Editorial 

Del pensamiento a la acción

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Buscando en el rincón de mis pensamientos encontré algunos dentro de un baúl. Llevaban guardados tanto tiempo que parecerían estar cubiertos de polvo. ¿Qué era esto que había encontrado en mi interior? Todas mis buenas intenciones. Y, ¿Qué es una intención? Por ejemplo, la Real Academia Española (RAE) señala que la intención es la ‘determinación de la voluntad en orden a un fin’. Es decir, querer llevar a cabo algo con un objetivo. Estoy segura que todos tenemos ese baúl, repleto de muchas bellas acciones, que hubiéramos querido realizar. Sin embargo, el tiempo, el ánimo, las circunstancias o simplemente la pereza se interpusieron en el camino. Precisamente ahí radica la diferencia entre la acción y la intención; la primera se realiza, mientras que la segunda se pospone o se pierde entre tantas otras cosas deseables.

“El infierno está empedrado de buenas intenciones” dice una frase que algunos atribuyen al monje San Bernardo de Claraval. Tal vez suene radical, pero en lo personal, considero que es cierto. Probablemente otra forma de decirlo sería “las buenas intenciones, son sólo eso, intenciones, que no logran su impacto. Observando a nuestro mundo, nos damos cuenta de que no bastan esos buenos deseos por mejorar algo, o esas ideas que no fructifican, porque jamás fueron dichas. Aquello que necesitamos -todos- es una sencilla intención que se materialice; es primordial que hagamos más que sólo anhelemos.

 El mejor ejemplo, personalmente considero, ha sido nuestra madre, la Virgen María. Una joven dedicada completamente a Dios, que esperaba con gran entusiasmo la venida del Mesías. Llevaba esa intención de agradar al Señor en su corazón, y en cada una de sus acciones, era visible para los demás aquella adoración constante. Además, una vez venido el arcángel Gabriel a anunciarle tan grande honor -convertirse en la madre de Dios-, nació una buena intención en su corazón: servir. Ella no se quedó en casa anhelando poder ayudar a su prima santa Isabel en los últimos meses del embarazo así como en el parto, sino que tal como lo expresa San Lucas 1,39 “Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora…”. Es decir, hubo ese interés seguido de una obra.

Nuevamente observamos a nuestra madre, en esta ocasión, en las boda de Caná. Al comprender que ya no tenían vino, una situación vergonzosa para los novios pues aún no terminaba la celebración, nació una bella intención en su corazón: ayudar. De forma discreta le dijo a su Hijo “No tienen vino” (Jn 2,3). Notemos que ella no se quedó en silencio, con una gran intención, sin más. Y en esto quisiera aprovechar para comentarte algo importante: María es la ‘llena de gracia’, del griego kejaritomene, es decir, que expresa una gracia perfecta y en plenitud. Además, el Espíritu Santo guía su vida. De manera que cuando Jesús le responde “¿Qué quieres de mí, Mujer? Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2,4), muchas han sido las interpretaciones en que se considera que nuestro Señor la trata mal. Pero te has preguntado, ¿Por qué Jesús accede y convierte el agua en vino? 

Esto es porque Él estaba esperando el momento, esa señal que el Padre le daría para comenzar su vida pública. Y precisamente, esa señal la reconoce en su madre, María, quien llena del Espíritu Santo le hace la petición. Además, algo hermoso que nos pide con cariño nuestra madre es lo que dice en las últimas palabras con que se expresará en el Nuevo Testamento: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2,5). Este es el último diálogo de ella, invitando abiertamente a seguir y confiar en Jesús.

Si hay un ser humano que cumplió en todo momento la voluntad del Padre, esa ha sido la Santísima Virgen María. Es ella quien nos demuestra que las intenciones del corazón son excelentes y buenas, pero siempre deben estar seguidas por la acción. Pues ¿Qué hubiera sido de su prima santa Isabel sin su ayuda, así como aquella celebración sin vino? De nada hubiera servido que María, inundada de buenas intenciones, se limitase al silencio. Entonces aprendamos, como nuestra Madre celestial, a realizar todas nuestras buenas intenciones; no importa que tan pequeñas sean, pues no hay nada que sea insignificante para nuestro Padre.

Aprovechemos este tiempo de Cuaresma, espacio de oración, ayuno y penitencia, para que nuestras buenas intenciones sean más que eso; dejemos que éstas brillen convertidas en un bien para el beneficio de nuestros hermanos. Que cada vez que te venga un pensamiento a la mente, éste no se quede en el baúl de los recuerdos, empolvado y olvidado; sino que ilumine, y de abundante fruto.

Sabes, muchas veces lo que Dios necesita de nosotros es que pongamos manos a la obra, para que sea Él quien haga el resto. Como lo diría san Pablo a los Tesalonicenses 3,13: “No se cansen de hacer el bien”.

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