Editorial 

El abrazo de Cristo

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

El cielo es el abrazo de Cristo. Esta frase me conmovió enormemente cuando durante la homilía del domingo pasado, el sacerdote la dijo con certeza y alegría. Recuerdo también que lleno de entusiasmo comentó al final: “Si tuviera a Jesús frente a mí, le daría un gran abrazo… deseo tanto decirle ‘gracias por amarme como soy’ , ‘gracias por creer en mí’…”. En aquel momento lo primero que me vino a la mente fue, ¿Qué le diría yo a mi Señor si lo tuviera frente a frente? O pensándolo bien, ¿Deseo ese encuentro con ánimo y me he preparado para él?

El ser cristianos es un constante aspirar a la santidad, lo cual es una lucha que puede parecernos agotadora ¡hasta imposible! Pero te invito a reflexionar cada una de estas preguntas, y siendo sincero, darles una respuesta en tu interior: ¿Para qué vas a Misa? ¿Para qué acudes a la confesión y con qué motivo buscas recibir la Eucaristía? ¿Con qué finalidad cumples los mandamientos del Señor? Es decir, ¿Cuál es tu verdadero motivo de creer en Alguien que no ves?

Al detener unos momentos nuestra agitada agenda para reflexionar un poco, nos daremos cuenta de que la mayoría de las veces es algo mecánico; llevar a cabo todo lo anterior es algo que ‘debo hacer’ o que sigo por tradición familiar. En cuanto a esto último, recordemos algo de suma importancia: la fe no es algo que se transmite por un papel en que se dice que has sido bautizado o que hiciste tu Primera Comunión. Va mucho más allá; tu fe es tu forma de vida, son los valores que profesas y con los cuales riges tus decisiones. 

Sin embargo, ¿Cuánto hacemos con la verdadera intención de agradar a Dios? No te preocupes, a todos nos ha sucedido encontrarnos en una situación en que cumplimos con los sacramentos por nuestra reputación ante los demás. No obstante, lo realmente trascendente es que busques llegar a ese momento en que seas tú quien anhele con fuerza encontrarse con Cristo. En ocasiones es a través de una canción, un amigo, un programa de tele, un libro, una homilía lo que nos toca el corazón -aunque en realidad es el Señor llamándonos hacia Él-. Como dice en 1 Juan 4, 10 “En esto está el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero…” ¡Qué bello es saber que alguien te busca antes de que tú pienses siquiera en acudir a su encuentro!

Algo que me ha parecido importantísimo y que me aclaró una gran inquietud es lo que han dicho el Padre Jorge Loring (+) y Fray Nelson Medina, entre otros predicadores sobre la fe. Ellos han dejado claro que acudir a la Santa Misa, así como quedarnos en silencio frente al Santísimo o simplemente a detenernos a orar, no está ligado a los sentimientos, sino al amor. Y el amor es una decisión. Es interesante, pues parece un tema sencillo, pero ¡qué poco lo comprendemos! El cuestionamiento se vuelve ¿Alguna vez has dejado de ir a Misa, o has dejado de orar porque -no sientes- ganas? Al estar en Misa ¿Te aburres porque no sientes nada mientras sucede todo? Bueno, pues lo que dejaron claro los autores anteriores es que la Misa, el amar o rendirle adoración a Dios no se basa en sentimientos. Tal como lo decía el P. Jorge Loring, “No porque alguien no conozca el valor de un diamante, éste vale menos… aunque me dieran todos los millones del mundo, jamás los cambiaría por la Misa”. Él defendía el valor infinito, incomparable de la celebración eucarística, porque lo conocía.

Y volvemos a esa frase que suelo repetir constantemente: no se puede amar lo que no se conoce. Por ejemplo, una vez que terminé de leer el libro de La Cena del Cordero de Scott Hahn, comprendí que cada Misa es el cielo en la tierra. De manera que, cuando acudes cada domingo o entre semana a esta celebración, estás con todos los ángeles y los santos, con María, el Padre y el Espíritu Santo presenciando el milagro más grande de todos los tiempos. Así es, el mayor milagro acontece entre las cuatro paredes de una Iglesia. Entonces, al saber esto y valorarlo, todo se transforma; desde que cruzas la puerta de entrada de la casa de Dios y te persignas ante el altar, tu corazón se eleva y se concentra más en cada detalle, en cada silencio, palabra y canto. Por el contrario, cuando desconocemos lo que sucede todo se vuelve nada; nos sentamos, nos paramos y nos arrodillamos, así, sin más. Y hacer esto es como estar frente a Jesús, viéndolo ahí ante nosotros con los brazos abiertos, celebrando la Última Cena y volver el pan en su Cuerpo y su Sangre, e ignorarle por completo. Y estoy segura que no actuarías así, si estuvieras consciente de ello.

¿Qué hacer? A continuación te presento algunos sencillos pasos para crecer en tu fe:

  • Empecemos leyendo la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento. En esta parte de la Biblia puedo asegurarte que aprenderás a conocer y a descubrir a nuestro Señor con mayor profundidad. Con cada gesto, palabra nos adentramos en el amor infinito que siente por nosotros y que lo ha hecho venir.
  • Recemos el Santo Rosario. Si tienes una agenda muy apretada, reza uno o dos en la mañana y deja el resto para la noche. En cualquier tiempo libre que tengas, reanúdalo. Lo importante es que encuentres ese espacio para nuestra Madre.
  • Acude a visitar al Santísimo. Es maravilloso el cambio que notarás en tu vida si es algo constante. Aunque te sea posible pasar 15 minutos, pero vívelos con calidad. Estás frente a tu Señor y Dios. ¿Qué le dirías?
  • Menciona en tu corazón o en voz alta si gustas, el nombre de Jesús y de María. Nombres que nos llenan el corazón de amor y paz en momentos de angustia. Si quieres, puedes agregar algo como: Jesús, confío en Ti; Señor Jesús te amo; María, bendita eres. Mamita María cúbreme bajo tu manto. En ocasiones notarás que algunas vienen a tu corazón naturalmente.
  • Pide al Espíritu Santo que guíe tu vida. Que aclare las decisiones que debes tomar, lo que debes decir y cómo decirlo. Ya verás como sientes tranquilidad al confiarlo a Dios.
  • Acudamos frecuentemente a los sacramentos (sobre todo confesión y Eucaristía). Nuestro Señor conoce nuestras debilidades, los males que nos aquejan, las guerras externas e internas que libramos y lo que necesitamos. Recuerda, Él ya ha vencido a nuestro enemigo con su humildad y obediencia al Padre hasta el final.

Lo más importante es el amor. Y la Madre de Dios y madre nuestra es el claro ejemplo de ello. Tanto amó a Dios, que ella nos dignificó a todos. Como expresó el poeta Dante: Tú eres aquella que ennobleció tanto la naturaleza humana, que su Creador no desdeñó convertirse en hechura tuya”. Ella, en conjunto con todos los santos, conocen la dicha y la felicidad infinita de vivir en el cielo. Entonces, encuentra sentido aquella frase que escuché: el cielo es el abrazo de Cristo, pues Él quiere que lleguemos, y sobre todo, recibirnos con los brazos abiertos, para siempre.

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