Editorial 

Hombres, ¿de poca fe?

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Muchas veces he pensado ¡Qué afortunados fueron los apóstoles, las mujeres y todos aquellos que tuvieron la dicha de ver, seguir y conocer a nuestro Señor Jesús! Y, “si la tierra que pisó Jesús es santa, imagínate el vientre que lo trajo”dice una bella frase. En efecto, María, la primer creyente y discípula, es el gran ejemplo de la dicha que nace en nuestras vidas al estar cerca de Dios.

A pesar de que ni tú ni yo, ni tantos otros cristianos hemos vivido cuando Jesús lo hizo, nos ha quedado algo maravilloso: la Biblia. La Palabra inspirada por Dios. Y una vez que comienzas a hojearla y a detenerte a leerla, es imposible no sorprenderse por el tesoro que yace en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, si le dedicamos unos quince o veinte minutos diarios, llegaremos a conocer muchísimo mejor a quien llamamos Padre, y en el Nuevo Testamento, a su Hijo. De hecho, los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, poseen aspectos trascendentales para conocer más a fondo -a través de sus parábolas y hechos- a nuestro Señor Jesucristo. Es por ello que he querido compartirte esa alegría, que sentí mientras leía a Marcos hace un par de días.

Comencé el Evangelio de San Marcos, y cuando llegué al apartado de Curación de un leproso, me quedé leyendo aquel pasaje una y otra vez; es simplemente alentador. Marcos 1, 40-41 dice: “Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: ‘Quiero, queda limpio’. Al instante se le quitó la lepra y quedó sano”. ¿Qué nos deja entrever de la persona de Cristo tal acción? En lo personal, sentí como si un velo se cayera y revelara algo que pocas veces considero sobre Él: sin dudar ni un momento, y sintiendo compasión, lo sanó. Entonces ¿Por qué nos cuesta creer en tantas circunstancias de nuestras vidas que Jesús nos escucha, que se apiada de nuestros sufrimientos?

Es simplemente hermoso imaginar la escena: el leproso que ha padecido algo tan terrible en aquellos tiempos, ya que eran ciudadanos altamente marginados, se le acerca al que es toda pureza y arrodillándose le dice: si quieres, puedes curarme. ¡Qué fe! Me hace pensar en cuántas veces he dudado diciéndole: –ojalá- pudieras sanar mis heridas. Y observemos que Jesús no se limitó a preguntarle sobre su enfermedad, ni cómo la obtuvo, ni de dónde venía; nada. Nos cuenta el evangelista que sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: ‘Quiero, queda limpio’. Al instante se le quitó la lepra y quedó sano”. Al instante. ¡Por que Él es Dios! Sin embargo, numerosas veces le pedimos con el corazón lleno de dudas, de temores, de creer que no somos lo suficientemente amados como para que nos consuele. Y en parte, es cierto, pues ¿qué somos sino polvo? No obstante, Dios nos ha creado en su Infinito Amor, y como Padre amoroso, cuida de sus criaturas.

Quisiera destacar la sencilla frase -pero a la vez tan reveladora- de aquel leproso: si quieres, puedes curarme. Es decir: con sólo quererlo Señor, tú todo lo puedes. Y, ¿Cómo adentrarnos en el infinito amor que nos tiene Jesús? La respuesta lo reveló todo, cuando le respondió: quiero, queda sano. No sólo imagines, sino experimenta y siente ese gran amor que Dios tiene por ti. En cada súplica y oración que elevas desde el corazón, hecha con fervor y devoción, y si va de acuerdo a Sus planes, Él te responderá con enorme cariño: quiero, sana hijo mío. 

Otro pasaje un poco más adelante, aún de San Marcos, me ha emocionado. Es bastante conocido, es aquel en que Jesús calma la tempestad. Dice así,

“Al atardecer de aquel mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Crucemos a la otra orilla del lago’. Despidieron a la gente y lo llevaron en la barca en que estaba. También lo acompañaban otras barcas. De pronto se levantó un gran temporal y las olas se estrellaban contra la barca, que se iba llenando de agua. Mientras tanto Jesús dormía en la popa sobre un cojín. Lo despertaron diciendo: ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’ Él entonces de despertó. Se encaró con el viento y dijo al mar: ‘Cállate, cálmate’. El viento se apaciguó y siguió una gran calma. Después les dijo: ‘¿Por qué son tan miedosos? ¿Todavía no tienen fe?’. Pero ellos estaban muy asustados por lo ocurrido y se preguntaban unos a otros: ‘¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?’” (Mc 4,35-41). 

Lo que me conmueve es el pensar que aún estando con Jesús, a su lado, ¡tenemos miedo! Seguramente yo también habría temido por mi vida y sobre el riesgo de caer de la barca, como los discípulos. Pero, imaginemos toda la escena: nuestro Señor, durmiendo tranquilamente, mientras sus discípulos comienzan a inquietarse tras la creciente tormenta. Pues seguramente pasaron unos minutos antes de que se alarmaran, pero al darse cuenta de que eso iba empeorando -ya que las olas se estrellaban contra la barca- se estremecieron ante la fuerza de la naturaleza. Y es que ése es precisamente un temor muy humano: el miedo a lo que no podemos controlar; a aquello que nos escapa de las manos. Si hubieran temido porque la barca se agrietaba, el pánico se hubiera contenido si se tuvieran las herramientas adecuadas para arreglarlo. Pero ¿Una tormenta? Eso no podemos detenerlo, de modo que se vieron en la necesidad de despertar a Jesús.

Ahora imagina la quietud con que nuestro Señor se ponía de pie, así como la seguridad y firmeza con que le decía al viento y al mar: ‘Cállate, cálmate’. De manera que “el viento se apaciguó y siguió una gran calma”. Y es que aunque sepamos que vamos en la misma barca, que Dios nos acompaña muy de cerca, temblamos ante los problemas que, sentimos nos sobrepasan. Entonces, viene la reprimenda dulce de nuestro Señor: ‘¿Por qué son tan miedosos? ¿Todavía no tienen fe?’Notemos el “todavía”. Es decir, a pesar de que yo voy con ustedes y que me han visto hacer milagros y curaciones ¿Aún no me creen? En efecto, ¿Qué necesitamos para aceptar que Él es quien todo lo hizo y todo lo puede?

Lo cual me hace recordar a Tomás, quien reclamó tener que “ver para creer”. Pero Cristo resucitado se lo concedió conociendo su corazón incrédulo, y en efecto algo hermoso brotó de aquello. Tomás confiesa: ¡Señor mío y Dios mío! En aquel momento, el Señor sana aquella desconfianza y reanima su fe. Dios nos ama, y desea ardientemente que le conozcamos y profundicemos en el océano de su Infinito Amor y Misericordia Divina. Él conoce nuestra naturaleza, y por consiguiente, nuestra debilidad hacia la duda. Pero, si esto es constante y desmedido, aún cuando Cristo nos muestre sus llagas y nos permita acariciarlas, nos cobijaremos bajo el miedo a creer.

Por ello, te invito a que decidamos conocer al que es el Camino y la Luz; a quien aquieta nuestras tempestades interiores con tan sólo una palabra. A que amemos a quien es el Amor y la Vida; a quien sana nuestras heridas con tan sólo quererlo. A quien a pesar de estar frente a la muerte de su gran amigo Lázaro, responde a su hermana Marta, quien insistía en que nada podía hacerse: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? le contestó Jesús(Jn 11:40).

Porque tal como lo afirma la primera carta de Juan 5,4: “Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe”. 

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