Editorial 

La verdadera discapacidad es no poder amar

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Recuerdo cuando a mis quince años acudí con la escuela a un centro de personas con capacidades diferentes, por motivo de nuestra conciencia social hacia este grupo de personas. Además la finalidad era pasar lo que se conoce como el “Día de la sonrisa” en su compañía. Recuerdo que íbamos todos -mis compañeros y yo- vestidos con una camiseta amarilla que llevaba en el centro una carita feliz en tinta negra ¡Había que contagiar la alegría!

No puedo olvidar que nos formaron en filas en el patio afuera del edificio y se nos asignó, a cada uno de nosotros, a un joven o niño con alguna discapacidad. Al ser mi turno me daba cuenta de que me había tocado un joven de mi misma edad, que tenía ambas manos encorvadas hacia adentro y su cabeza caía ligeramente hacia el lado derecho. Estaba sentado en una silla de ruedas especial para él, y cuando quería hablar, sus palabras me eran difíciles de comprender. Mientras cuento esto aún siento aquella sensación recorrer mi cuerpo; sentía tristeza, admiración, impotencia pero sobre todo preguntas que pasaban por mi mente.

Intentaba una y otra vez no dejar que las lágrimas en mi rostro fueran notorias. Las desvanecía rápidamente con la parte externa de mis manos. Cuando intentaba sonreírle, mi mentón temblaba como una niña pequeña que quiere llorar. Me pensaba ¡Qué mala era para contagiar la alegría! Yo que había venido a animar a este gentil ser humano frente a mí, y era yo quien estaba llorando y pensando tantas cosas.

Bueno, finalmente intenté hacer lo mejor que pude hasta que nos llamaron para regresar a la escuela en el autobús que nos había traído. Al despedirme de él, y buscar un asiento en el autobús cerca de la ventana, recuerdo que pensé muchas cosas. Y preguntándome por el motivo de mi llanto hacía algunos momentos, caía en la cuenta de que me llenaba de tristeza y dolor cuando pensaba “¿Y si él fuera mi hermano?… ¿Y si él fuera mi hijo?“. Todo el trayecto de regreso miraba por la ventana pensando en una y mil cosas a la vez. Qué difícil era comprender ese “mundo” hasta ahora desconocido para mí.

Hoy, después de varios años recuerdo como una gran lección a aquel joven. Me enseñó el poco contacto que yo tenía con realidades distintas a la mía; con el sufrimiento o con la dependencia de otra persona para llevar a cabo las cosas ordinarias. Entonces, reflexioné. Recuerdo una frase que un día escuché hace años en donde una persona le preguntaba  a otra: “¿Por qué existe el sufrimiento y le enfermedad?“, a lo que el otro contestó: “Para encontrar en ellos el poder de Dios”.

Lo cual puede remontarnos a los tiempos de Jesús y cuando él hacía sus milagros. ¿Sanaba a caso a los sanos y felices? No, al menos con prioridad. Nuestro Señor dejaba entrever su gloria, su poder y su amor con los más desfavorecidos curándolos y consolándolos en su dolor. Qué maravilloso es saber (e imaginar como si estuviéramos ahí), que Jesús fue a las periferias, ayudando a quienes nadie tenía por valiosos, y los sanó de cuerpo y alma. Él no se conformaba con un alivio físico, sino sembraba una semilla de cambio y amor. Y me gusta pensar que de igual manera sigue actuando hoy. En los que tienen alguna discapacidad, enfermedad o mal, es en donde con mayor fuerza se observa el amor de Dios para con sus hijos. Y ¡Cuánta falta hace que nos involucremos con nuestros hermanos también! Sobre este tema hay algo que me ha movido.

No sé si conocen a Fray Nelson Medina, un fraile dominico de Colombia. Sus predicaciones, las cuales pueden encontrare en el internet, son muy interesantes y bastante enriquecedoras. Fray Nelson decía en una de sus charlas que hace falta que nuestros hijos, vecinos, sobrinos o nietos, en fin todos los jóvenes y niños, tengan un contacto con una realidad diferente a la suya. Es decir, llevarlos a los lugares de necesidad; por ejemplo a un orfanato, asilo, centro para personas discapacitadas etc. Por supuesto, explicándoles antes lo que verán para hacerles conciencia sobre las otras formas de vida que existen; no todos tienen padres, no todos viven con comodidades, no todos tienen salud, no todos tienen comida y vestido en abundancia, por mencionar algunos.

¿Qué ganamos con ello? Misericordia; sentir con el otro su dolor. Piénsalo. Si todos estuviéramos conscientes de lo que sucede en las periferias, si practicáramos la empatía con los demás ¿Qué mundo tendríamos? Pues esos niños y jóvenes el día de mañana, serán los dirigentes, presidentes, jueces y trabajadores sociales que llevarán un país. Me ha encantado su idea porque es cierto. Yo experimenté con aquel joven del que les contaba, mi inexperiencia para atenderlo con entereza; no sabía cómo tratarlo, qué decirle, cómo ayudarle. De manera que lo que va sucediendo es que cuando no nos identificamos con algo, nos alejamos. Y así pasa hoy. ¿No logro entenderme con el pobre, el que sufre, el que llora, el que pide? Entonces lo ignoro. Y qué desafortunado sería que nuestras generaciones futuras crezcan pensando que lo que ellos no ven o con lo que no conviven, simplemente “no existe”.

Considero que al abrirnos o enfrentarnos a una realidad distinta a la nuestra, descubrimos más la humanidad de la que estamos hechos. Esto, pues al convivir estrechamente con aquellas situaciones de las que normalmente huiríamos o ignoraríamos, nos serían de gran crecimiento personal. De manera que no sería nada extraño llegar a comprender mejor a nuestro prójimo. ¿Y por qué no decir que nos exponemos a una realidad que pudo ser la nuestra? Aunque lo veamos tan lejos, puede estar tan cerca; en un primo, amigo, hijo, compañero.

Quiero señalar que lo que buscamos es la empatía y la misericordia, pero jamás la lástima ni el menosprecio. Pues ellos son tan valiosos como nosotros, somos hechos por el mismo Padre, quien nos llenó de la gran capacidad de amar. Además, aprovechemos la situación para cuestionarnos ¿Tengo discapacidad para amar a quienes no son como yo?

Quiero invitarte a tomar conciencia del amor y la riqueza que puede encontrarse en aquellos que la sociedad prefiere esconder, discriminar o tratar como una “carga”. Ellos son nuestros hermanos. Pensemos en todos los santos en nuestra Iglesia católica y la manera en que amaron con fervor las cosas de Dios, ayudando a los más desfavorecidos y necesitados. Y te pregunto, ¿Te gustaría ser santo pero crees que es algo difícil? Estas palabras pueden ayudarte: “La santidad no es un lujo para pocos; es una tarea simple, porque si aprendemos a amar, aprendemos a ser santos” – santa Madre Teresa de Calcuta.

¡Ánimo! Que caminando de la mano de nuestra hermosa y santa Madre María nada es imposible.

POST RELACIONADOS

Leave a Comment