Editorial 

Seguir creyendo, pero con fe renovada

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Cuando era más pequeña e iba a mis clases de Catecismo, y después al hacer mi Primera Comunión y Confirmación, todo esto me parecía tan normal. Había otros niños que, como yo, eran católicos y hablar de Dios jamás era un problema; observar a sacerdotes y mujeres consagradas de cerca parecía un mundo bastante cotidiano. Pero a medida que fui creciendo y entré a la universidad, me encontré con algo de hostilidad por parte de algunos; compañeros que ya no creían y habían decidido alejarse de su fe, aquellos que creían pero argumentaban que “no eran fanáticos” es decir, que no iban a misa y cosas así, o aquellos que simplemente habían cambiado de religión. Y a pesar de que algunos me cuestionaban el por qué seguía en algo tan conservador y de poca libertad -que en realidad es lo contrario, pues la verdad libera-yo no sentía realmente miedo de decirme practicante, por lo que me di cuenta de que esa misma seguridad bastaba. Era como si al verme decidida y firme en mi fe, ellos ya no encontraran una razón para seguir molestando. En aquellos momentos me pensaba que era sencillo.

El día de hoy reflexiono sobre aquellos “retos” que tuve que enfrentar, y me convenzo de que no se asemejan en lo más mínimo a la persecución que muchos cristianos experimentan en el mundo ahora. Yo jamás sufrí golpes o malas palabras por parte de quienes no me comprendían -pues no pasaban de una mirada extraña por llevar una cruz o persignarme antes de cada comida-, mientras que en la actualidad hay quienes dan su vida por Cristo. Tal como lo hicieron nuestros hermanos a los inicios de la Iglesia. Ellos sí que se enfrentaron a cosas horrorosas pues el cristianismo era algo ilegal en el imperio romano. Asimismo, las persecuciones fueron constantes y bastante crueles. A éstas se les conoce por los nombres de los emperadores que las llevaron a cabo. Por nombrar algunas encontramos las de Nerón, Domiciano, Severo, Decio, Diocleciano y Marco Aurelio; sin contar lo que los apóstoles tuvieron que vivir en carne propia a excepción de Juan, quien a pesar de haber sido puesto en un caldero de aceite al fuego, sobrevivió, de manera que fue enviado a la isla de Patmos, pero después fue liberado y trasladado a lo que hoy es Turquía, en donde murió de vejez.

Me regreso en el tiempo y pienso en cuando era niña; tiempo en que consideraba que esto no existía; siendo adolescente creía que esas diferencias de credo eran sólo en los países lejanos o autoritarios. No obstante, hace algún tiempo sentí como si el velo cayera de mis ojos. En lo personal, sucedió como experimentar un balde de agua fría caer sin aviso: ¡Ya no queremos la Cruz en nuestros edificios, ni escuelas! ¡Fuera la voz de la Iglesia en nuestra sociedad y familias! ¡Queremos libertad de expresión! ¡Queremos igualdad! Con los ojos abiertos y sobre nuestras narices experimentamos cómo lo denominado LGTB y grupos similares, se apoderan de lo que nos pertenece por naturaleza: la familia y nuestras creencias.

Los niños, tan inocentes, son el blanco principal de perversión. La frase “que ellos decidan” suele ser el lema ante sus adoctrinamientos. De lo contrario, los padres que se resistan a enviar a sus hijos a las escuelas en que se reparten clases de educación sexual o quienes los “obliguen” a ser niños o niñas (en lugar de lo que ellos sientan) van a la cárcel, pagan multas o hasta pueden perder la autoridad sobre sus hijos. Sin contar las palabras tan humillantes y actos de vandalismo que realizan ante nuestras personas y nuestras catedrales. Y me causa repudio y a veces hasta asombro de lo ilógico que es: tu hijo no puede tomar alcohol por ser menor, pero puede ir a la farmacia por la pastilla del día siguiente o anticonceptivos porque es “su derecho”. ¿Ah sí? y ¿desde cuándo es que el cerebro de un niño de 8, 10 ó 12 años maduró para tales decisiones que afectarán el resto de su vida? Por no aceptar los actos homosexuales, lo antinatural o todos sus “ideales” nos llaman intolerantes y retrógradas, entre otras cosas. Entonces me pregunto ¿En dónde quedó mi derecho a no estar de acuerdo? Simplemente incoherente. Me hace pensar en la frase de G. K. Chesterton, célebre novelista y periodista: “Las falacias no dejan de ser falacias porque se conviertan en modas”.

