIONADOS

Leave a Comment