Editorial 

La raíz de mi alegría

Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Me parece increíble observar que hay algo que no cambiará nunca: nuestra humanidad. Un ser humano en la época de Jesús y uno hoy, al exponerse a bajas temperaturas tendrá frío; si pierde a un ser querido sufrirá; y si fuese marginado y excluido de la sociedad, perdería gran parte del sentido por la vida. En realidad, lo que ha cambiado es nuestra forma de experimentar la vida diaria.

Por ejemplo, aún tenemos dos piernas; la diferencia es que antes las personas se trasladaban de un lugar a otro caminando o sobre algún animal. Por otra parte, hoy tenemos a los medios de transporte que eliminan en gran parte ese trabajo físico. Lo mismo sucede con la fuente de nuestra alegría. Antes podría ser de gran alivio contar con el sustento alimenticio básico y una educación general, mientras que hoy nos hemos creado ‘necesidades’ superficiales y pasajeras. En lo personal considero que en esto reside la barrera hacia una felicidad real.

En ocasiones me gusta hacerme la pregunta, ¿Realmente necesito esto? ¿Me sucede algo por no tenerlo? Es cierto que hoy existe una línea muy delgada entre necesidad y deseo, de manera que solemos confundirlos o hasta difuminarlos sin poderlos distinguir. No sé si te ha pasado, pero en lo personal, cuántas veces he adquirido cosas -que a la semana o al mes- ya no uso ni recuerdo. Y al darme cuenta de aquello me siento insatisfecha, pues ese dinero pude administrarlo de una manera más provechosa.

Pero no toda la infelicidad está basada en el dinero, como muchos creerían. Es algo más profundo; menos tangible. Gran prueba de ello son las personas que lo han tenido todo; fama, poder, estatus, renombre y aun así se han sentido desdichados. El dinero en sí mismo no es malo, hay que aclarar esto. Sin embargo, el deseo desmedido por éste, así como colocar nuestra razón de vivir en él, son un error grave que conduce al deterioro de un corazón libre; pues la codicia y la avaricia esclavizan.

Recuerdo una pequeña historia que explicaba claramente el tema. Decía así: “Imagina que estás en medio de un bosque y que hace mucho frío. La nieve está por todas partes y tú no estás bien vestido. Tus ropas están mojadas al igual que tus zapatos; tu cuerpo se sacude y tiembla, pues no soporta esas bajas temperaturas; no sabes si podrás aguantar mucho tiempo. Te sientes triste, impotente, asustado. Pero de pronto, ves a lo lejos una cabaña con luces prendidas y una chimenea humeante. Corres hacia ella con gran esperanza. Al llegar, te abre la puerta un extraño quien te invita a pasar, tomar un baño caliente y vestirte con ropa seca. Finalmente te coloca cerca de la chimenea y te da un vaso de chocolate caliente. ¡Qué alivio! ¿Cuánto necesitaste para pasar de la tristeza a la alegría? ¡Muy poco! Al ver tus necesidades básicas cumplidas te sentiste satisfecho”.

Así de sencilla puede ser nuestra vida. Piensa en esto: si al encontrarte en el bosque y estar al punto de congelación te hubieran ofrecido un anillo de diamantes, o los zapatos más caros del mundo, ¿Hubieras sido realmente feliz? Si estuvieras muy hambriento y alguien te ofreciera un reloj de lujo ¿Estarías completamente satisfecho? No lo creo. Lo que sucede es que una vez que se cumplen nuestros requerimientos básicos como: comida, techo, calzado o educación, buscamos más. Y adentrarnos en ese mundo, es como querer llenar una canasta agujerada; será muy difícil encontrar un límite. Por ello, cuando se está cerca de Dios, logramos enfocarnos en lo esencial.

Un pasaje hermoso y claro sobre esto es cuando Jesús nos dice: “Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero. Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa…el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero su reino y su justicia, y se les darán también todas esas cosas” (Mt 6:24-25,32-33). Parecería que esto ha caducado, como muchos suelen decir sobre la Biblia, clasificándola de pasada de moda. Pero lo que sucede, es que no logramos ver más allá. Entonces, podemos preguntarnos ¿Cómo aplicar esto a nuestra existencia en el siglo XXI? Si hoy el dinero es lo que mueve al mundo. Bueno, es sencillo.

En el silencio, hazte la siguiente pregunta (y sé honesto): ¿Cuál es la raíz de mi alegría? Toma unos minutos para buscar en tu corazón. Mi alegría viene de: ¿Lo que tengo materialmente, lo que uso, mi posición en la sociedad? ¿De lo hago por los demás, de mi relación con el Señor, de mi vida espiritual? ¿De mis logros, de mis sueños, de mis metas o mi pasado? Al ‘escarbar’ entre nuestros pensamientos, es fácil notar que cuando hemos dicho: “siento que no soy feliz” o “me falta algo”, no conocemos lo que significa la alegría misma. Y ¿Cómo podría ser de otra manera? si nos llenan la cabeza de conceptos falsos sobre la felicidad del corazón.

Estoy segura que si le hiciéramos el mismo cuestionamiento a un niño nos asombraríamos de su respuesta. Tal vez nos encontremos con frases como, Mi alegría está en: jugar con mis amigos, tener a mis padres, tener un hermanito o hermanita un día, ir a la playa a la que siempre vamos de vacaciones, comer mi dulce favorito, etc. De hecho, Jesús con su infinita Sabiduría nos dijo: “En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 18:3). Seguramente quiso decir mucho más con esto, pero claro está que nos pide pureza de corazón, misericordia y confianza en el Padre. Y es que un niño al estar cerca de quienes lo aman, se siente seguro y protegido. De igual forma, no tengamos miedo a correr hacia los brazos abiertos del Padre y a seguir los pasos de nuestro Señor Jesucristo con humildad.

Sabes, tú puedes ser feliz y en abundancia, no olvides que para eso has sido creado: para ser feliz y compartirlo con los demás. Es maravilloso admirar el regalo que es un ser humano: con su sola sonrisa nos contagia; con una mirada llena de amor nos empapa de calidez. Con una mano extendida nos levanta; al rodearnos con sus brazos nos llena de paz. Dios nos ha hecho de manera que sean más nuestras acciones -en comparación con nuestras palabras-, las que demuestren lo que somos: criaturas hechas por y para el amor. Y es que nuestro Padre es la fuente y el Amor mismo. De hecho, San Agustín en Confesiones escribió: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”.

Qué hermoso sería vivir de tal manera que, al final del camino, podamos estar frente a nuestro Padre celestial y decirle con sinceridad y amor: “Señor, en mi vida, la raíz y fuente de toda mi alegría, fuiste Tú”.

 

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