Hace unas semanas vi el video en que el Papa saludaba a una muchedumbre, y de entre ellos, se coló una familia proveniente de China. Llorando y arrastrándose por los suelos se acercaban al Papa Francisco. Le besaban la mano una y otra vez al mismo tiempo en que derramaban sus lágrimas con gran emoción, seguramente debido a lo duro que es vivir su fe; y es que me era imposible no ver aquellas escenas sin sensibilizarme. Pensar que mientras yo acudía al Catecismo de niña y vivía mi fe, al igual que mientras ahora asisto a la Santa Misa, había -y hay- quienes conocían y conocen aún la discriminación y el odio. Ante este video, al principio no comprendía su efusión, sin embargo, al ser humanos las emociones se contagian; una sonrisa y una lágrima significan lo mismo en todo el mundo.

De manera que, al observar lo que sucede, llego a la conclusión de que en Occidente nuestra lucha actual es distinta; podría decirse que es más ideológica y de adoctrinamiento. Asimismo, me parece increíble e irónico que los países que nos llevaron el mensaje de Cristo al Nuevo Mundo, como España, son los lugares en que se observa un declive por defender nuestra fe cristiana; dando paso al ateísmo y un marcado islamismo e hinduismo. Mientras que en Oriente es bastante evidente la represión con violencia física y tortura por la creciente fe en nuestro Señor; imagina el caso de Corea del Norte.

Hoy precisamente, vi por azar un video sobre la ordenación de algunos sacerdotes en ¡Corea del Sur! Fue algo impresionante. Al ver a esos muchachos con lágrimas de alegría pude comprender sin palabras, lo mucho que significaba para ellos este momento. Desconozco lo que atravesaron para finalmente consagrar su vida entera a Dios, pero sé que ese llamado es un gran regalo. Y aunque la ceremonia se desarrollaba en un idioma que no entiendo, saber que habrá más sacerdotes ¡Es motivo de júbilo! ¿quién podría perdonar nuestros pecados y oficiar la Santa Misa sino un sacerdote? Cuántas veces los criticamos; no habla muy bien, sus homilías no son animadas, es muy serio, etc., mientras que ellos rezan por ti. Si rezáramos por ellos, cambiaría lo que no nos gusta, pues sería Dios quien tocaría sus corazones. Observa el fervor de un converso al catolicismo o la fe de nuestros hermanos que no tienen libertad ni de tener una Biblia pero ciertamente creen. Tal vez sólo así amemos más a nuestra iglesia; al Cuerpo de Cristo, en que tú y yo somos miembros necesarios.

Con este escrito quiero invitarte a que reflexionemos y a despertar. Allá afuera quieren quitarnos lo más valioso que tenemos: nuestra fe.  ¿Qué vamos a hacer al respecto? Puedes:

  • Orar y rezar el Rosario. Mateo 5, 44-46: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores (…) Porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos y pecadores (…) Si ustedes aman solamente a quienes los aman ¿qué mérito tienen?” .
  • Pedir al Espíritu Santo.Juan 14, 16: “y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes lo conocen, porque está con ustedes y permanecerá en ustedes”.
  • Poner nuestra esperanza en Cristo. Mateo 28, 20: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia“.
  • Transformar con el buen ejemplo.Mateo 7, 15-16: “Cuídense de los falsos profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los reconocerán por sus frutos”.

Y es que, ¿Qué somos sin fe? Seres humanos vulnerables entregados a sus impulsos y deseos temporales. Necesitamos a Dios y a nuestra poderosa intercesora y madre, la Virgen María hoy más que nunca.

En realidad, todo se resume a la sabia frase de Chesterton: “Queremos una Iglesia que mueva al mundo, no una Iglesia que se mueva con el mundo”. Y tú ¿Cómo ayudas?

POST RELACIONADOS

Leave a Comment