Opinión 

Un amor que sorprende

Una persona buena recibe, casi espontáneamente, amor. Sus méritos, su simpatía, su generosidad, su entrega a los otros, llevan a muchos a alabarla y a amarla.

Una persona mala provoca condenas. Sus malas acciones, su egoísmo, su astucia, su corrupción, sus perezas, provocan, en muchos, rabia y juicios de rechazo.

Misteriosamente, Dios no sólo ama y se complace en los buenos, los generosos, los humildes, los pacientes, sino que también dirige una mirada llena de misericordia hacia los malos y pecadores.

El amor de Dios nos sorprende. Va más allá de nuestros parámetros. Incluso parece injusto, según aquel texto atribuido a san Agustín: “Si no fueses Dios, serías injusto, porque hemos pecado gravemente… y Tú Te has aplacado. Nosotros Te provocamos a la ira, y Tú en cambio nos conduces a la misericordia”.

¿Por qué ama así Dios? Solamente Él puede dar la respuesta. Mientras, los que nos reconocemos pecadores, los que aceptamos con pena que muchas veces hemos realizado el mal, descubrimos con esperanza que hay un Padre que busca mil maneras para atraernos hacia sí.

“Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer” dice Dios a través del profeta Oseas (Os 11,4).

Cristo llevó a su culmen la revelación de ese amor del Padre hacia los pecadores. Vino precisamente por ellos, por nosotros, por los que no fuimos capaces de ser justos (cf. Mt 9,13).

San Pablo comentaba, admirado, este gran misterio de la misericordia: “mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm5,6?9).

Así es el amor misericordioso de Dios. “No nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas” (Sal 103,10?11). Nos ofrece, sencilla y humildemente, una mano para sacarnos del mal y para que podamos, ya desde ahora, acoger su ternura y empezar una vida nueva como hijos muy amados.

Por Fernando Pascual |

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