Editorial 

Jesús le reveló: “Yo soy la Misericordia”

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Me parece que todos -sino es que la mayoría- hemos caído, durante algún tiempo de nuestra vida, en una idea equivocada de Dios. Muchas veces, debido a la ignorancia, se nos habla de un Dios castigador: “si haces esto o el otro te va a castigar/ya no te querrá/ te condenará al infierno”, etc. O todo lo contrario. En efecto, puede ser que ya de adultos lo percibimos como un Dios Light, es decir, lo hemos vuelto un Dios “permite todo”. Lo que me recuerda la frase que dice: “si tu dios te permite todo, entonces tú eres tu propio dios“.

Existen diversos “modelos” en los que encajamos a Dios. Precisamente sobre este tema habla el Padre Ángel Espinosa de los Monteros (recomiendo su video “Un Dios a tu medida”). El Padre Espinosa explica cada uno de los nueve tiposde Dios que nos creamos. Sin embargo, en lo personal y para efectos de la reflexión de este artículo me basaré en uno en particular: el Dios castigador.

A veces tengo la impresión de que la idea más errónea y desafortunada sobre la que colocamos a nuestro Señor, es aquella etiqueta de: castigador, cruel, vengador. Como si solamente estuviera pendiente de mis malos comportamientos o pensamientos para darme “mi merecido”. Créeme, si así fuera, viviríamos un infierno constante. Pues como nuestro pecado original nos debilita, caeríamos frecuentemente en lo que desagrada a Dios, quien no tendría más remedio que reprendernos y castigarnos. Pero afortunadamente no es así.

De hecho, aquí viene lo maravilloso y alentador. El mismísimo Jesús apareciéndose en 1931 a Santa Faustina Kowalska, una monja polonesa, le habló sobre su Divina Misericordia. Con ello, la animó a rezar y a divulgar lo que conocemos como la Coronilla a esta devoción además de venerar la imagen donde se lee “Jesús en Ti confío” y en que brotan dos rayos de su pecho: agua y sangre de su corazón. Ahora, te invito a que prestes especial atención a algunas de las palabras que nuestro Salvador le dijo: “Oh, cuánto Me hiere la desconfianza del alma. Esta alma reconoce que soy santo y justo, y no cree que Yo soy la Misericordia, no confía en Mi bondad. También los demonios admiran Mi justicia, pero no creen en Mi bondad” (Diario #300, p.153).

“¡Cuánto deseo la salvación de las almas! Mi querida secretaria, escribe que deseo volcar mi Vida Divina en las almas humanas y santificarlas, con tal de que quieran recibir mi Gracia. Los más grandes pecadores podrían alcanzar una gran santidad si solamente tuvieran confianza en mi Misericordia. Mis entrañas están colmadas de Misericordia, que es derramada sobre todo lo que he creado. Mi delicia consiste en el obrar en las almas de los hombres, llenarlas con mi Misericordia y justificarlas” (Diario #1784, p. 628). Además, con amor le dijo: “Oh, si los pecadores conocieran Mi misericordia no perecería un número tan grande de ellos. Diles a las almas pecadoras que no tengan miedo de acercarse a Mí, habla de Mi gran misericordia” (Diario #1396, p. 496)

¿Qué duda nos queda sobre el amor de Dios hacia sus criaturas, hacia sus hijos? ¿Por qué preferimos anclarnos en su Justicia en lugar de admirar, agradecer y aprovechar el perdón en el mar de su Divina Misericordia? Considera lo siguiente: si Dios todo lo puede en cantidad infinita ¡Con qué profundidad puede amarnos! Precisamente también le hizo saber a Santa Faustina que Su corazón “se alegra de este título de misericordia. Proclama que la misericordia es el atributo más grande de Dios. Todas las obras de Mis manos están coronadas por la misericordia” (Diario #300 p.153). Por supuesto que al ser nuestro Padre, nos cuidará y protegerá de las malas decisiones, si se lo permitimos. Tal como un padre no le daría a su hijo de 3 años un cuchillo o unas tijeras por el peligro, de igual manera Dios no nos daría lo que nos haga un daño (aunque a veces eso nos haga sentir que no nos ama, que nos ignora o que no escucha nuestras oraciones).

Quiero invitarte con gran cariño a que reflexionemos sobre cuánto conocemos – y amamos- a quien llamamos “Padre nuestro” en la oración y a quien adoramos en la Eucaristía. De manera que, antes de cualquier atributo que vayamos a adjudicarle, recordemos lo que Él nos ha revelado a través de Santa Faustina: Proclama que la misericordia es el atributo más grande de Dios. ¡Con qué claridad lo ha afirmado! Por ello, nos invita constantemente a acudir, con amor y confianza, al sacramento de la Reconciliación; Jesús quiere escuchar lo que hay en tu corazón para darte ese perdón que jamás se agota. Tal como lo dijo el Papa Francisco: “El rostro de Dios es el de un Padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Han pensado ustedes en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Esa, es pues su misericordia. Siempre tiene paciencia: tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, nunca se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con un corazón contrito. No debemos olvidar esta palabra: ¡Dios nunca se cansa de perdonarnos, nunca!”. 

Mostremos a nuestros hijos, compañeros, esposos o desconocidos que nuestro Señor y Dios es todo Amor y Misericordia. Hablemos con alegría de ese Padre que nos envió a su único Hijo para ¡salvarnos de la condenación eterna! Proclamemos la grandeza de Aquel que dejaría a las 99 ovejas para acudir a nuestra búsqueda; de Aquel que nos recibe con honor y dignidad aún habiendo perdido todo por nuestro pecado, tal como recibió al hijo pródigo.

Entonces, cuando te sientas indigno de estar en la presencia del Padre, de mirarlo; cuando te digas hipócrita por pecar y aún orarle, yo te digo: jamás te alejes de Su lado. Jamás desistas en saber con todo tu corazón que -más que juzgarte- Él te ama. Nuestro enemigo quiere desanimarnos, convencernos de que no hay solución; de que no “merecemos” su perdón. Pero tú mantente tranquilo y confía. Porque algo es cierto: “No hay lugar más alto, que estar a los pies de Jesús”. 

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