Editorial 

La poderosa Palabra de Dios

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

En el mundo existen montones de libros que llenan bibliotecas enteras; desde el suelo hasta el techo, de una pared a otra. Páginas y páginas que llevan consigo ideas y pensamientos que han surgido de grandes descubrimientos, ideas del hombre, o sobre anhelos y utopías propias. Cierto es que leer un libro es sumergirse en un mundo nuevo, y al mismo tiempo, agrandar la perspectiva humana. Pero hay un libro que posee una gran riqueza. Me atrevería a decir que es un tesoro entre las manos de quienes lo leen. Este libro es la Santa Biblia.

¿Y sabes qué es lo más impresionante? La Biblia no es solamente un libro, como algunos podrían catalogarlo, no. ¡La Palabra de Dios es una biblioteca completa! Por ejemplo, ¿Sabías que la Biblia está compuesta por 73 libros? Algunos de ellos son más extensos que otros, pero lo importante es que es, no sólo es la historia del Pueblo Elegido, sino ha pasado a ser ¡Nuestra historia también! Es importante que sepas, como buen católico, que estos libros se reparten de la siguiente manera: al Antiguo Testamento corresponden 46 libros, y al Nuevo Testamento 27 libros.

Sabes, algo que me emociona continuamente, es que los consejos que se reciben a través de los Salmos o Proverbios ¡Aplican aún hoy a nuestras vidas! Y qué decir de la Palabra viva de Jesucristo. Sinceramente pienso que la Palabra de nuestro Señor es extraordinaria. En realidad, cada vez que leo el Evangelio, especialmente el Nuevo Testamento, me asombro de la capacidad que tiene el Hijo de Dios, de atraparnos con parábolas y ejemplos sencillísimos.

Por ejemplo, esta tarde mientras leía el Evangelio según San Lucas, capítulo 21, versículos del 29 al 33, me he quedado pensado. En éste Jesús nos dice lo siguiente: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano.” Esta pequeña frase me ha remontado a lo que comentó nuestro Señor sobre los frutos en Mateo 7, versículos del 15 al 20. Dice así: “Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán”. 

 Justamente, mientras recordaba este pasaje, observaba los árboles en el parque cerca de mi casa.Y me cuestionaba en mi interior, ¿Soy un árbol frondoso, que da fruto bueno y abundante como aquel que veo allá? O ¿Soy un árbol de ramas secas, de raíces débiles y sin fruto alguno como ese que se ve allí? Sobre todo, me venía al pensamiento algo que me dejaba confundida: puedo decir que doy frutos abundantes, pero… ¿Pensará también eso Dios sobre mí? Cuántas veces nos damos aires de grandeza y superioridad, mientras que seguramente Dios nos mira pensándose para Sí mismohijo mío, si conocieras el potencial que Yo veo en ti y que todavía no conoces.

Sin embargo, sí existe una manera de saber si damos gloria a nuestro Padre o nos mantenemos tibios. Recordemos que en Mateo dice: por sus frutos los conocerán. De manera que puedes detenerte a observar con honestidad tu vida: ¿He mejorado algún defecto o adquirido alguna virtud? ¿Dedico más tiempo a Dios que antes? ¿Veo con ojos misericordiosos a los demás? ¿Respeto a mis padres y a quienes me rodean? Cuándo la vida se pone difícil, ¿A quién acudo, en quién confío?

Déjame decirte algo: yo también me sentí desanimada al echar un vistazo a mi vida anterior. No te angusties si no has alcanzado la santidad que Dios espera de ti, no te preocupes si hay días en que no tienes muchas ganas de orar. Algo que aprendí, gracias al libro El Combate Espiritual del Padre Lorenzo Scúpoli, es que hay que vivir cada momento presente. No es lo mismo proponerse ser santo y dejar nuestros defectos y vicios de lado de un día a otro. Scúpoli nos aconseja que, si emprendemos nuestro progreso personal en pequeños lapsos de tiempo, combatiremos realmente nuestras debilidades, y al crear nuevos hábitos, escalaremos la cima de la montaña. Entonces, si realizamos esto una hora, y después la próxima hora nos decimos, “estos 60 minutos siguientes no haré… o mejoraré…o me esforzaré por…”. ¡Qué cosa más sencilla! ¡Qué táctica más eficiente!

Después de todo, ¿Quién puede conocernos mejor que nuestro Padre? Nada nos pediría que nos fuera imposible de lograr. Además, recuerda esto: Jesús, al vivir entre nosotros y presenciar muy de cerca nuestra humanidad, nos facilitó el camino hacia el Cielo; resumiendo el estrecho camino hacia la santidad a tan sólo dos frases: Ama a Dios con toda tu alma, toda tu mente, tu ser y tu corazón. Y, ama a tu prójimo como a ti mismo. Punto. Nada de libros enteros con obligaciones ni mandamientos confusos y complicados.

Si cumplimos estos dos mandamientos habremos logrado encender ese destello de pureza que llevamos dentro, y hermano mío, habremos acariciado con la punta de los dedos, el Paraíso que nos espera en presencia de Dios, ¡De nuestra Madre María y de todos los ángeles y los santos!

Guarda esto en tu corazón: los grandes cambios empiezan por pequeñas resoluciones hechas firmemente y con decisión. ¡Qué sabia es la Palabra de Dios! Pues en Sus propias palabras, con gran amor te dice: “Porque Yo Soy el Señor tu Dios, que sostiene tu diestra, que te dice: ‘No temas, yo te ayudaré’” (Is 41:13).

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