Opinión 

El Salvador: la vida no es negociable

Autor Héctor Menjivar| Blog de Hector.

En la Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, el Sacramento de la Caridad, el Papa Benedicto XVI, hace la más notable síntesis de los valores que deben guiar el actuar político de los católicos cuando en el numeral 83, hablando de la Coherencia Eucarística, señala que: “el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas”, son VALORES NO NEGOCIABLES para quienes decimos ser Católicos.

Como bien señala Su Santidad en ese mismo párrafo, estos valores revisten especial importancia para quienes toman decisiones al respecto en las sociedades pero a su vez declara que son igualmente válidos para todos los bautizados.

En el mundo de nuestros días, y especialmente en este momento de la historia de El Salvador, estos Valores con los que no podemos negociar bajo ninguna circunstancia, requieren de nuestra urgente atención pues están bajo un tremendo y fiero ataque.

A finales del año pasado la diputada del FMLN Lorena Peña presento una pieza de correspondencia solicitando la legalización del aborto. Por esos mismos días, miembros de los grupos homosexuales de presión política pidieron a la Corte Suprema de Justicia que se legalizaran las uniones entre personas del mismo sexo asumiendo la figura del matrimonio.

En ambos casos se apela a derechos humanos inexistentes para justificar el torcer las leyes humanas a gusto y antojo de unos pocos individuos que en su afán de imponernos, lo que Su Santidad Francisco ha denominado muy bien un modelo de “Colonialismo Ideológico”, no escatiman ni gastos ni recursos.

En esta ocasión quiero referirme al primero de nuestros valores no negociables: El respeto y defensa de toda vida humana desde la concepción hasta su fin natural.

Respetar y defender la vida implica dos acciones concretas y complementarias. La primera, RESPETAR, probablemente no requiera mayor explicación por cuanto, desde nuestra humana condición debemos honrar el mayo don de Dios al hombre que es la vida misma.

La segunda, DEFENDER, es una llamado a oponerse activamente y por todos los medios licitos a nuestro alcance a cualquier forma de violencia contra cualquier ser humano, pero especialmente la que se ejerce, o pretende ejercer, contra los más indefensos.

Nuestro Beato Monseñor Romero fue lapidario al señalar que el aborto es un crimen abominable, también dijo proféticamente que a los que apoyan el aborto no les gusta que la Iglesia, que somos todos nosotros, se manifieste en contra pues algo tienen contra el Decalogo de nuestra Fe.

El “derechohumanismo” de los pocos pretende que se ignore el clamor universal de las mujeres y hombres de bien que vemos en cada niño que nace la reafirmación de la confianza de Dios en nosotros para el cuida de Su Creación.

Rasgan sus vestiduras, como los hipócritas fariseos de las Escrituras, exigiendo que se vele por los derechos humanos de las mujeres mientras desconocen los derecho del concebido y pretenden que nuestras leyes legalicen descuartizar mujeres y hombres en el vientre de sus madres.

Hablan de la salud de las mujeres cuando el aborto no significa la cura de ninguna dolencia sino el génesis de terribles secuelas físicas y mentales para las mujeres que asesinan a sus propios hijos.

Gritan a los cuatro vientos el abandono en que las sociedades dejan a las madres que deciden parir a sus hijos en condiciones precarias, pero ocultan que ellos simplemente las dejan botadas, literalmente, después de haberlas sometido a sus criminales practicas.

Pretenden hacer bandera con el alarmante número de violaciones, exigiendo que se asesine a los inocentes, convirtiendo a las víctimas de ese horror social en asesinas, pero se oponen sistemáticamente a que se castigue a los violadores.

Apelan a la libertad de elegir de la mujer mientras quieren que como sociedad le neguemos el derecho a la existencia a miles.

El Aborto es el más cruel, violento y sangriento asesinato contra el ser humano más indefenso. Su legalización implica el fracaso colectivo de las sociedades modernas y todo por el afán de lucro de algunos.

Dije antes que el Papa Benedicto XVI hablo en la Sacramentum Caritatis sobre la coherencia eucarística y es que no podemos acudir a la Comunión, al Cuerpo de Cristo, si ignoramos el mandato divino NO MATARAS.

Es tiempo de ser auténticamente “la voz de los sin voz”, la voz de esos niños a los que algunos no quieren siquiera que se les deje llorar.

Es momento de asumir el rol de profetas que Dios nos confiere en Cristo Jesús y denunciar las intenciones de pisotear la dignidad humana vengan de quien vengan más allá de ideologías o partidos.

Es momento de que todos empecemos a poner primero lo que de verdad importa: la vida antes que la muerte y nuestra fe antes que cualquier partido político.

Desde la tierra en que fue derramada la sangre del justo clama justicia dijo San Juan Pablo II, Quiera Dios que no sea, por nuestra complicidad o silencio, que esos gritos se eleven desde esta patria que lleva su Santo Nombre.

Dios los bendiga siempre y nos dé a todos el valor de hacer lo que debemos y no solo lo que queremos.}

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